A un dios que pueda oír

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Barcelona, Anthropos 2019

A un dios que pueda oír

 

 

 

 

 

 

 

Renuevan los poetas la antigua y venerable
liturgia de la humanidad y de sus primeros dioses. [1]

Es derecho de nosotros, los poetas,
estar en pie ante las tormentas de Dios
con las cabezas desnudas,
para apresar con nuestras propias manos
el rayo de la luz del Padre
y hacer llegar al pueblo
el don celeste envuelto en cantos.[2]

 

Quien no tiene poesía, que tenga religión. Quien tiene poesía, ya tiene religión.

Dios y dioses –o bien ángeles- no han de dejarse en manos de teólogos, de clérigos. Apropiada para lo divino es la pluma de poetas, también cuando esa pluma lleva punta de filo cortante y lo hiere.

Dios y dioses no pertenecen a este mundo. Nadie los ha visto y, caso de existir, existen improbables, discutibles. De él y de ellos se ha discutido mucho en prosa; se ha argumentado prosaicamente a favor suyo y también, no menos, en su contra. Por su parte, los poetas no se han callado, aunque no argumentando. Ellos no discuten, solo expresan, se expresan; y a veces se pronuncian.

Dios cercano o lejano, amigo, padre o monstruo, existente o fantasmal,  poéticamente desconocido, invocado o evocado, cuestionado, rechazado. Dios que no parece escuchar. Y debiera. Y no solo escuchar, también responder. Debiera responder y no responde del escándalo de una creación chapucera, cruel a veces, donde son torturados los niños, los inocentes. Él no se hace oir.

Este libro se acoge al género de la meditación: un meditar no teológico y no prosaico sobre los sueños religiosos de los humanos. ¿Sin prosaísmo? A eso aspira; y para ello se aúpa a hombros –o se mantiene a flote- sobre piezas poemáticas no armónicas: algunas devotas, otras blasfemas, todas apasionadas. En plegaria o en imprecación muchas de ellas se dirigen a un dios que pueda oír. Otras le ignoran, pasan de él.

No es un libro de autor. Los nombres a pie de página dan cuenta de los verdaderos autores del libro, que, al igual que el de los Salmos, no es de una sola mano, ni corresponde a un solo estado de ánimo. Sobresalen con reiteración algunos nombres: Machado, Nietzsche, Unamuno… También algunas obras: el Libro de Job, El libro de horas de Rilke, Dios deseante y deseado de Juan Ramón.

Es un libro en collage, un mosaico. Está tramado con teselas de materiales de procedencia dispar: religiosidad profunda, agnosticismo, ateísmo, misticismo; poetas que no creen en dios alguno, pero querrían que lo hubiera, que existiera, y de otros que, caso de existir, de todos modos le recusarían.

¿Meditación no teológica? Según se entienda. Puede tomarse como teología mítica o poética, la que así denominaron  el griego Panecio y el latino Varrón para referirse a la fabulada en los relatos de poetas. Puede leerse en complemento a las Historias del Dios, asimismo encuadrable en una teología narrativa, mítica, una mitoteología.

Meditación, desde luego, y no en último lugar, sobre el corazón humano y su deseo, sobre la fragilidad y fugacidad de la vida, sobre su término en la muerte, sin desdeñar la pregunta o inquietud: ¿con algún más allá, algún modo de precaria sobrevida, tal vez impersonal? Los poetas convocados no dictaminan nunca; solamente se expresan, evocan, esperan o desesperan, se maravillan o se quejan, se interrogan y alguna vez interrogan a un cielo amenazante o protector.

Índice

Cazador detrás de las nubes
Qué es el hombre para que le hagas tanto caso
¡Ay mísero de mí, y ay, infelice!
Perezca el día que me vio nacer
He hablado a la ligera
Lejos de mí, malditos
Creo en un Dios cruel
Padre nuestro que estás en los cielos
Yo soy su Padre
La virtud que más me gusta
Padre nuestro …¡por qué te has olvidado de mí!
Dios mío ¿por qué me has abandonado?
Dime, Padre común, pues eres justo
Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería
Requiem aeternam
No moriré del todo
Nosotros queremos solo
Sálvame Señor, dame la muerte
Dale, Señor, a cada cual su propia muerte
Zeus y demás dioses, concededme
Qué alegría más alta
En el nombre de Alá
Con el ojo del corazón
Palabra sobrecargada, herida
Señor, no estás conmigo
Quien habla solo
¿Quién, si yo gritara, me oiría?
Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte
¿A dónde te escondiste?
Si otros no buscan a Dios
Dios fugitivo
Sólo está el hombre
Creo en los dioses menores
Ciertamente los dioses viven todavía
Hoy la tierra y los cielos me sonríen.
No creo en Dios porque nunca lo he visto.
Sé que no existes, Dios
Anoche cuando dormía
Todo es verdad porque alguien lo ha soñado
El venir es un dios, mi Dios
Yo te llamé, grité, lloré afligido

La misma idea que rige la colección de textos poéticos de A un dios que pueda oír se recoge en breve prosa en la página que sigue, publicada en una obra colectiva coordinada por Diego Bermejo. ¿Dios a la vista? Madrid: Dykinson, 2013.

Probablemente

Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida (un autobús).

Probablemente Dios no existe para quienes no le buscan. Sólo le encuentra quien le busca, aunque sólo le busca el que ya le ha encontrado (Pascal).

No está probado que haya Dios. ¿Y si lo hubiera? Por si acaso, en la ruleta de las probabilidades, el juego de tu vida, vale más apostar por su existencia (Pascal).

Sólo probable y no probado es Dios. Nada digno de probarse puede ser probado, ni “desprobado” (Tennyson, Unamuno).

Aunque sólo probable y no probado es Dios, a los más jóvenes no les vas a instruir en perplejidades tuyas, tan sólo en certidumbres (San Manuel Bueno).

No hay Dios, en absoluto. Si lo hubiera, no permitiría que personas vivas fueran arrojadas a hornos crematorios (Rutka Laskier, judía, 14 años, muerta en Auschwitz).

No hay Dios, estoy seguro. Desde luego, no lo hay, no está presente cuando más falta hace. No lo había, no estaba, doy fe, en Stalingrado (un soldado alemán en carta a su padre desde el frente).

Probablemente Dios no existe. Es su única excusa (Stendhal) por no haber estado en Auschwitz, en Stalingrado, en el Gulag, en el Congo de Leopoldo II, en la Camboya de Pol Pot, en Africa Central ayer y ahora, en Hiroshima, en la peste negra de 1347, en el maremoto de Lisboa de 1755, en el tsunami del Pacífico de 2004, en el terremoto de Haití en 2010, en ninguna pandemia, hambruna, erupción de volcán o temblor de tierra.

Seguramente Dios existe; y, si no existiera, habría que inventarlo. La simple idea y palabra “Dios” ennoblece al hombre. Pero toda su creación no vale las lágrimas de un niño  (Iván Karamazov).

Probablemente Dios no existe: no hay constancia y ni siquiera indicios de ello. Y de un profeta suyo, Jesús de nombre, tampoco hay noticias ciertas: que existió, murió crucificado, y poco más (Reimarus, Renan, Schweitzer, historiadores).

No es más probable el Dios de Jesús que el de otros deístas y monoteístas, filósofos o físicos (Newton, Kant, Schleiermacher, Buber).

Probablemente Dios es lo mismo que Naturaleza (Spinoza), que Yo (Silesius), que la honda base del ser (Tillich) o que Nada (Eckhart).

Probablemente Dios es un juego de espejos que refleja imágenes humanas y deseos no cumplidos (Feuerbach), un estuche vacío que contiene lo que a cada cual le complace colocar en él, la dicha, el instante feliz (Gide).

Quien habla a solas espera hablar a Dios, acaso, un día (Machado).

La he visto y me ha mirado. ¡Hoy creo en Dios! (Bécquer). Tal vez existe Dios a ratos.

¿Existe Dios? No hay que atormentarse por ello la cabeza. Es asunto por encima de nuestras facultades, capaces nada más de imaginar seres reales en las tres dimensiones del espacio (Iván Karamazov).

No hay Dios, probablemente. ¿Importa mucho acaso? Es importante no confundir la cicuta con el perejil. Pero creer o no creer en Dios no es importante en absoluto (Diderot). Aunque hubiera Dios, eso no cambiaría nada (Sartre).

No hay Dios, probablemente. ¿O sí lo hay? En cualquier caso, no hemos de pelearnos por afirmarlo o negarlo (un postmoderno civilizado).

Quizá no hay Dios aún. Y, sin embargo, lo habrá. Está todavía por llegar, por venir, por ser. Él es el venidero (Rilke, Juan Ramón Jiménez, Teilhard, Moltmann).

No hay Dios alguno a la vista; ni está ni se le espera (un crítico de Kepel y desengañado de Ortega).

Exista Dios o no, sexo, placer, dolor, muerte, nacimiento, vida, no son asunto suyo, ni de clérigos que abusan de su nombre para imponer sus reglas: son asunto de hombres, de mujeres (una militante de los derechos humanos).

Probablemente no haya otra vida que ésta. Así que deja de preocuparte y disfruta de ella (atribuido a Salomón, libro de Qohelet, Biblia hebrea).

Probablemente no hay más vida que ésta. Vive, aún así, de tal modo que merezcas vivir eternamente (Kant, Unamuno).

Entre los muchos dictámenes sobre Dios, el de que no le hay, acaso erróneo, es menos inexacto que cualquier creencia en cualquier clase de Dios –Yahvé, Elohim, Alá-, de dios o diosa.

Probablemente se aproximan mucho más a la verdad quienes matizan sus creencias con adverbios modestos: “tal vez”, “quizá”, “probablemente”, “acaso”  (el abajo firmante).

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[1] Novalis.
[2] Friedrich Hölderlin.