Manual de Psicología de la Personalidad

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Barcelona: Paidós, 1994

lib-psicologia-personalidad

 

 

 

 

 

 

 

Coordinado por A.Fierro, este manual cuenta con la colaboración de media docena de autores y cubre la temática común en la materia de Psicología de la Personalidad según se imparte en las Facultades españolas de Psicología.

 

Capítulo I
PERSONALIDAD: LOS CONSTRUCTOS Y LAS REALIDADES

 

No es sencilla la primera lección, la de describir el objeto y contenido de lo que se va estudiar en un tratado o en un curso. No es llana la tarea de introducir de manera crítica y científica a una disciplina o a un ámbito disciplinar. Claro que cabe allanar esa tarea en falso mediante alguna fórmula doctrinaria y dogmática: “personalidad -o psicología de la personalidad- es esto o aquello… y se estudia de tal y cual forma”, dictando a renglón seguido cuatro tesis o definiciones y empezando enseguida a moverse dentro del tablero así delimitado. Pero precisamente uno de los quehaceres más arduos en ciencia es el de acotar su objeto y justificar el modo de estudiarlo: delimitar los “objetos”, las realidades, los fenómenos y procesos, o los aspectos de éstos que son pertinentes para una determinada ciencia, de modo además que sea una delimitación, ella misma, significativa, pertinente, útil y fecunda para el análisis, para la explicación, para el conocimiento.

Las ciencias tratan directamente con conceptos y no con “realidades”. Las unidades integrantes del discurso científico son los conceptos y no de forma directa la realidad o los fenómenos. Los conceptos, a su vez, son construcciones mentales, son constructos, abstracciones extraídas de los objetos y los hechos reales concretos. Eso vale también para los conceptos de personalidad y para los de la Psicología en general: no podría ser de otro modo. No hay -no le hay con existencia objetiva, previa a la ciencia misma- un cúmulo de hechos humanos que pertenezcan a la Psicología, mientras otros corresponden a la Biología, a la Sociología o a la Antropología cultural. Es ella la que ha contribuido a hacer emerger y configurarse como “psicológicos” o “de conducta” las realidades (hechos, procesos, fenómenos) que estudia y conoce. Es ella quien ha “construído” esas realidades, igual que la Sociología lo ha hecho con realidades -en gran parte con las mismas- para estudiarlas bajo otro punto de vista: investigarlas y analizarlas como realidades “sociales”. En eso es inevitable una concepción de la ciencia como construcción. Pero el carácter “construído” de los conceptos en Psicología y en otras ciencias no significa que las ciencias no traten sobre “realidades”, sobre hechos que suceden en el mundo físico y humano o sobre aspectos, estructuras, nexos, regularidades en tales hechos. En otras palabras, y dicho con cierta simplicidad: decir que “personalidad” -y cualquier otro término en Psicología, como “aprendizaje” o “estímulo”- es un constructo no significa que la personalidad -o el aprendizaje, o la estimulación- no exista, no sea real; quiere decir que la realidad ingresa en ciencia como abstracción conceptual construida. Es ésta una advertencia que resultaba necesaria hasta hace poco tiempo, cuando con una machaconería digna de mejor causa algunos autores se esforzaban por dejar bien claro que “personalidad” es un constructo o una construcción cognitiva. No se descubría ningún Mediterráneo con eso: por supuesto que lo es, como todo concepto abstracto; pero ello no necesita ser enfatizado y lo que hace falta es examinar si a ese concepto, como a cualquier otro, le corresponden referentes en la realidad.

La situación al respecto ha cambiado en los últimos años de forma llamativa. Mientras hasta hace poco era típico hablar de la personalidad como construcción o constructo (Hampson, 1982), la última revisión de este ámbito en la Annual Review of Psychology habla en su título mismo y en su contenido de “procesos” de personalidad (Revelle, 1995). Frente a enfoques que cabría calificar de “nominalistas” o sólo “conceptualistas” en psicología de la personalidad se está produciendo un movimiento hacia la adopción  de un enfoque “realista” sobre su objeto de estudio: su objeto son hechos, fenómenos, procesos, realidades. No le viene mal este nuevo aire a una disciplina que, al decir de algunos, parecía condenada a tratar sólo de nombres.

1.1. Ámbito de conocimiento, teoría, método

Hablar de los conceptos, de los constructos con los que trabaja la Psicología de la personalidad o la Psicología en general es evocar ya la teoría: el componente teórico que constituye uno de los elementos integrantes esenciales de la ciencia. De ella, además de los conceptos, forman parte las hipótesis, las explicaciones, los modelos. Una teoría científica es un sistema coherente de conceptos e hipótesis que tratan de representar, de “modelar” y explicar una determinada parcela de la realidad.

Pero la ciencia -y cada ciencia- consta de otros dos elementos no menos esenciales: el método y el campo empírico de conocimientos. El método es el procedimiento o, más bien, el conjunto de procedimientos de estudio, de indagación de la realidad y de elaboración de inferencias acerca de ella. Es por el método que las ciencias difieren del conocimiento no científico. Hay aspectos metodológicos comunes a todas las ciencias. Ellos justifican hablar de “método científico” en singular. Otros aspectos, en cambio, son comunes nada más a algunos grupos de ciencias, por ejemplo, la experimentación propiamente dicha, practicable y practicada en unas ciencias, mientras en otras no lo es. De todos modos, las ciencias difieren siempre unas de otras por algunas características metodológicas propias, más o menos marcadas.


Las ciencias difieren entre sí de manera aun más clara por el ámbito empírico a que atienden, por la porción de la realidad social o natural de la que se ocupan, donde indagan y obtienen hallazgos, y a la que, en consecuencia, se refieren los conocimientos propios de cada ciencia. Es a ese ámbito empírico y al estado de los conocimientos científicos en un momento dado a lo que se refieren las construcciones conceptuales, las hipótesis y las teorías, las cuales, por tanto, constituyen asimismo un elemento diferenciador entre las ciencias.

Tres elementos, pues, son constitutivos de la ciencia: teoría, método de estudio y estado de conocimientos dentro de un ámbito empírico propio; y los tres contribuyen a especificar tanto cada una de las ciencias como cada una de las disciplinas científicas particulares dentro de ellas. Así, la Psicología se diferencia de otras ciencias, como la Historia, la Sociología o la Antropología cultural que tratan asimismo de la conducta, del comportamiento humano, por el triple lado de: a) el ámbito empírico, al estudiar la conducta humana en orden a un conocimiento de sus leyes básicas (no como la Historia), pero en cuanto conducta de individuos y no de grupos (no como la Sociología o la Antropología); b) el método o modo de estudio que, por contraste con esas otras ciencias, tiene, entre otras notas, un fuerte componente experimental; c) el aparato conceptual y teórico, que ha dado lugar al desarrollo de teorías específicamente psicológicas, y no históricas o sociológicas.

Dentro de cada ciencia básica, dentro de la Psicología, a su vez, alcanzan entidad y consistencia epistemológica aquellas disciplinas que en un momento dado presentan marcas distintivas propias en cuanto a método, a temas de estudio y a teoría. La Psicología Fisiológica, la Evolutiva o la Social tienen verdadero rango de disciplinas -y no de simples capítulos de una ciencia general- en la medida en que poseen procedimientos de estudio específicos, aplicados a hechos o aspectos específicos de la conducta y que han generado un cuerpo específico de conocimientos organizados, a su vez, en modelos teóricos propios.

1.2. ¿Disciplina o tratado?

La Psicología de la personalidad ¿constituye dentro de la Psicología una disciplina específica con entidad semejante a otras Psicologías como las mencionadas: la fisiológica, la evolutiva o la social?. Es asunto controvertible, como puede serlo no menos el carácter de disciplina, por ejemplo, de la Psicología del aprendizaje. Es tema, por otro lado, diferente e independiente del de la relevancia, importancia o necesidad de conceptos de personalidad -o de aprendizaje- en Psicología. En este capítulo -y en otros dos estrechamente conexos: capítulos 9 y 14- se sostendrá una posición poco beligerante, que cabe resumir en los siguientes tres puntos, relativos a su vez al triple elemento constituyente de la ciencia. La Psicología de la personalidad: 1º) posee un ámbito propio de estudio y de conocimiento, el de ciertos aspectos de la conducta y ciertos conjuntos de conductas, ámbito estudiado en parte también por otras disciplinas psicológicas; 2º) investiga ese campo mediante los mismos procedimientos básicos de estudio de la Psicología en general y apenas posee, en rigor, peculiaridades metodológicas; 3º) apenas tiene tampoco modelos teóricos propios, y las teorías de la personalidad son inseparablemente teorías de la conducta en general.

De acuerdo con eso, el estatuto epistemológico y disciplinar de la Psicología de la personalidad se aproxima al de un tratado dentro de una ciencia, la Psicología, más que al de una disciplina propiamente tal; pero un tratado amplio -no un simple capítulo- que forma parte integrante de la Psicología con no menos derecho, relieve y amplitud que otros tratados clásicos y extensos como la Psicología del aprendizaje o de la memoria. O, si se prefiere, su estatuto epistémico se hallaría a mitad de camino entre el tratado y la disciplina. En todo caso, en este libro se va ahorrar la discusión sobre el tema, sólo rozado de pasada. Con fines didácticos, de exposición, y no de reivindicación de un rango disciplinar, se mostrará ahora y en el capítulo 9 cómo se dan en la Psicología de la Personalidad los tres elementos constituyentes de la ciencia, de cada ciencia y de cada disciplina científica -teoría, método, campo de conocimientos-, presentando las peculiaridades de aquélla en cada uno de éstos.

Entre los elementos referidos -teoría, método, conocimiento empírico- cada uno determina a los demás y es determinado por ellos. El logro del conocimiento, los hallazgos empíricos y la delimitación misma del objeto por estudiar no es posible sin método, sin procedimiento de indagación, y no es posible tampoco sin teoría -al menos implícita- que dirige la pesquisa, la atención del científico; y a la recíproca: no hay teoría científica sin hallazgos, sin conocimientos generados por un método apropiado; y no hay método sin teoría y sin objeto al que aplicarse. Así, pues, ningún elemento precede a los otros dos en el orden epistemológico, mucho menos en cualquier otra jerarquía de importancia o valor. Lo único que cabe es una precedencia en orden de la exposición: por algún sitio hay que empezar. También eso contribuye a hacer no obvia la primera lección o el primer capítulo de Psicología de la Personalidad: por dónde comenzar es convencional.

Para decir en qué consiste y qué estudia la Psicología de la Personalidad a continuación se va a empezar por lo que parece más intuitivo y fácil de captar para el no experto, no iniciado: por el ámbito de realidad que ella estudia. Es una opción que tiene la ventaja añadida de que es ahí, más que en el método o en la teoría, donde cabe señalar particularidades de la Psicología de la personalidad. Es el elemento que por sí solo la justifica y le garantiza una posición de tratado imprescindible dentro de la Psicología; y eso aun en el peor de los casos, de las situaciones epistemológicas, en el de que no constituya una disciplina en sentido estricto. Más adelante (capítulo 9) se verá qué tiene de peculiar, si es que algo tiene, en modos de investigación o procedimientos de estudio, y en teorías, modelos y construcciones conceptuales.


¿De qué se ocupan, pues, los psicólogos de la personalidad? ¿Cuáles son los hechos, los fenómenos, los procesos objeto de su estudio, de su conocimiento? ¿Cuál es su espacio empírico propio, su parcela de realidad considerada? ¿Cuáles los temas y cuestiones que conforman el universo discursivo de la Psicología de la personalidad?. La insistencia, algo más arriba, en que la ciencia trata directamente con conceptos no significa que no trate con realidades, con provincias o aspectos de la realidad observable. Hay que ver, pues, de qué parcelas o facetas de la conducta se ocupa la Psicología de la personalidad.

Conviene, además, verlo no como simple puñado o agregado de temas varios de estudio, sino como un territorio temático del que es posible trazar un dibujo topográfico que ponga de manifiesto su estructura y donde aparezcan las cercanías y los enlaces de sus distintas regiones. También estas regiones son construidas; son constructos que acotan determinadas unidades de estudio con fines de análisis, de investigación, de conocimiento. En todo ello, sin embargo, se supone que los correspondientes conceptos construidos no son arbitrarios o sólo especulativos, sino que responden a realidades.

Los conceptos -y las realidades- de personalidad son conceptos -y realidades- psicológicos, comportamentales. Cuando la psicología habla de personalidad lo hace como área significativa dentro del universo de los hechos y procesos observables de conducta. La Psicología de la personalidad trata de observables, no de esencias; habla de “fenómenos”, por emplear el término de Kant, no de un “noúmeno”. Ahora bien, no tiene por qué tratarse de observables directos, de lo perceptible de forma inmediata por los sentidos. En realidad, lo directamente observable, perceptible, es sólo el inicio de la exploración de ciencia, que siempre realiza no sólo observaciones mediatas e indirectas, sino inferencias e hipótesis que cuadren con lo observado.

Hay modos varios de realizar la acotación de los observables de conducta a los que aluden los conceptos de personalidad. Aquí va a hacerse a partir de dos consideraciones distintas, delimitando como hechos de personalidad: 1º) ciertos aspectos de toda conducta (epígrafes 2 y 3); 2º) ciertos subconjuntos de conducta, ciertas clases de conducta (epígrafe 4). El examen de lo que investigan y enseñan los psicólogos de la personalidad avala esa acotación del campo empírico de personalidad. Este aparece constituido tanto por aspectos o cualidades generales del comportamiento humano, cuanto por ciertos tipos de comportamiento. Tal será el hilo conductor del análisis y exposición que sigue, empezando además por lo que parece más generalizado al menos en la atención que ha recibido por parte de los psicólogos de la personalidad. Quizá la cualidad general más sobresaliente y pertinente a personalidad sea la de que el comportamiento lo es siempre de un individuo, y, en consecuencia, está justificado comenzar por ella.

II. PATRONES DE COMPORTAMIENTO

Una primera aproximación a “personalidad” consiste en asimilarla y hacerla idéntica a “individuo”: “personal” igual a “individual”; Psicología de la personalidad como Psicología individual o de lo individual. Así lo preconizaba Allport (1937), uno de los pioneros en este campo, en los orígenes mismos de la psicología de la personalidad. Allport hubiera suscrito gustoso las siguientes sentencias de Kluckhohn, Murray y Schneider (1965): “Todo hombre tiene algo en común con todos los demás hombres. Todo hombre tiene algo en común con algún otro hombre. Todo hombre tiene algo único, no compartido por ningún otro hombre”. En una caracterización acorde con esta cita, a cada una de esas frases, a las facetas de conducta que en ellas se expresan, le correspondería una disciplina o rama de la psicología. La psicología general o básica se referiría a lo que los comportamientos humanos tienen de común y a las leyes generales que los rigen. La psicología diferencial estudiaría lo que tienen de diferente y propio por comparación con los de ciertas personas, pero también de semejante con los de otras. Y la psicología de la personalidad, en fin, se ocuparía de lo absolutamente único y personal, de los atributos comportamentales peculiares de un individuo, y de la singularidad y regularidad del perfil personal que integran. Es una caracterización no del todo convincente, por razones que se verán a lo largo de este capítulo y que llevarán a afirmar que la Psicología de la personalidad tiene algo que ver en los tres órdenes, no sólo en el último de ellos. Pero tal caracterización no responde mal al punto de vista de algunos psicólogos de la personalidad, comenzando por Allport, quien, sin embargo, se ciñó al primero y al tercero de los niveles comentados; se limitó a postular, como complementaria a la psicología general una psicología de lo singular e idiosincrásico, a saber, la Psicología de la personalidad.

2. 1. El hecho idiosincrásico

Un primer hecho o aspecto comportamental que parece llamado a definir la psicología de la personalidad es, por tanto, el hecho de la idiosincrasia, el de que todo ser humano presenta en su conducta algo de único, no compartido por ningún otro humano. En Psicología, desde Allport, ha sido habitual referirse a ese hecho o aspecto con el calificativo de “idiográfico”.

En su etimología, a partir del griego, los términos “idiográfico” e “idiografía” quieren decir “descripción de lo singular”. Son vocablos que se contraponen al de “nomotético”, que significa: relativo al establecimiento o formulación de leyes (“nomos” = ley), unas regularidades o leyes, se sobreentiende, con validez universal. Fue un historiador, Wildenband, quien acuñó la contraposición y complementariedad de lo idiográfico y lo nomotético para reclamar carácter de ciencia para la Historia, ciencia idiográfica, dentro de una comunidad universitaria de ciencias predominantemente nomotéticas, como las ciencias naturales. La importación de esos términos dentro de la psicología se debe a Allport (1937), al reclamar para la psicología de la personalidad un enfoque esencialmente idiográfico, que habría de complementar y rectificar al enfoque nomotético prevaleciente en la psicología entonces dominante, de carácter general y, a su juicio, negligente en atender a las singularidades del comportamiento individual.


En la actualidad hay autores que ponen especial énfasis en entender la psicología de la personalidad como psicología idiográfica. Su objeto, según Lamiell (1981, 1982), sería dar cuenta del género de persona que es un individuo determinado, haciendo así inteligible la conducta humana individual. Lamiell, sin embargo, no cree que “idiográfico” y “nomotético” sean opuestos bajo todo punto de vista; y ha acuñado un nuevo término, el de “idiotético”, para caracterizar la perspectiva que entiende idónea en una psicología de la personalidad. Resultante de otra combinación de raíces etimológicas griegas, “idiotético” significa: posición o establecimiento de leyes o regularidades en el individuo. Por otro lado, la aportación de Lamiell al campo de personalidad ha tenido que ver no sólo con la concepción de ésta, sino sobre todo con el método de investigación en las regularidades de la conducta individual.

Cabe observar aquí que los enfoques considerados, el nomotético y el idiográfico, son aplicables a dos órdenes distintos, a dos de los elementos que antes se presentaron como característicos de la ciencia: al método y a la teoría. Marceil (1977) hizo una revisión acertada del uso de esos enfoques en dichos dos órdenes y resumió en cuatro las posibilidades de combinación de sus elementos, como lo muestra el siguiente cuadro, adaptado del suyo, con algunas modificaciones, y no meramente traducido:

Cuadro 1

Matriz teoría / método en la contraposición
idiográfico / nomotético

 

Suposiciones teóricas

Enfoque de método “Los humanos son semejantes” “Cada persona es única”
Estudio de muchos sujetos Teorías de rasgos
Estudio intensivo de un solo sujeto Análisis funcional de sujeto único Psicología idiográfica

 

El cuadro 1 es una presentación didáctica de cómo se han desarrollado en Psicología algunas de las combinaciones de la atención a lo singular y a lo general en la teoría y en el método. Ha de ser leído como esquema simplificado y tosco, más aproximado que preciso. Aun en su esquematismo, sin embargo, sirve para hacer intuitivo cómo se sitúan diferentes enfoques teóricos y metodológicos (que se verán en capítulo 9) respecto a la doble categoría de individual/general. Una de las casillas queda en blanco porque, aun siendo posible en principio, ha sido escasamente practicada. La casilla donde se ubica la tradición que va de Allport a Lamiell es la de una psicología idiográfica, la cual, tanto en el método como en la teoría, trata de desarrollarse en una perspectiva idiosincrásica (“idio-gráfica” en Allport, “idio-tética” en Lamiell).

Ahora bien, sin ignorar que una parte de la investigación, de la teoría y del conocimiento en psicología de la personalidad se refiere a lo idiosincrásico, al comportamiento de la persona en cuanto individual, hay que añadir varias apostillas críticas. La primera de ellas es que la Psicología en general, también la que algún tiempo se denominó “Psicología general” o la que hoy se contempla como “de procesos básicos” se refiere al comportamiento humano individual y no al de la especie o comportamiento colectivo. El comportamiento de la especie humana es objeto de la Etología y no de la Psicología, salvo que se hable de Psicología comparada, como disciplina resultante de la hibridación de una y otra; y el comportamiento colectivo es objeto de la Sociología y no de la Psicología. Por más que algunos psicólogos sociales puedan practicar más la primera que la segunda -están en su derecho-, si algo justifica hablar de Psicología social y no de Socio-psicología es que se atiende a conductas de la persona, aunque ciertamente en grupo y en sus relaciones grupalmente mediadas y organizadas. En todo caso, al margen de la mayor o menor querencia social de la Psicología o de alguna escuela suya, ella se distingue de la Sociología por considerar que la conducta, incluso en contexto social, es de personas y no tan sólo de grupos. Dentro de esa consideración, por cierto, cabe colocarse en distintas franjas, cuyos márgenes extremos serían entonces la Psicología de la personalidad, con enfasis en el carácter individual de la conducta, y la social, con insistencia en que toda conducta se realiza con mediaciones y en redes sociales. Pero el simple hecho de la existencia de más de una revista científica que se titula “de Psicología social y de la personalidad”, o algo parecido, pone de manifiesto que en la Psicología de la personalidad hay algo más que idiosincrasia e individualidad; hay también, y de lleno, relaciones y fenómenos sociales, que la tradición idiosincrásica omite.

Una última observación crítica a esa tradición es que a la psicología idiográfica cabe considerarla como una variedad -un extremo, si se quiere- de la psicología diferencial, en la que se resalta el carácter absolutamente singular y único de los patrones de comportamiento que caracterizan y diferencian a los individuos. Al fin y al cabo, el perfil individual de comportamiento resulta del entrecruzamiento de características diferenciales no tan propias de cada individuo, sino comunes a muchos de ellos en mayor o menor medida. En el extremo de la diversidad, del hecho diferencial, está lo idiosincrásico, el hecho idiográfico. Es más, si se quiere analizar, ver en concreto en qué consiste esta singularidad individual, no hay más remedio que acudir a otros dos aspectos de la conducta, de todo comportamiento, el de su relativa estabilidad y el de las diferencias comportamentales. Son éstos, por ello, sendos ámbitos que forman parte de los hechos, datos o aspectos de personalidad.


2. 2. Diversidad y hecho diferencial

Las conductas aparecen organizadas en estructuras y patrones sistemáticos, en simultaneidad (sincronía) y en la duración (diacronía), estructuras que reclaman la introducción de conceptos molares, referidos a conjuntos comportamentales amplios, no puntuales. Esto ha llevado en psicología no sólo a conceptos de personalidad, sino también a otros conceptos de nivel molar, amplios, abarcadores, como el de desarrollo evolutivo o el de aprendizaje, relativos a patrones y secuencias extensas de conducta. Esta característica común, la de su gran amplitud o “molaridad”, contribuye a emparentar de manera estrecha los distintos conceptos de ese nivel. Es difícil -o imposible- comprender qué significa cada uno de esos términos -personalidad, aprendizaje y desarrollo evolutivo- sin entender, a la vez, los otros términos en correspondencia.

Entre los patrones o perfiles observables de conducta, un primer conjunto especialmente visible se agrupa alrededor del hecho diferencial, del aspecto de la diversidad interindividual que se manifiesta en el comportamiento. Es una de las características más sobresalientes de la conducta humana: su diversidad a través de los grupos y de los individuos; tan sobresaliente que no ha pasado inadvertida a la psicología espontánea, popular y común. Seguramente los protohumanos de las cavernas y la edad de piedra se percataron ya de ese hecho, que la Psicología científica explora, describe y trata de explicar, pero no ha sido la primera en detectar. El hecho ha sido, desde luego, la materia prima principal de toda la literatura. El comportamiento humano aparece sorprendentemente variado y diferenciado, sobre todo, si se compara con la gran uniformidad del comportamiento de los animales, incluso de los más cercanos a nosotros en la filogénesis.

En el comportamiento humano la diversidad no se produce desordenadamente, o al azar; se organiza en perfiles, patrones o pautas de conducta fácilmente identificables y característicos de las personas. Estos patrones de comportamiento, diversos entre sí, constituyen un fenómeno complejo, que incluye, al menos, dos elementos, ambos relevantes. El primero -por examinar a continuación- es el hecho diferencial y de diversidad: personas distintas reaccionan y se comportan de modo diferente en una misma situación. El otro (véase en 2.3) es la relativa constancia o estabilidad del modo de comportarse cada persona, que parece tender a cierta semejanza de comportamiento en momentos distintos incluso cuando la situación es diferente.

El primer hecho es, pues, que en circunstancias idénticas o parecidas los humanos se conducen de manera diferente. La psicología científica ha estudiado este hecho y ha desarrollado una disciplina, la psicología diferencial, para ocuparse del mismo: de las diferencias distintivas personales (y grupales) en el comportamiento. Durante mucho tiempo se ha hablado de ellas como “diferencias”. Por las connotaciones peyorativas y de discriminación que a menudo han traído consigo las diferencias, quizá es preferible hablar de ellas como “diversidad”. Con independencia, sin embargo, de qué vocablos puedan ser ética y lingüísticamente correctos en un momento dado, importa resaltar que cuando la Psicología estudia diversidad o diferencias -tanto da el nombre- en ningún modo proporciona aval para mudar ese estudio en coartada ideológica para desigualdades y discriminación sociales.

Los primeros intentos científicos, los de Kretschmer y Sheldon, pretendieron identificar tipos humanos, a la vez físicos y psicológicos, tipos que eran categorías de pertenencia. Se era, según Kretschmer, atlético, pícnico, o asténico, con las consiguientes consecuencias comportamentales. Por su parte, Sheldon diferenciaba los caracteres cerebrotónico, viscerotónico y somatotónico según el predomininio del desarrollo de determinados tejidos corporales.

Vino después la psicología de rasgos, viva todavía hoy y bien viva pese a censuras y críticas. En ella ya no se categoriza a las personas en conjuntos cerrados de pertenencia, recíprocamente excluyentes; se las sitúa sobre dimensiones continuas donde se da el más y el menos. Frente a la ordenación y descripción de las diferencias en caracteres o psicotipos cerrados, en alguno de los cuales encajaría cada persona, la psicología de rasgos analiza la diversidad comportamental mediante dimensiones continuas bipolares, en algún punto de las cuales están los individuos. Es a lo largo de tales dimensiones que las personas se asemejan o, por el contrario, difieren. La investigación ha establecido un repertorio muy extenso de tales dimensiones, algunas de ellas independientes entre sí, otras, la mayoría, entrecruzadas, relacionadas, o incluso coincidentes.

Hay que puntualizar que el fenómeno relevante no es sólo el de la diversidad, las diferencias. No menos lo es el de las semejanzas. No sólo diferimos; también nos asemejamos. Que aparezcan semejanzas más que diferencias en el comportamiento depende en gran medida de las circunstancias presentes. Cuanto más apremiante o determinante es una situación, tanto más tendemos a reaccionar de modo semejante. Si saltan las alarmas de un edificio no suele haber otro comportamiento que el de escapar. Si se hunde un barco, tratan todos de alcanzar las lanchas de salvamento o los chalecos salvavidas. Aun entonces, sin embargo, aparecen diferencias: algunos huyen aplastando a los demás; otros lo hacen tratando de auxiliar a los más próximos y de salvar también sus vidas. Hay además muchas situaciones socialmente pautadas en las que el guión institucional deja poco margen al comportamiento singular. En la ceremonia de entrega de un premio o de un título suele haber pocas variaciones comportamentales. Pero la mayoría de las situaciones permite modos muy varios de reaccionar, de comportarse. Las semejanzas significativas -y no sólo las diferencias- aparecen en el modo en que reaccionan las personas en situaciones que no son de emergencia, ni están sometidas a un guión estricto; aparecen, además, en el hecho y el modo en que los individuos escogen algunas de las situaciones en las que se ven involucrados y a cuyas demandas tienen luego, en consecuencia, que responder.


No cabe la menor duda acerca de la realidad de las diferencias individuales en el comportamiento. Tampoco se duda de que esta diversidad ha de ser objeto de descripción y de estudio científico. Son diferencias, además, que se muestran sujetas a regularidades, asociadas a otros hechos y procesos -de aprendizaje, o de comportamiento social, entre otros-, que presentan relaciones significativas entre sí y que, por tanto, aparecen organizadas en patrones comportamentales. Por consiguiente, es del todo legítima y necesaria una psicologia diferencial descriptiva de la personalidad. Sin embargo, desde finales de los años 60, se han suscitado dos cuestiones delicadas: la de si esas diferencias y pautas diferenciales de conducta pueden ser fíablemente medidas; y la de si constituyen un factor de explicación de la conducta o, por el contrario, se limitan a ser fenómenos por explicar, pero que no contribuyen, ellos mismos, a una explicación científica (véanse capítulos 2 y 13).

La Psicología diferencial, por otra parte, es estudio y conocimiento no sólo de la diversidad, sino también de la semejanza entre las personas. En la triple frase antes citada de Kluckhohn, Murray y Schneider (1965) se dice que todo ser humano tiene algo en común con todos los demás y tiene, encima, algo más en común con algún otro ser humano. La diversidad humana, las diferencias comportamentales, se dan en el seno de la comunidad humana, de las semejanzas en el comportamiento. La relativa importancia de lo común y lo diverso depende mucho del punto de vista que se adopte: de la universalidad o el localismo, etnocentrismo, de la mirada. Vistos con ojos de una inteligencia de otro planeta, los humanos seguramente nos parecemos mucho los unos a los otros. Incluso con ojos humanos, terrícolas, nos asemejamos entre nosotros mucho más de lo que con cualesquiera otras especies animales. Está del todo justificado destacar lo “invariante” del comportamiento humano (Simon, 1990): no ya sólo la generalidad de sus leyes, sino también la invariación y, por tanto, el carácter común de muchos de sus patrones de conducta. Son consideraciones apropiadas para no exagerar la amplitud de la diversidad comportamental intrahumana. Son apropiadas asimismo para comentar que una psicología de personalidad no puede reducirse a psicología de las diferencias interindividuales.

2.3. Estabilidad comportamental

Las diferencias comportamentales entre personas son de grado, igual que lo son las semejanzas. Aparecen mayores o menores según las situaciones y, además de eso, saltan a la vista más o menos según el punto de mira del observador y según la escala de análisis. Lo mismo sucede con otra nota característica del comportamiento humano que es complementaria de su carácter diferencial: la de que una misma persona, en momentos diferentes, y también en situaciones distintas, se comporta de modo relativamente semejante. Es preciso resaltar lo de “relativamente”, o sea: hasta cierto punto. Qué es igual y qué distinto en la conducta, en la situación, es siempre asunto de grado, de medida, de punto de vista, de lente y escala de análisis. El hecho es, pues, que en alguna medida, como otra faz y complemento del hecho diferencial, se da de una cierta estabilidad en la conducta de cada persona. Los investigadores han solido distinguir entre ese término, que se circunscribe a la persistencia de las conductas de la persona a través del tiempo, y el término y concepto -con muy distinto alcance- de consistencia, que suele utilizarse para la persistencia a través de situaciones distintas y no sólo del tiempo.

Sin entrar en esos u otros conceptos y en las concepciones teóricas que los respaldan, y sólo como aproximación tosca y exposición inicial del fenómeno, éste consiste -dicho ahora en términos simples- en una cierta o relativa persistencia, constancia o regularidad en el modo de conducirse los individuos en distintos momentos y, al parecer, también en situaciones que en algo son distintas. Esta faceta del carácter hasta cierto punto estable y, por tanto, predictible del comportamiento de las personas no se confunde con la de las diferencias inter-individuales, aunque contribuye también a configurar el patrón diferencial de conducta de cada persona y aunque no sería observable de no darse tales diferencias. El hecho diferencial y el carácter estable en la conducta personal son en cierto modo dos caras de una misma moneda y no se pueden estudiar uno sin otro. Son dos aspectos complementarios del comportamiento o, mejor, son dos aspectos indisociables no sólo entre sí, sino indisociables del acontecer del comportamiento humano en su multiplicidad y variedad organizada.

Durante mucho tiempo la psicología científica no puso en tela de juicio el dato de una cierta estabilidad comportamental; antes, al contrario, hizo de ella el quicio de teorías que entendieron la personalidad como patrón total de rasgos (Cattell, 1965). Aun sin especial compromiso con las teorías de rasgos, algunos autores han caracterizado a la personalidad justo por la estabilidad. Así lo hace Byrne (1974) al concebirla como combinación de “todas las dimensiones relativamente duraderas de las diferencias entre individuos”; y también Lazarus y Monat (1979) al definirla por las “estructuras relativamente estables que organizan la experiencia humana y configuran las acciones y reacciones de una persona a su entorno”. En el último tercio de siglo, sin embargo, se ha cuestionado el carácter estable de la conducta personal. Dicho con mayor precisión: se ha cuestionado que sea la personalidad quien da razón de una relativa persistencia o estabilidad en la conducta. Frente al postulado, asumido de forma indiscutida por la psicología diferencial clásica, de que hay algo así como una consistencia personal, los autores de orientación conductista han sostenido la especificidad situacional de la conducta humana, que estaría regida no por disposiciones intrapsíquicas permanentes, denominadas rasgos, sino por condiciones estimulares cambiantes.


Desde posiciones de conductismo -que para este caso se convierte en un situacionismo– se ha argüido que la estabilidad comportamental a través del tiempo podría deberse por entero a la permanencia y regularidad de las situaciones (de los estímulos, de los refuerzos), que contribuyen a elicitar y a consolidar una determinada conducta. Sería la relativa constancia y semejanza de las situaciones a lo largo del tiempo la que daría razón de la relativa persistencia en las conductas, las cuales estarían siempre -o en máxima medida- situacionalmente determinadas. A semejanza, pues, del tema de la diversidad comportamental, cuya explicación ha venido a ser asunto controvertido, es también objeto de disputa entre los autores la otra cara del tema, la de la relativa estabilidad del comportamiento humano a través del tiempo, la de si esto constituye simplemente un dato que la psicología ha de recoger, medir y describir, pero que necesita explicación, o si, por el contrario, además de eso, a partir de ese dato cabe postular unas estructuras de personalidad relativamente estables, a las que sea posible atribuir, al menos en parte, la explicación de la estabilidad comportamental. La cuestión es si hay algo más que estabilidad a lo largo del tiempo, si hay, además, consistencia transituacional, es decir, estabilidad o persistencia a través de situaciones distintas; o si, por el contrario, cuando la conducta permanece (hasta cierto punto) idéntica es porque también la situación ha permanecido (hasta cierto punto) la misma, funcionalmente idéntica.

No es posible analizar y debatir aquí el círculo -al parecer, vicioso- en que se mueve el razonamiento situacionista. Si se postula que la situación es idéntica siempre que la conducta lo es, ¿no se está caracterizando la identidad o “mismidad” de conducta y situación cada una por la otra?. Para que la descripción de conductas, situaciones y personas como semejantes o desemejantes sea productiva, produzca algún incremento en el conocimiento, habría que describir e identificar cada una con independencia de las otras. Por otro lado, invocar la circunstancia de que no es la situación objetiva, sino la percibida por el agente la que determina el modo de comportamiento de éste mantiene la envoltura superficial del postulado conductista y situacionista, pero no su sustancia. Si lo determinante es la situación en cuanto percibida, entonces el agente desempeña un papel esencial en qué es igual y qué diferente a través de las situaciones y, por tanto, en la configuración de su consistencia -y no sólo estabilidad- comportamental.

Un capítulo introductorio, como éste, no es lugar oportuno para un debate que presupone muchos elementos de juicio por ver más adelante (cf. de nuevo capítulos 2 y 13). En él sólo cabe, en rigor, resaltar el hecho de que las diferencias interindividuales son relativamente persistentes o estables, sea cual sea la explicación del mismo; y destacar también que ese hecho constituye un ámbito empírico de la psicología de la personalidad, un hecho, por lo demás, de desigual importancia en la variopinta topografía comportamental de los humanos. No todas las conductas aparecen igualmente estables. Hay diversidad entre personas en cuanto a la propia estabilidad, que de ese modo se convierte, ella misma, en un rasgo diferencial más (Campus, 1974). Y cada persona concreta es diferencialmente estable en distintas conductas. Pero de hecho, en estudios longitudinales de larga duración, ha aparecido alta estabilidad en todas las personas en ciertas conductas: no sólo en el rendimiento o ejecución intelectual, según se evalúa en pruebas de inteligencia, sino también en estilos cognitivos y expresivos, así como en la conducta social (cf. Fierro, 1982).

La singular estabilidad de la conducta social se relaciona con un argumento situacionista para restar importancia al carácter estable del comportamiento. Buena parte de la estabilidad se explicaría por la naturaleza intensamente social de la conducta humana: por las expectativas de aquellos con quienes interactúamos. Esto es muy cierto. Nos comportamos de forma estable, porque necesitamos comportarnos de modo predictible y porque la comunicación humana se basa, en amplia medida, en esa posible predicción y en las expectativas congruentes con ella. Ahora bien, cualquiera que sea su fundamento, y aunque sea un fundamento por mediación de lo social, esta posibilidad de predicción es de interés también para la ciencia y resulta esencial para la Psicología. Igualmente, además, aunque fuese cierto que de la conducta pasada o presente no pudieran extraerse explicaciones propiamente tales para la conducta futura, no menos cierto es, por otra parte, que sí, al menos, y desde luego, cabría derivar predicciones fíables (cf. Zucker, Aronoff y Rabin, 1984), y este componente predictivo basta para justificar una parcela de investigación y de conocimiento, dentro de la Psicología de la personalidad: la relativa a una cierta estabilidad en el tiempo de la conducta personal.

III. EL SUJETO COMPORTAMENTAL

El tema de las diferencias individuales, que a su vez arrastra de forma indisociable el de la idiografía y el de la estabilidad, es, sin duda, el que a primera vista se presenta como perteneciente a una Psicología de la personalidad. Es un tema, sin embargo, que necesariamente se trasciende a sí mismo; que, más allá de idiografía y estabilidad, se derrama fuera de sí sobre otros ámbitos que no guardan relación directa con el dato  diferencial y que obliga a atender a un foco temático más en la raíz: el del agente de la conducta, del individuo que se comporta.


En el enfoque conductista de los años 30 se hizo patente la pregunta en términos de qué hay, qué sucede, qué procesos se producen o debemos postular entre el estímulo y la respuesta. Recuérdese el contexto teórico general del conductismo: el de una explicación E >>>> R, un modelo Estímulo >>>> Respuesta, donde “en el Principio era el Estímulo…” y la conducta era básicamente analizada y explicada como reacción, como respuesta. Los teóricos conductistas de aquellos años elaboraron diversos conceptos para capturar “eso” que ocurre entre el estímulo y la respuesta. El esquema E-R quedó ampliado y completado en E-O-R, donde O está por “organismo” o también en E-P-R, valiendo P por “personalidad”. Para dar contenido a esa O o esa P en posición medianera entre estímulo y respuesta, Tolman (1959), dentro del marco de una teoría de la conducta propositiva, habló de “variables intermedias” y situó ahí las necesidades, creencias y expectativas del agente. Por su parte, Hull (1952) postuló unos constructos hipotéticos de “impulso” (variable motivacional genérica) y de “fuerza del hábito”. En ese entendimiento conductista del asunto lo crucial es que constructos -y quizá, estructuras o procesos- de personalidad sirven para entender teóricamente cómo se produce y cómo es mediado el impacto del estímulo sobre la respuesta: sobre una conducta que sigue siendo vista como reacción.

A ese enfoque responde la acertada observación de Pinillos (1978, pág. 602) de que la personalidad es la estructura necesaria, postulada por la Psicología para dar razón del modo individualizado en que los sujetos responden a la estimulación del medio. En efecto, tanto el concepto de personalidad, como otros conceptos psicológicos afines -“yo”, “sí mismo”, “rasgos”, “disposiciones”, etcétera- han surgido, entre otras razones, para reflejar, describir, analizar y tratar de dar cuenta del hecho de que los seres humanos responden de modo diferenciado e individualizado a las situaciones en las que se encuentran. Son conceptos que acaso surgen de ahí, de los modos diferenciados de respuesta, de reacción, pero que trascienden pronto ese lugar originario de surgimiento y que conducen a otro hecho, al de que todo comportamiento es de alguien, es de un agente o sujeto.

No se trata de un mero postulado, sino también de un “observable”: de una realidad empírica. En la observación de la conducta humana, hay algunos hechos, algunos observables en los que se hace patente algo que, antes incluso de conceptuarlo como personalidad, puede ser nombrado como el sujeto o el agente de la conducta. En ellos se pone de manifiesto y se hace perceptible que la conducta es siempre de alguien. Hay, en realidad, hechos o aspectos varios, diferentes, aunque convergentes en requerir conceptos de personalidad. Algunos se refieren al carácter activo y adaptativo de ese sujeto, que es en verdad agente y no sólo paciente o reactivo ante la estimulación externa. Otros van a ser expuestos bajo la rúbrica de “unidad” del agente en sus distintos comportamientos y de “identidad” del mismo a lo largo de la vida.

Debe entenderse bien en qué sentido ahora, al igual que en la sección anterior, se habla de todo ello como “hechos” o “realidades”. En rigor, son aspectos del hecho o realidad de la conducta personal, que es activa, no sólo reactiva, y que en su variedad en cada momento y en su duración a lo largo del ciclo vital lo es de un solo y mismo sujeto. La consideración de estos aspectos quizá sea precisamente lo más propio y específico de una psicología de la personalidad, entendida como una psicología general o básica de la personalidad, y no ya como psicología diferencial, según se ha hecho en el apartado anterior. Si bien son aspectos más difíciles de apresar, identificar y observar que el hecho diferencial, conviene destacar desde el comienzo que también ellos son observables y que pertenecen al orden de lo empírico y al de su elaboración en una teoría científica, y no al de la mera especulación o al de la filosofía.

3. 1. El principio activo

La psicología conductista consideró a las conductas como respuestas: reacciones a estímulos o acontecimientos del mundo exterior. En este análisis, el ser humano aparece como esencialmente reactivo ante la estimulación y las demandas del medio, que parece constituir el único depositario de energías que generan conducta.

Sin embargo, los seres vivos se caracterizan no sólo por reaccionar ante las entradas de energía procedentes del mundo exterior, sino también por poseer energías propias y estar esencialmente activados. La naturaleza activa de los seres dotados de vida constituye una realidad empírica, no menos clara que su naturaleza reactiva. La vida, en general, consiste en un conjunto de procesos de intenso intercambio de energías con el entorno, con la realidad, viviente o no, que rodea al ser vivo. La vida es interacción intensa y compleja con el entorno. El comportamiento, a su vez, constituye una manifestación especialmente compleja de la vida. Los seres comportamentales son una clase especial de seres vivos, cuya vida consiste en -y se mantiene por- intercambios aun más complejos, flexibles y variados: intercambios que son justo la conducta.

La conducta, por tanto, no es un acontecer generado tan sólo por estimulación, por energía procedente del entorno. Es un acontecer producido por esa estimulación, principio externo de actividad, e indisociablemente, por una energía propia del ser vivo, principio interno de esa misma actividad. La estimulabilidad misma del ser humano o del animal depende de que esté vivo. El animal muerto no es estimulable. El enfoque centrado en las relaciones entre estímulo y respuesta ha de ser completado con el que destaca que los estímulos son efectivamente tales para un ser vivo, es decir, internamente -y no sólo exteriormente- activado, un enfoque donde estimulación y activación no se excluyen una a otra.


Todavía más que en otros seres comportamentales, en el ser humano, no sólo su permanente actividad y la activación de su sistema nervioso central, sino también la variada actividad “espontánea” que desarrolla desde la infancia, de carácter exploratorio, de curiosidad y de manipulación de objetos del entorno, de búsqueda de sensaciones, constituyen poderosas piezas de evidencia a favor de que no es un sujeto meramente pasivo, reactivo, simple receptor de energía y estímulos exteriores, a los que reacciona, sino que es propiamente agente, principio de actividad, dotado de energía propia. El conductismo de Hull (1952) recogía esa idea, a su modo, en el concepto de potencial de conducta, que englobaba a la vez el impulso y la fuerza del hábito aprendido. La personalidad puede ser caracterizada como potencial de conducta: algo más que mera posibilidad pasiva; potencia activa de realización, de comportamiento.

La pregunta por el “quién” de la conducta, quién es y cómo es el agente que se conduce, pregunta que tiene su lugar propio en la psicología de la personalidad, lleva a estudiar esa característica del ser humano, por la cual dispone de recursos energéticos propios y es en verdad principio de sus acciones, principio intrínsecamente movilizado o activado, y no sólo extrínsecamente estimulado.

El concepto más general con el que la psicología suele estudiar esta cualidad de activación intrínseca del agente es el de motivación, donde, a su vez, se han desarrollado numerosas construcciones teóricas alternativas: motivación como impulso, como refuerzo, como incentivo, como necesidad, como estimulación interna. Comoquiera que se construyan conceptual y teóricamente, los fenómenos y procesos de motivación -desde el hambre, la sed y el sexo hasta la motivación social y cognitiva, y sobre todo la llamada “motivación intrínseca” (Deci 1975)- forman parte del ámbito empírico y campo de estudio de una psicología de la personalidad como disciplina o como tratado amplio internamente coherente.

 

3. 2. La función adaptativa

En estrecha conexión con el sentido biológico, vital, de la conducta, y con su cualidad de actividad, de interacción con el medio, y no sólo reacción, está su carácter adaptativo. Los vivientes tratan de mantenerse en vida. Las actividades vitales están al servicio de eso, son adaptativas, contribuyen a sobrevivir y a vivir mejor. Como actividad vital de orden superior, la conducta también es adaptativa: toda conducta lo es, y en ese sentido incluso los comportamientos calificados de “inadaptados” se ordenan -aunque disfuncionalmente- a una finalidad adaptativa.

La adaptación es, pues, en un sentido muy general una función comportamental generalizada, un aspecto y atributo interno de conducta, de todo comportamiento, por el que el ser viviente -la persona o personalidad en el nivel humano- trata de sobrevivir y de vivir mejor: adaptación, por tanto, para la supervivencia y para la calidad de vida.

Existe en la actualidad una literatura copiosa y rápidamente creciente sobre adaptación, sobre los procesos adaptativos en el comportamiento de las personas (cf. Lazarus 1991; Stewart, 1982). Pero, trascendiendo con mucho a la investigación y teoría explícitas sobre adaptación, en toda la Psicología de este siglo ha dominado, con rango casi de axioma, la tesis de la función adaptativa del comportamiento. Hasta tal extremo esa tesis ha impregnado la psicología entera que, a diferencia de lo sucedido en otras ciencias antroposociales -Sociología, Antropología cultural, Lingüística- donde los últimos decenios han conocido una constante pugna y vaivén entre funcionalismos y estructuralismos, en Psicología, y con excepción de la escuela de la “Gestalt”, apenas ha habido estructuralismo y todo ha sido funcionalismo sin apenas necesidad ni de airear esa bandera.

El funcionalismo imperante en Psicología es el triunfo del interés en la función con merma de la atención a la estructura. Significa que el interés del científico se centra no en qué es o en cómo es algo, sea la conducta, el estímulo o la personalidad, sino en cómo funciona y también: de qué es función.

Los funcionalismos tienen connotaciones pragmatistas, positivistas y conservadoras que gozan de mala prensa en la literatura crítica. Se les suele reprochar la excesiva complacencia aprobatoria de su mirada con respecto a lo que hay, a lo que funciona, a lo que sobrevive y vence. Seguramente son reproches pertinentes para buena parte, quizá la mayor parte de la Psicología científica. Skinner (1953, cap. 28), desde luego, es explícito al señalar las semejanzas entre el reforzamiento operante y la teoría evolucionista y confesar de modo abierto que la supervivencia es el criterio para valorar una práctica y también una cultura. El análisis conductista destaca el valor adaptativo y selectivo del refuerzo: se aprende lo que sirve para la supervivencia (y cabría añadir: para la “mejor-vivencia”); se seleccionan y consolidan las conductas adaptativas, las que colocan a los organismos en las mejores condiciones de (sobre)vivir en el medio.

Ahora bien, el análisis funcional de la conducta no es más que la punta emergente del iceberg funcionalista que ha sido el grueso de la psicología científica y no sólo la conductista. De conducta adaptativa no ha hablado únicamente el conductismo. También Piaget (1967) atribuye una función adaptativa a esa forma superior de actividad que es el conocimiento y lo coloca en relación con la biología. Piaget adhiere a la noción de inteligencia como “capacidad de adaptarse a situaciones nuevas” propuesta por Claparède y ve el conocimiento como hecho biológico superior. Para completar, en fin, el paisaje funcionalista, la que hoy se propone como “psicología evolucionista de la personalidad” (Buss, 1991) tiene como objetivo central “identificar los mecanismos psicológicos y las estrategias comportamentales como soluciones evolutivas a los problemas adaptativos que nuestra especie ha tenido que afrontar durante millones de años”.


Por si el funcionalismo no hubiera dominado en grado suficiente hasta entonces en los laboratorios de Psicología, hacia los años 50 la escuela del “New Look” destacó que el sistema perceptual posee un carácter instrumental, una función adaptativa, elaborándose en ese contexto el concepto de “validez funcional” de la percepción, que, por cierto, sirve para explicar los errores perceptivos, ocasionalmente disfuncionales, pero generalmente útiles, algo así como heurísticos rudimentarios. Frente a teorías estructuralistas (y “Gestalt”), que contemplan la percepción como proceso en sí autosuficiente, Klein y Schlesinger (1949) se preguntan: “¿dónde está el perceptor en la teoría perceptual?”. Da que pensar que algunos años después Carlson (1971) parafrasee esa pregunta en esta otra, que interroga también por el sujeto y sale en busca suya: “¿dónde está la persona en la Psicología de la personalidad?”.

Como puede apreciarse, por una vía paradójica, el interés funcionalista, dominante en Psicología, y que parece en principio desvíar la atención respecto a la estructura, acaba finalmente por preguntar por el sujeto, por indagar en su busca. La percepción es funcional: ¿dónde está, pues, el perceptor?. La conducta es funcional: ¿dónde está la persona?.

Era necesario e inevitable este giro, pues, como el propio Piaget (1968) ha mostrado en otro contexto, los estructuralismos no se entienden sin funcionalismos… y a la inversa. Por de pronto, incluso en el más pragmático de los enfoques, el funcionalismo es suficiente y se basta mientras funciona sin problemas el sistema de referencia en cada caso. Pero cuando algo no funciona hay que mirar entonces la estructura, escrutar dentro del sistema, examinar sus mecanismos internos. Estructura y función no son disociables. Era de esperar, pues, que aun en el seno del funcionalismo prevaleciente en Psicología emergieran nociones estructurales. La idea misma de adaptación, de función adaptativa, alude a que algo o alguien se adapta, funciona, con lo que se da de lleno en conceptos de estructura, de sujeto o agente en funcionamiento y en adaptación: en suma, aparecen conceptos de personalidad.

El sujeto vivo, funcional y adaptativo, no está aislado, encapsulado, o en mera contraposición al mundo, al entorno, sino en relación básica con él, en interacción e intercambio de energías. En este intercambio todo son procesos bidireccionales, que deben ser recogidos en conceptos apropiados: la pareja conceptual, ya mencionada, de estimulación / activación, y la que componen la propia estimulación, transducción de energía física en psicología, y la conducta motriz y operante, que transduce energía psicología en cambios físicos.

En esa red conceptual que aprehende el hecho vital y funcional de la adaptación integrante esencial de la conducta, persona(lidad) y entorno aparecen como correlatos. La psicología se expande hasta considerar esa recíproca correspondencia en un  paradigma de ecosistema, de ecopsicología (Hormuth, 1990) o de psicología ecológica, definida por Bronfrenbrenner (1979) como el “estudio científico de la acomodación [equivalente aquí a adaptación] mutua, a lo largo del ciclo vital, entre un organismo humano en crecimiento y los entornos inmediatos cambiantes donde vive”.

Además de otros aspectos ya considerados -hecho diferencial e idiográfico, activación propia del agente- a la psicología de la personalidad le corresponde estudiar también este aspecto o componente general de toda conducta: la adaptación recíproca del organismo -del sujeto, del agente- en crecimiento y del entorno en que vive y se comporta. Adaptación recíproca, debe destacarse, y no meramente pasiva del individuo al medio, a las demandas del entorno. Conducta adaptativa implica tanto adaptación de la persona a su mundo, cuanto adaptación de ese mundo -en lo posible, y a través de la propia acción- a las propias necesidades de la persona. Es una adaptación activa, por tanto. Y con eso cabe responder a la posible crítica antes comentada acerca del positivismo conservador de los funcionalismos de la adaptación. Es crítica válida para los análisis e ideologías de una adaptación pasiva al medio físico o social, a lo existente y establecido. No lo es cuando se destaca la vertiente de adaptación activa en la que, mediante su actividad práctica, el agente puede modificar algunos aspectos en la positiva realidad de lo existente.

3.3. La unidad del sujeto

 

El organismo activo es el mismo organismo estimulado; el sujeto que percibe es, a la vez, el que desarrolla una conducta adaptativa, operante, y que genera cambios en el medio. En general, es un mismo y solo individuo el que realiza actividades tan variadas como percibir, aprender, recordar, formar conceptos, solucionar problemas, razonar, emocionarse, tomar decisiones, moverse en el espacio, ingerir alimentos, manipular objetos, utilizar instrumentos, dormir, hacer gestos, hablar, comunicarse con otras personas. Todas esas conductas son de un solo y mismo individuo. Es un mismo sujeto el que percibe, se emociona, habla, actúa, se comunica. Es más, en un solo momento temporal puede la persona estar haciendo muchas cosas a la vez. Comer, salivar, trocear el alimento, ver la tele, hablar con la familia, balancear una pierna: todo eso lo puede hacer alguien al mismo tiempo; todo eso son conductas que pertenecen a un individuo concreto en un momento dado.

Para ocuparse de diferentes conductas o procesos comportamentales la psicología se ha organizado en distintas ramas o tratados. Existe así una psicología de la memoria, de la percepción, del lenguaje, del aprendizaje, de la motivación, de la emoción, y de otras estructuras y procesos. Es una parcelación necesaria para estudiar en detalle los hechos de conducta y para aislar las variables relevantes en cada caso. Pero todas esas actividades son de una misma persona; y la circunstancia de esta unidad constituye también objeto de estudio de la psicología: de la rama o tratado de psicología de la personalidad. Esta última contribuye así a poner de relieve la pertenencia de muy varios comportamientos a un solo sujeto, es decir, y en ese sentido, la unidad de la conducta, la cual quedaría parcelada y fragmentada si sólo se la contemplara en aspectos o momentos supuestamente desligables unos de otros.


A semejanza de la estabilidad y de la idiosincrasia, la unidad del sujeto de conducta es una cualidad relativa; es también cuestión de grado. No es la unidad de lo simple, sino de lo múltiple y organizado: no átomo o mónada indivisible, sino configuración. Es una unidad compleja, integrada por varios elementos y, por tanto, analizable. Al constar de diferentes componentes, es, hasta cierto punto, plural y, desde luego, no homogénea. Las teorías y modelos al respecto pueden subrayar sea su unidad configuracional, sea su pluralidad constitutiva y heterogeneidad interna. Pero, cualquiera que sea el punto enfatizado, y aun en el reconocimiento de esa pluralidad interna, cabe hablar de sujeto de conducta o de agente humano en singular, porque esos diferentes elementos, que son procesos comportamentales, no se dan meramente yuxtapuestos, adyacentes unos a otros, sino entrecruzados, relacionados, es más, y en alguna medida, ordenados e integrados. Aun en los casos extremos de personalidad múltiple o disociada, están organizados en un sistema que forma una cierta unidad.

Como rama de la psicología que se ocupa de esa unidad del ser comportamental, la psicología de la personalidad está llamada a desempeñar un cierto papel integrador y unificador, por no decir de síntesis, respecto a otras ramas y tratados. La psicología de la personalidad no se subroga a la psicología de la motivación, o del aprendizaje, o de la percepción. Lejos de sustituirlas, las supone, y en parte se las incorpora, no en apropiación, mas sí en su conducción al tronco unitario de un sujeto que es, a la vez, perceptor, motivado, aprendiz, etcétera. Los conceptos de personalidad son más molares, abarcativos e integradores que otros conceptos o constructos ya de por sí molares, como aprendizaje o motivación. En ese sentido, y sin transformar esta circunstancia en una -injustificada- jerarquía entre materias, tratados o programas de la psicología científica, cabe decir que la psicología de la personalidad puede desempeñar en la formación de los estudiosos y los profesionales de la conducta un rol integrador y de sinopsis de otras materias, otros conocimientos de psicología.

 

3.4. La identidad y continuidad de la persona

De conducta se habla con frecuencia para actividades limitadas en el tiempo, de una duración determinada, a veces breve. Como conducta -en rigor: como unidad de conducta- puede tomarse el acto de pulsar un botón, salir de un recinto o pronunciar una frase. Pero conducta, realmente, es toda la actividad de un individuo a lo largo de su vida. No sólo le pertenecen al individuo las distintas conductas realizadas en un mismo segmento temporal, en sincronía; además de esas conductas, le pertenece todo lo que haga a lo largo del tiempo, de los días y los años, del curso de su vida. La conducta se desarrolla en el tiempo y consiste propiamente en una secuencia de conductas de un mismo agente en momentos distintos de su vida. A lo largo de esa secuencia comportamental, el sujeto no permanece invariable y acaso sea muy poco estable: la edad adulta misma es mucho más cambiante de lo que se suponía (Helson y Roberts, 1994); pero sigue siendo él mismo, sigue siendo la misma persona. El adulto o anciano de hoy es el niño de ayer; sus actuales pautas de conducta están intensamente influidas por los procesos de maduración, de aprendizaje, por las experiencias vividas y, además, por sus propias decisiones y acciones anteriores.

A la unidad del sujeto en sincronía, en la simultaneidad de un instante dado, resaltada en 3.3, se añade su unidad en diacronía, en el transcurso del tiempo: su continuidad o identidad en momentos sucesivos y remotos, en la media y la larga duración. Se atribuye a la psicología evolutiva y, con más propiedad, a la del ciclo vital el estudio de esa continuidad -y de sus cambios- en toda la extensión de la vida. Pero esa psicología se ocupa, en rigor, de la secuencia madurativa y de aprendizaje de la cohorte y, de suyo, no del historial biográfico y comportamental del individuo. Es de esto último que debe ocuparse una psicología de la personalidad, en esto, de todas formas, estrechamente conectada con la psicología del ciclo de la vida.

En la estrecha relación que esta sección de la psicología de la personalidad guarda con la del ciclo vital está todo el campo de investigación y de teoría de la identidad personal, un campo roturado por autores, como Erikson (1968) o Loevinger (1976), que se han aplicado a describir los estadios de esa identidad y que pueden con derecho considerarse tanto psicólogos evolutivos como estudiosos de la personalidad. Es común a esos autores interesados en el desarrollo vital, biográfico, de la personalidad señalar como ingrediente importante de la continuidad de la persona la conciencia de identidad personal aun en medio de los cambios: conciencia de ser uno mismo a través del tiempo, conciencia en la cual se halla incluída la experiencia o, mejor, la memoria acerca de lo que uno fue e hizo y de lo que le ocurrió en otros tiempos. A esta conciencia le asigna la sociedad la posibilidad de imputar responsabilidades actuales por acciones realizadas en el pasado. Pero la conciencia de la propia identidad personal no pasa de ser un elemento entre otros dentro del hecho global más amplio: el de la continuidad de la persona a lo largo del tiempo. Es apropiado conceptúar como fenómeno de personalidad el hecho comportamental universal de que la conducta acontece y se desarrolla no sólo en el tiempo, sino en la larga duración de una vida entera: en una secuencia histórica o biográfica, donde los sucesos de conducta actuales no hubieran llegado a darse sin los sucesos pasados -experiencias, actos- y donde los patrones de comportamiento aparecen en un curso evolutivo y en procesos de aprendizaje caracterizados por la continuidad y la emergencia de unos patrones a partir de otros.


Respecto a todos los hechos -o aspectos- considerados a lo largo de este epígrafe (activación, adaptación, unidad, identidad), no está de más advertir que, desde luego, la psicología, como ciencia, trata de fenómenos y de procesos, no de sustancias, y que, en ese enfoque, no resulta fácil aprehender al agente del comportamiento, al sujeto de la acción. El sujeto es siempre escurridizo: no es captado en sí mismo, sino sólo en lo que hace, en sus acciones. Pero es tan necesario como escurridizo: del hecho de que hay acciones, comportamientos, nos vemos llevados a preguntarnos por quién las hace, a preguntar no por una esencia, mas sí por un sistema que es sujeto de comportamiento, al que se ha venido en denominar personalidad.

De los análisis ya realizados se desprende una primera exposición y caracterización de qué es la personalidad, no sólo como constructo, sino también como objeto de estudio: qué realidades, qué hechos, qué observables empíricos son los referentes “objetivos” del constructo de personalidad. A partir de ellos cabe proceder, en consecuencia, a una delimitación del ámbito de la psicología de la personalidad del modo siguiente: es un campo de investigación y de teoría acerca de patrones complejos y secuencias temporales amplias, hasta cierto punto estables e idiosincrásicas, de un comportamiento adaptativo que es de alguien, de un sujeto vivo y activo. Se trata, sin embargo, de una caracterización todavía tosca, que sólo se refina recorriendo la gran variedad y complejidad de los hechos que estudia la psicología de la personalidad; o sea, sólo puede refinarse en el estudio científico mismo de la personalidad y no en un capítulo introductorio.

Quedan aún, por otro lado, algunas acepciones de “personalidad” en la psicología actual, que se refieren no ya a aspectos generales del comportamiento, sino a ciertas clases de conducta. Va a hablarse de ellas a continuación como de comportamiento “personal”.

IV. LA PERSONA EN ACCION

La persona siempre está en actividad, en acción. La conducta que la Psicología estudia es siempre de la persona. Todo comportamiento es personal. Pero, tanto en nuestra percepción espontánea como en la concepción científica, no todo comportamiento aparece como personal en igual grado; y no ya sólo por aparecer más o menos diferenciado respecto al de otros individuos, no ya sólo por su carácter idiosincrásico, sino también por el grado en que la persona agente se halla involucrada. La persona se halla en juego y está, por así decir, más comprometida en unas conductas que en otras: en el duelo por la pérdida de un ser querido o en el acto de elección de pareja más que en un simple reflejo condicionado, en los movimientos de defensa frente a un animal peligroso en campo abierto más que en un estornudo o un bostezo. Está justificado, por eso, hablar de procesos de personalidad para referirse a ciertas clases de comportamientos que están intensamente enraizados en la persona, comportamientos donde se hace especialmente visible la circunstancia de que la conducta es personal, conducta de un individuo concreto, a la vez que de ese individuo en su integridad, de esa persona como un todo.

Los hechos o aspectos de personalidad examinados hasta aquí, tanto las diferencias y estabilidad individual como la activación y adaptación, la unidad e identidad de la persona, tienen que ver con características generales de toda conducta, con propiedades en virtud de la cuales toda conducta se presenta en patrones diferenciados de acción, de verdadera acción adaptativa de un agente. En cambio, a partir de ahora, en los ámbitos todavía por presentar se trata de tipos, subconjuntos o clases concretas de conductas -no de todas ellas- en las cuales se hace particularmente patente el agente o sujeto que se comporta. Tres son los principales tipos de conducta donde eso se hace más evidente: las conductas de afrontamiento de una realidad que amenaza o desafía a la persona, las referidas al propio sujeto agente y las de relación interpersonal entre distintos individuos.

 

4. 1. Afrontamiento y procesos de defensa

El comportamiento responde siempre a funciones adaptativas, cumple o trata de cumplir, de modo superior, complejo y flexible, la función biológica de supervivencia, así como también la de alcanzar un “vivir mejor“. Esta es una característica generalizada, universal, del comportamiento. Toda conducta, en sentido lato, es de afrontamiento del medio y de autoprotección del agente. Ahora bien, algunas conductas se distinguen por servir de forma específica y directa a funciones de supervivencia o protección del sujeto frente a una estimulación nociva, a peligros o amenazas del medio: están al servicio de la preservación y de la calidad de la vida en modo muy directo e inmediato, un modo que a veces, frente a emergencias, requiere una reacción bien específica.

Todo ser vivo dispone de un (sub)sistema de protección fronteriza, delimitador respecto al exterior, zona limítrofe de trasiego en el intercambio de energías con el entorno. Es un sistema que ejerce funciones de barrera ante las entradas de materia, energía o información externas, de filtro de esas entradas y de mantenimiento de un estado interno de relativo equilibrio (Miller, 1978). En el ser humano ese cinturón protector es mucho más complejo que en otros vivientes: comporta elementos de reacción fisiológica, de alerta cerebral, de estado anímico y de valoración cognitiva de la situación amenazante. A ese subsistema comportamental de filtro y protección bien cabe llamarle “personalidad” en otra de las acepciones posibles de este término, correspondiente a un nuevo contenido estudiado por los psicólogos de la personalidad.


En el seno, pues, de la conducta adaptativa, es decir, de toda conducta, y como operaciones de autoprotección del ser vivo, aparecen y se destacan algunas conductas que son protectoras en grado singular, son adaptativas -por así decir- a la segunda potencia. Son comportamientos de diferente naturaleza: a veces, deliberados y conscientes, verdaderas estrategias de adaptación; otras veces, inconscientes, como los mecanismos de defensa, postulados por el psicoanálisis, o la defensa perceptiva y los “controles cognitivos” estudiados por la psicología experimental. Algunas distorsiones perceptivas parecen también responder a una función no sólo adaptativa en forma genérica, sino de autoprotección y defensa. A través de ellas la persona trata específicamente de “hacer frente” a situaciones amenazantes o peligrosas, y lo hace en las dos modalidades básicas de toda adaptación: la de ajustarse al medio, o  bien la de transformarlo de acuerdo con sus necesidades. Son dos modalidades que no se corresponden mal con el doble mecanismo universal de reacción animal ante el peligro según se compendia en la pareja “flight” / “fight”, es decir, huída / lucha: ya sea la escapada, huída o evitación del riesgo o amenaza, ya sea la aproximación al objeto amenazante para dominarlo o reducirlo, disminuir y controlar su peligrosidad; doble mecanismo, en otras palabras, que equivale a combatir el riesgo de espaldas, huyendo, o hacerlo de frente, plantándole cara.

Son comportamientos reconocidos en todas las teorías psicológicas, aunque cada una de ellas haya atendido a diferentes modos de defensa. El psicoanálisis popularizó y concedió relevancia a los mecanismos de defensa: represión, regresión, negación, proyección, y así hasta el canon de los diez reseñados y sistematizados por Anna Freud (1936). El nombre de “mecanismos” es ya revelador: serían procesos mecánicos o automáticos, no deliberados, y ni siquiera conscientes. El psicoanálisis los ve como resortes del yo, que con ellos se apresta a la autodefensa, principalmente frente a la angustia interior, al vértigo que le produciría el reconocimiento de la libido, del impulso sexual. Algunos de esos mecanismos -sobre todo, la represión (Byrne, 1964)- y algunos procesos que les son análogos han sido objeto de estudio por parte de psicólogos experimentales. En la actualidad el estudio y la teoría sobre los mecanismos de defensa, sobre procesos de autoprotección más o menos automatizados, no se limita a la tradición freudiana. Hay que resaltar, además, que una gama muy amplia de conductas, no siempre deliberadas, y de muy diverso signo, desde el apego infantil hasta la agresión impulsiva o premeditada, forma parte de la investigación y la teoría. El conjunto de esos comportamientos a veces muy específicos, pero organizados en patrones coherentes, sean automáticos o intencionados, pertenece al constructo y al ámbito empírico de personalidad; constituye uno de los sistemas o subsistemas de la personalidad.

En la tradición psicoanalítica, W. Reich (1976) consideró el “carácter” -un equivalente de “personalidad”- a manera de una coraza protectora y defensiva y formuló propuestas acerca de la deseable flexibilidad de ese escudo protector psicológico. Es una metáfora acertada para la personalidad, que puede asemejarse a una cota de malla flexible, que protege sin impedir los movimientos, pero también a una coraza inmovilizadora y anquilosante. La persona, hombre o mujer “de carácter” es a veces la persona en exceso y sólo acorazada, con todo lo que eso supone, para bien y para mal: inmune a muchos riesgos, pero a costa de una inmovilidad que puede llegar a costarle la vida. Desde luego, un “carácter” que consista en tal acorazamiento inmovilizador parece poco deseable, es psicopatológico. Resulta preferible simplemente una “personalidad” y un “tener personalidad” que valga para defenderse bien, no frente a todo riesgo, pero sí con flexibilidad adaptativa. La personalidad sería algo así como el sistema inmunológico comportamental: capaz de generar defensas eficaces frente a ciertos eventos de daño o de riesgo, aunque sin duda no frente a todos ellos, no un seguro de vida a todo riesgo. A la postre, la enfermedad y la muerte forman parte de la condición humana.

Ha sido habitual, por eso, que los psicólogos de la personalidad hayan estudiado -y teorizado acerca de- procesos que corresponden a posibles reacciones ante daños y amenazas, reales o potenciales, procedentes del medio externo y del interno. Entre los modos o los componentes de reacción personal están, por ejemplo, la ansiedad, el conflicto, la depresión, la agresión. Son temas, todos ellos, que pueden encontrarse en manuales y tratados sobre la personalidad. Pero seguramente el ámbito temático más actual y más abarcador al respecto sea el de estrés y afrontamiento.

El estrés o tensión puede ser visto, en primer término, del lado de la estimulación: concebirlo como estímulo. Se define entonces como un exceso o heterogeneidad de estimulación nociva o de información ambigua que el individuo es incapaz de asimilar y procesar de manera funcional y que, por eso, percibe como dañina o amenazante, aversiva en todo caso. En esa concepción del estrés-estímulo cobra máxima importancia el estudio de las situaciones o estímulos estresores, aunque no se desconozca su repercusión o impacto en el sujeto: el elemento subjetivo que a la postre hace que una experiencia resulte estresante. Ahora bien, puede ponerse justo este elemento en el primer plano y aparece así una segunda noción del estrés: como respuesta, como reacción comportamental. Se habla de estrés entonces para referirse a los patrones de respuesta estresada, al trastorno o alteración emocional y motriz.

Seguramente, sin embargo, ambos elementos son indisociables; y es, por eso, preferible un concepto relacional del estrés, englobante a la vez de sus elementos estimulares y reactivos. Es la concepción por la que abogan Lazarus y Folkmann (1984): el estrés como fenómeno esencialmente relacional, como relación objeto/sujeto o evento/persona. El estrés es concebido ahora como un proceso de dos términos: el del acontecimiento estresor sobre un sujeto susceptible, vulnerable. En esa concepción se define el estrés como una clase particular de relaciones estímulo / respuesta, una relación apreciada [o valorada: “appraised”] por el sujeto como amenazante o desbordante de sus recursos y que pone en peligro su bienestar. Desde tal concepto relacional se explica que condiciones ambientales extremas constituyan estrés para todo el mundo, mientras otras no lo sean tanto y, justo en ellas, emerjan con mayor claridad las diferencias individuales.


En el modelo de Lazarus y Folkman, el elemento comportamental adaptativo en la conducta pertinente al estrés lo constituye el afrontamiento (“coping”), que consiste en los “esfuerzos cognitivos y conductuales constantemente cambiantes para manejar las demandas específicas externas o internas apreciadas [=”appraised”] como excedentes o desbordantes de los recursos del individuo”. Por afrontamiento se entiende, pues, el conjunto de actos, estrategias, procesos, por los que el individuo trata de “manejarse” como mejor puede y de manejar como mejor pueda (tratando de controlar, modificar, corregir, paliar: todo sirve, hágase de manera flexible) unas demandas del medio que resultan amenazantes aunque sólo sea porque no dispone de recursos para atenderlas. El afrontamiento constituye así una conducta que responde a una situación y tarea paradójica: cómo defenderse, cómo manejarse cuando no se dispone de recursos para ello. Afrontar es sacar fuerzas de flaqueza y hacer de la necesidad virtud, así como también valor.

Corresponde a la psicología de la personalidad estudiar esa clase de conductas especializadas consistentes en formar un cinturón protector del organismo corporal, del individuo como un todo. Bajo esta consideración, personalidad es el conjunto de procesos comportamentales fronterizos y protectores mediante los cuales la persona filtra y regula el intercambio de energía e información con el exterior para asegurar al máximo la propia supervivencia y calidad de vida (y de refuerzos). De esos procesos suelen ocuparse los psicólogos de la personalidad, aplicados así a un ámbito de alta relevancia para la vida personal y para la satisfacción de vivir. Las conductas de protección y afrontamiento son el terreno donde se juega el curso -siempre dramático y en ocasiones trágico- de la existencia humana. Es el lugar de la dicha y del dolor, de la acción y de la pasión, del logro y de la frustración y, a la postre, a veces, de la vida y de la muerte en el sentido más literal. Es también el lugar donde llegan a desarrollarse comportamientos disfuncionales y donde la psicología de la personalidad es fronteriza con la psicopatología (cf. capítulo 8).

 

4.2. Conducta autorreferida y “sí mismo”

Algunos de nuestros comportamientos terminan en nosotros mismos: mirarse las palmas de las manos, golpearse el pecho, rascarse la cabeza, o incluso despertarse a uno mismo de madrugada por mediación del despertador puesto en hora la noche anterior. Todos ellos son ejemplos triviales y observables desde el exterior. Hay además ejemplos dramáticos, como suicidarse o autolesionarse; y los hay no externamente manifiestos, no observables públicamente, tal como pensar en uno mismo. Según se mire, tales comportamientos no tienen nada de especial. Se trata de conductas de la misma naturaleza que la gran mayoría de las conductas, que se dirigen a otras personas u otros objetos: se piensa en uno mismo como quien piensa en otro, se masajea la propia frente igual que la ajena, se lava uno la cara a semejanza de como se lava un jarrón. No son las conductas más frecuentes, ni tampoco forzosamente las más importantes, pero tienen la particularidad de que en ellas un mismo individuo es, a la vez, el agente y el término de su acción.

Ese conjunto o clase de conductas puede agruparse bajo la categoría de conducta autorreferente, o autorreferida, autorreferencial. De ella se ocupa la más reciente psicología de la personalidad, no porque tenga especial entidad o importancia, sino porque se desarrolla por entero dentro de la persona -o saliendo de ella para luego regresar, como en el ejemplo del uso del despertador-, porque en ella una misma persona está en el comienzo y en el final de la conducta.

Aunque sea reciente hablar de conducta autorreferida (entre las primeras presentaciones bajo ese rótulo están las de Fierro, 1983 y Kaplan, 1986), ha sido de lo más tradicional en cierta psicología referirse a “self” o “sí mismo“, para aludir con ello sea a un núcleo de la personalidad, del yo o de “uno mismo”, sea a la conciencia de la propia identidad o simplemente al autoconcepto. Desde un enfoque rigurosamente objetivo y empírico está justificado entender este “sí mismo” en términos de “conjunto de conductas autorreferidas”, hacer equivalente “sí mismo” y autorreferencia (cf. capítulo 4). Sin embargo, con o sin esta equivalencia, el hecho es que ese doble o único ámbito es de los más frecuentados en la actual psicología de la personalidad. Con o sin esa equivalencia, en todo caso, las conductas que terminan en el propio sujeto, autorreferidas, no se limitan al autoconcepto, al autoconocimiento o, en general, a procesos internos cognitivos y emotivos. Dentro de ellas se hallan también las de autodefensa, autopresentación social, autorrefuerzo, autocastigo, y tantas otras, públicamente observables, que tienen en común la circunstancia de que el sujeto agente se toma a sí mismo como objeto y destinatario del comportamiento. Todas ellas constituyen espacio empírico y objeto de estudio de la psicología de la personalidad.

El énfasis más reciente en el estudio de la conducta autorreferida ha estado, por una parte, en los elementos cognitivos y, por otra, en los sociales. La psicología cognitiva ha rescatado, como objeto de investigación científica, las acciones más íntimas y difíciles de observar, las que comienzan y concluyen en el interior del propio sujeto: el autoconcepto, el autoconocimiento, la autoestima, la autoconciencia, la autodeterminación; y les ha atribuido especial presencia e influencia reguladora en el comportamiento humano (cf. capítulo 4). Con ello se atan los dos cabos mencionados: la tradición más antigua del estudio y teoría del “sí mismo”; la investigación y el interés más reciente en toda clase de conductas autorreferidas.

En dirección convergente con la anterior, atenta por igual a la cognición y a la conducta manifiesta, la psicología social, en el auge de su creciente interés por temas típicos de la psicología de la personalidad, se ocupa cada vez más de los “aspectos sociales del sí mismo” (es el título de una monografía coordinada y prologada por Berkowitz 1988). Suele hacerlo mediante conceptos de la psicología cognitiva en el análisis de procesos y estructuras de pensamiento referido a uno mismo y mediante conceptos conductistas en el análisis funcional del comportamiento para consigo mismo; y tiende a interpretar tanto el autocomportamiento cuanto el propio autoconocimiento como un fenómeno social, de presentación de sí mismo, al igual que las conductas interpersonales y semejante a ellas.


Los temas abordables en un enfoque socio-cognitivo de la autorreferencia son variados. Un libro de Kaplan (1986) sobre psicología social de la conducta autorreferente organiza la materia de los capítulos con arreglo a un mismo esquema, el de los antecedentes y las consecuencias sociales de algún subtipo de conducta autorreferida; y en sendos capítulos examina según ese esquema las conductas de cognición, autoevaluación, sentimientos respecto a uno mismo y autodefensa. La obra concluye con la consideración de la conducta autorreferente como un producto social a la vez que como una fuerza social, lo que lleva a la propuesta de una teoría general de esa conducta que pone énfasis en el contexto social en que actúa la persona(lidad). Es una teoría derivada del modelo de análisis funcional de la conducta según el formato clásico A-B-C: antecedentes / conducta (“behavior”) / consecuencias, y de acuerdo con el cual cada capítulo desarrolla el análisis de un tipo de conducta.

La autorreferencia es o implica autorregulación. Con ello, la conducta autorreferida, además de ser objeto de estudio para su descripción, puede llegar a incorporarse a modelos explicativos de la regulación comportamental. La conducta de las personas está regulada en gran medida, quizá en máximo grado, por instancias ajenas, externas; pero en algún grado, aunque sólo sea en una pequeña medida, lo está asimismo por la propia persona, por sus acciones autorreferidas. Todo ello es objeto de interés para los psicólogos de la personalidad, algunos de los cuales, en estos hechos comportamentales de autorreferencia, ven al sujeto humano, a la vez, como autorregulador y autorregulado, autodirectivo y autodirigido, en suma, como autodeterminado. En todo caso, cualquiera que sea la amplitud en que se consideren esas conductas, sean sólo las manifiestas, o también los procesos internos, de naturaleza cognitiva, cualquiera que sea, por otra parte, la relevancia funcional, autorreguladora que se les atribuya, en ellas se despliega un interesante campo de estudio y de teoría de la personalidad.

4.3. Presentación de sí mismo y comportamiento interpersonal

En latín, “persona” es la máscara que llevan los actores en la escena. En el habla cotidiana actual, “personalidad”, en uno de sus usos, sigue valiendo por la presentación que de sí mismo hace el individuo. Así, por ejemplo, de un atuendo, de unas gafas o de un modo de peinarse, cabe decir que “realzan la personalidad”.

La psicología ha retenido esa acepción de “personalidad” y la psicología social ha resaltado que la conducta se produce siempre en sociedad, en comunicación e interacción con otros. Algunos pºs sociales, además, han analizado la naturaleza social de la conducta mediante la metáfora del escenario: estar en sociedad es como estar en escena, en la escena social; es comparecer ante otros; el comportamiento tiene mucho de representación escénica; el individuo agente es un “actor” (Wiggins y otros, 1971, cap. 29).

En una aplicación radical de la metáfora escénica, en todo comportamiento actuaríamos a manera de actores o actrices; la personalidad consistiría en un haz de roles, en un conjunto de papeles teatrales socialmente asignados o personalmente elegidos; el curso de la acción obedecería simplemente a “guiones” (“scripts”) socialmente pautados. Forzando la metáfora a su extremo, todo en la personalidad sería máscara, rol, papel escénico, incluso cuando el individuo se halla en soledad, cuando hace cosas él solo, en solitario, y cuando piensa en sí mismo. Tal extremo, sin embargo, pertenece ya al plano de los modelos teóricos para entender la personalidad y no al orden empírico de los acontecimientos y de los observables. En este orden, que es también el de la descripción, hay que ceñirse a tomar nota de que cierta clase de comportamientos -no todos ellos- presentan más intenso carácter personal porque de modo manifiesto son -y en la medida que son- comportamientos interpersonales. Claro que toda conducta, incluida la cognitiva, en cierto modo es interpersonal y social, pues factores y pautas sociales contribuyen a determinar incluso el comportamiento aparentemente más solitario o íntimo. Pero algunas conductas consisten formalmente justo en la comunicación, la interacción o, en general, la relación con otras personas; y en ellas pasa a primer plano la personalidad -en esta nueva acepción- de los distintos participantes en la acción interpersonal.

En apariencia, la noción -y el ámbito empírico correspondiente- de personalidad como presentación y relación social parece referirse a lo más externo y opuesto a la noción -y su ámbito- de personalidad como autorreferencia, que sería lo más interno. Pero aquí, desde luego, los extremos se tocan: “yo” o “sí mismo” cae de lleno dentro de la metáfora escénica, no se sustrae a ella. Esta metáfora subraya que los roles tienen mucho de presentación de uno mismo, de autorreferencia, por tanto. Es el punto de vista destacado por la psicología de la presentación de la persona en la vida diaria (Goffman, 1959). La focalización en la persona aparece particularmente clara en las conductas de autodescubrimiento o autorrevelación y de presentacion de sí mismo. Esta presentación de uno mismo constituye quizá el paradigma de toda comunicación e interacción social: es una conducta, por un lado, orientada al exterior, hacia otras personas, mientras, por otra parte, es también conducta autorreferida, puesto que el objeto y contenido de la comunicación es uno mismo. En ella se da la más clara articulación entre la psicología social y la de la personalidad: analizar el sistema de “si mismo” como social tiene la contrapartida, a la recíproca, de considerar muchos fenómenos sociales como de autopresentación (cf. Baumeister, 1989).


Pero el modelo escénico constituye solamente uno de los posibles para destacar la vertiente social de la personalidad, el hecho de que lo personal es, en realidad, interpersonal: personalidad es una realidad social y no puramente individual. A partir de esa premisa los psicólogos sociales se han interesado por procesos de conducta manifiesta, como la interacción personal, y de naturaleza cognitiva, como la percepción de personas, para hacer de ellos el punto de anclaje sólido para la noción -una noción psicosocial- de la personalidad (veáse capítulo 12). También esto tiene su extremo -cuestionable- en el orden de la construcción teórica: la reducción de la psicología de la personalidad a un capítulo de la psicología social. La personalidad sería entonces no un atributo del sujeto, sino un mero efecto de la percepción ajena, de la atribución social; residiría, según celebrada expresión de Jones y Nisbett (1971), en los ojos del observador, más que en el comportamiento del actor. La personalidad no consistiría en algo que uno es, o que a uno le caracteriza, y pasaría a ser algo que, en parte, tratamos de mostrar a los demás y, en todo caso, algo que los demás perciben en nosotros mismos. La psicología de la personalidad, por su parte, habría de ocuparse no de cómo las personas son, sino de cómo las personas construyen, en sus teorías implícitas, la personalidad tanto propia como ajena. Son tesis extremosas, difíciles de aceptar para muchos psicólogos de la personalidad, pero de curso corriente en los modelos de personalidad más influidos por la psicología social.

Sin adherir aquí a compromisos teóricos como los de reducción de la personalidad a un fenómeno de reflejo psicosocial, y permaneciendo en lo empírico, el hecho es que en la actualidad se asiste a una convergencia de la psicología social y la de la personalidad (Blass, 1984, Krahe, 1992) o quizá más bien a una “irrupción” de lo psicosocial en el ámbito de personalidad (Kenrick y Dantchik, 1983). Buena parte de la actual psicología de la personalidad es en realidad, psicología social de la personalidad; lo cual, bajo otra perspectiva, equivale a esto otro: objeto de estudio de la psicología de la personalidad son también los comportamientos interpersonales.

V. PUNTUALIZACIONES Y RECAPITULACION

Se ha descrito y presentado de forma sistemática el paisaje de hechos, procesos o aspectos comportamentales que por uno u otro título han podido con buen fundamento considerarse de personalidad. Hay otros modos posibles. Véase el sumario de otros manuales o tratados sistemáticos sobre personalidad y se encontrará una organización diferente de la materia. Lo más frecuente es encontrarse con una mera yuxtaposición asistemática de temas de estudio. Según se mire, el propio sumario de este volumen puede transmitir esa impresión y por eso necesita ser entendido en el marco de este primer capítulo descriptivo de los fenómenos de personalidad.

No abundan los intentos de poner orden sistemático en la descripción misma del entero campo que habría de ser estudiado bajo la denominación de personalidad. Con el título de “descripción de la personalidad”, Huber (1977) le dedica un capítulo, cuyo eje lo constituyen las diferentes unidades de análisis de la misma. Sus unidades no coinciden con las aquí propuestas, pero tienen el mérito de tratar de cartografíar todo el territorio de estudio. Huber menciona como unidades de análisis -y como posibles concepciones, en consecuencia- de la personalidad: a) los rasgos (sea como propiedades, sea como factores); b) los hábitos; c) los motivos (en su doble papel de movilización y de dirección de la conducta); d) el “sí mismo”; e) los roles; f) las actitudes. Es un modo alternativo al presentado en estas páginas y que sirve para relativizar este o cualquier otro mapa de la extensión que la psicología de la personalidad toma a su cargo.

Este capítulo ha presentado el conjunto de hechos, de fenómenos, de procesos investigables e investigados en psicología de la personalidad de forma sistemática, pero sin pretensión de ser la única forma posible. Por otro lado, no ha dicho nada sobre los otros dos aspectos que, además del ámbito empírico, constituyen a la psicología de la personalidad: el método y la teoría. Ambos temas quedan para más adelante (en el capítulo 9).

En conclusión de todo lo expuesto quizá no está de más realizar algunas puntualizaciones acerca del sentido de la exposición, precisiones que sirven para prevenir erróneas lecturas y, al propio tiempo, para recapitulación:

1º) Ha sido una exposición introductoria, con miras didácticas, destinada a lectores que toman un primer contacto con la psicología de la personalidad y con el fin de mostrar a grandes rasgos cuál es la amplitud de su objeto: exposición prologal, de iniciación, y no de síntesis. Tal propósito hacía poco menos que irremediable un fuerte esquematismo, por no decir simplificación y superficialidad. No ha ido al fondo de los temas y no se ha propuesto hacerlo. Se ha quedado en aquella descripción -exacta, así se espera- de “la superficie de las cosas”, que el novelista Italo Calvino consideraba indispensable antes de ir al fondo, a lo profundo de las mismas.

2º) Hay otros modos posibles, alternativos, de describir, organizar, “construir”, presentar los contenidos de la psicología de la personalidad. El propio autor de este capítulo lo ha hecho de forma ligeramente diversa en otras ocasion (Fierro, 1983, 1993). Al hacerlo ahora tal como queda en páginas anteriores, al rectificar en algo versiones precedentes de la misma idea básica, está dando a entender que esta versión actual las mejora: es más completa, más cuidada, quizá más rigurosa. Pero el lector no tiene por qué seguir al autor; y, por novicio que se le suponga todavía en un capítulo inicial, el que leyere debe ir formando ya un juicio propio y, en cualquier caso, podrá regresar a este comienzo tras haber recorrido el libro hasta el final y tener para entonces un criterio mejor formado para considerar y acaso aceptar otras versiones posibles y mejores en la exposición del ámbito de personalidad.


3º) El esquema básico de la descripción del espacio empírico de la psicología de la personalidad consiste en verlo constituido: (a) primero, por algunas características generales de todo comportamiento, es decir, ciertos aspectos de toda conducta; y (b) en segundo lugar, por determinadas clases de conducta intensamente focalizadas en lo personal, o sea, ciertos subconjuntos o tipos de conducta. En (a), por otra parte, y a su vez, aparecen dos grandes bloques: el de patrones diferenciadores, de semejanza y de diversidad en el comportamiento, más o menos estables y a la postre idiográficos; y el del anclaje de la conducta en un sujeto agente, en su unidad, identidad, potencial activo y funcionamiento adaptativo. En todo ello, por tanto, la conducta, toda conducta aparece con las características de: (1) estar organizada en patrones, (2) corresponder a un individuo agente. Dentro de (b), en cambio, están no todas las conductas, solamente algunas de ellas, pertenecientes a uno o varios de los subconjuntos expuestos: las conductas autorreferidas, las de autoprotección y afrontamiento del medio, las de relación interpersonal. Son subconjuntos no recíprocamente excluyentes entre sí: hay comportamientos que pertenecen a dos de ellos o a los tres; los hay que no pertenecen a ninguno. Pueden aportarse ejemplos de uno y otro caso. Así, la conducta de vestirse de modo apropiado para acudir a una entrevista de selección para un puesto de trabajo se halla dentro de los tres tipos señalados: acción sobre uno mismo (por contraste con la acción del adulto que viste a un niño pequeño), conducta de afrontamiento de una situación difícil y también de autopresentación ante otro, ante el entrevistador. En cambio, el gesto despreocupado de tumbarse un rato a la bartola no está en ninguno de ellos.

4º) El mundo real es un mundo de continuidad en las cantidades, las magnitudes, y de hibridación y mestizaje en las cualidades. En él se dan el “más” y el “menos”; y son raros los estados puros. Lo química y cualitativamente puro no existe fuera del laboratorio o de la abstracción analítica. También el universo de la conducta es un universo de realidades continuas y entremezcladas. Los diversos subconjuntos y características del gráfico adjunto no han de verse como categorías dicotómicas. En particular, no es que unas conductas sean interpersonales o de afrontamiento y otras no lo sean en absoluto. Hay en todo una gradación y se trata cada vez de conjuntos difusos, con límites imprecisos. Así, respecto al conjunto de lo interpersonal se da una gradación que a partir de un cierto núcleo -la relación cara a cara- se va difuminando hacia una periferia en que la interacción se hace más tenue: una conversación por teléfono, un mensaje en el contestador telefónico automático, releer una carta recibida hace meses, recordar a una persona querida ya fallecida…

5º) Además, las diversas características de lo real -de la conducta, de la personalidad- se entrecruzan, se sobreponen unas a otras con mayor o menor predominio o intensidad de cada una. Así, por ejemplo, los hechos recogidos bajo conceptos como “identidad” y “desarrollo de la identidad” (véase capítulo 4, epígrafe 4) comprenden a la vez aspectos diferenciales e idiosincrásicos de la persona, de estabilidad (y de cambio) a lo largo de su vida, así como también de enraizamiento en un sujeto activo cuyo comportamiento y desarrollo es más o menos adaptativo, y que con tal identidad -que es conducta autorreferente- trata de afrontar el medio y asume unos roles sociales.

6º) El propósito en este capítulo ha sido descriptivo y no, en absoluto, normativo. En él no se dice que tales y cuales procesos o aspectos de conducta deban formar parte necesariamente del ámbito de personalidad; sólo se dice que pueden formar parte de él y que de hecho hay estudiosos de personalidad que los investigan y analizan. Y aun dentro de eso hay que precisar: no es que todos los autores o escuelas estudien todos los temas referidos. Antes, al contrario: no podría citarse una sola obra en la que todo ello quede recogido; esa obra, si la hubiera, o cuando llegue a haberla, si así ocurre, sería una enciclopedia de la ciencia de la personalidad. La exposición precedente despliega así, por tanto, un esbozo de lo que sería un tratado enciclopédico hoy inexistente. Los estudiosos de la personalidad no han tenido aficiones enciclopédicas; y no las han tenido por una buena razón: porque no necesariamente consideran pertinentes para su estudio o para la teoría todos los contenidos temáticos mencionados. Los autores y las escuelas difieren justo por considerar a unos hechos o aspectos como claves para la comprensión y explicación de otros, sin concederles a todos la misma relevancia. Aquí se ha delimitado un espacio de estudio y de teoría en realidad no abarcado por ningún autor u obra concreta, un espacio, empero, dentro del cual se hallan los autores, las investigaciones, los tratados, revistas y libros sobre personalidad.

7º) En estas páginas quedan expuestos los diversos procesos o aspectos que pueden ser y han sido de hecho encuadrados dentro de una teoría de la personalidad, pero sin discusión crítica acerca de la pertinencia y relevancia de los mismos. Aun a falta de esa discusión no ha sido una exposición dogmática: no ha tenido pretensión normativa, no presume que todo sea pertinente. Esto sólo puede sopesarse y discutirse al término, no al inicio de un estudio sobre personalidad. Cabe anunciar ya que esa discusión será abordada en el último capítulo de este libro, sólo que allí se va a sugerir precisamente que una verdadera teoría de la personalidad debería considerar todos los procesos y aspectos aquí expuestos y que podría organizarse alrededor de una psicología de la acción y del curso de la acción.


8º) La presentación de ciertos temas de estudio y de conocimiento como pertinentes a personalidad no es reivindicación de contenidos para el programa de una asignatura. Los temas de una disciplina, un tratado o incluso una enciclopedia no son los de un programa de docencia. En la ciencia, además, las distintas parcelas de estudio y de conocimiento pueden pertenecer a disciplinas y tratados diferentes, que no son recíprocamente excluyentes. En la actividad y la enseñanza científica la pertenencia a una disciplina no es nunca adjudicación en exclusiva. Varios de los contenidos aquí censados dentro de la psicología de la personalidad pertenecen asimismo al programa coherente de otros tratados o disciplinas. Tomar un hecho, un tema, una cuestión como pertinente en psicología de la personalidad no es sustraerlo a su pertinencia innegable a la psicología fisiológica, a la diferencial o a la del ciclo de la vida. Es asunto distinto cómo organizar esa múltiple pertinencia y pertenencia en el desarrollo programático de un plan de estudios, de las asignaturas de una carrera universitaria. Esto depende de muchas circunstancias -didácticas, institucionales, académicas- y no sólo de consideraciones epistemológicas. Sucede lo mismo en la organización de la materia de un libro, de un tratado. De hecho, lo largo de los capítulos que siguen en este volumen no se recorren todos los temas mencionados en esta introducción, sino sólo algunos de ellos, los que pertenecen a la psicología de la personalidad de modo más indiscutible y menos compartido por otras disciplinas.

Así, pues, y en suma, la psicología de la personalidad estudia ciertas clases de conductas y también toda conducta bajo ciertos aspectos, pero no toda conducta bajo cualquier aspecto. Hablamos de personalidad para referirnos a un campo empírico vasto y complejo, en el que pueden identificarse tanto subconjuntos determinados o clases de conductas -autorreferidas, de presentación social, de autoprotección-, cuanto atributos que caracterizan a toda conducta: peculiaridad e idiosincrasia individual, estabilidad, procedencia de un sujeto agente, en verdad activo y no solo reactivo, idéntico a sí mismo a través del tiempo. Teniendo por objeto toda esa extensión de realidad comportamental, la psicología de la personalidad se aplica a describirla y explicarla, a poner de manifiesto su estructura, así como sus determinantes, su dinámica, sus procesos y también sus funciones, su funcionamiento.

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