Amor y desamor

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Más que amor o desamor, hay amores y desamores, apegos y desapegos, pasiones adolescentes y afectos sexagenarios, amistades de toda la vida y encuentros febriles sólo de un sábado noche.

El amor en los tiempos románticos

[marzo 2008]

 

La historia de este enamorado, Florentino, comienza como tantas otras. Ha tenido que marchar de la ciudad sin su Fermina amada; y desde lejos le escribe cartas encendidas para mantener en ella la llama del recuerdo y dar pábulo a su propia llama. Al regresar a su ciudad, tras algún tiempo, encuentra a Fermina –que no le ha escrito mucho- matrimoniada con otro en un enlace de conveniencia. Llora Florentino como un niño y le guarda hasta el final de sus días esa clase de devoción y amor sin intimidad física, que han recibido el nombre de platónicos. Entretanto, se consuela con efímeros amores –le damos igual nombre a sentimientos muy diversos- y contactos físicos de una sola noche, que va computando en su bloc hasta sumar centenares. Quienes deseen conocer el final de la historia han de ver la película, donde el oscarizado Bardem ejerce de Florentino, o leer a García Márquez en El amor en los tiempos del cólera.

El momento de una epidemia de cólera le sirve a García Márquez para el desenlace del relato. Pero la alusión en título a la epidemia contiene seguramente, por parte suya, un guiño de inteligencia al lector: mira, esto que leerás sucedió en otros tiempos, en los del cólera, los de Maricastaña, y ya no sucede ahora. Amores o, más bien, enamoramientos como el de Florentino ya no se llevan desde hace mucho  tiempo. Son del siglo del romanticismo, el cual, sin embargo, ha moldeado y continúa ilustrando algunos de los más acreditados rasgos del sentimiento amoroso.

El romanticismo cultivó y propagó otros modos de enamoramiento, con y sin sexo, con la común sustancia del amor-pasión, que no siempre, antes al contrario, perduraba tanto como en Florentino, a veces por desesperación suicida del amante, como en Werther, o, más frecuente, por rápido consuelo en otros brazos, una nueva pasión. El personaje romántico –de mito ya o leyenda- más cercano a Florentino es Cyrano de Bergerac, tal como lo viera Rostand y luego en cine lo encarnara Depardieu. El poco agraciado Cyrano ama en silencio con pasión platónica a su joven prima Roxane, que le aprecia, pero que se prenda del apuesto Cristián. Este, sin embargo, casi analfabeto y mudo, de palabra corta y pobre, necesita que Cyrano le dicte cartas y conversación para Roxane, enamorada, pues, del cuerpo de uno y del espíritu –las palabras- de otro. Muere Cristián en batalla; Roxane se retira a un convento y sólo al morir Cyrano llega a conocer el silenciado amor de éste.

En pleno siglo romántico, aunque en clave realista, Flaubert acoge el tema del amor eterno a la vez que –o quizá porque- platónico, para darle otra salida, otro desenlace, que prefigura ya cómo dejar de ser románticos. Lo aborda en La educación sentimental, novela que luego describió como crónica moral de su propia generación, y donde se sabe que en transposición literaria alude a su frustrado amor por Elisa Foucault. Ahora el enamorado se llama Fréderic y ella es nombrada casi siempre por el apellido de casada, Madame Arnoux, que le acepta como amigo, mas no amante. El amor de Fréderic permanecerá de por vida: leal y platónico, devoto de la Arnoux, mas sin obtener de ella más contrapartida que amistad. Hacia el final de la historia, Madame Arnoux, que ahora vive en otra ciudad con su tedioso marido, le hace a Fréderic una visita en París y se le ofrece. Es ella quien recuerda con melancolía los años del afecto: “Podremos decir que nos hemos querido mucho”. Pero él rehúsa a sabiendas de que no la va a ver más, de que es la única y última ocasión. Le retrae, primero, un terror moralista de ahora mismo, como si fuera a cometer incesto: ella ha sido amada como amiga hermana; y no va a violar ahora ese tabú. Y luego le asalta un temor realista de futuro: el de iniciar con ella una relación sexual que a la larga será hastío y enturbiará la memoria de los bellos años de amistad.

Fermina, Arnoux, Roxane, Cyrano, Florentino, Fréderic: ninguno de ellos, de ellas, ama de la misma forma; media docena de diferentes modos, aún sin salir de lo romántico y platónico, de haber amado y dilatado el amor hasta abarcar todo el tiempo de la vida. No estamos ya en los años del cólera o del romanticismo. Y, aún así, seguir el hilo de sus imaginarias vidas, aprender en cabeza ajena o, más bien, en el corazón de otros, seres de ficción, contribuye a nuestra propia educación sentimental en estos tiempos postmodernos.


El encuentro en los tiempos postmodernos

[mayo 2008]

 

Asuntos privados en lugares públicos ha sido el rebuscado título castellano para el último film de Alain Resnais: Coeurs en francés, o sea, Corazones. Más que argumento, tiene asunto el film: fragmentos de historia de unos corazones solitarios, de sus encuentros y desencuentros en una edad postromántica, cuando al amor-pasión, llamarada fugaz o duradera brasa incandescente, le ha sucedido una ancha gama de sentimientos, afectos, complicidades, convivencias, eros, sexo, de baja intensidad y duración variable.

Hay en Coeurs tres mujeres y tres hombres en dispar agrupación: una pareja sentimental en el extremo insostenible de su posibilidad de convivir; una joven soltera con su hermano bastante mayor; un camarero en bar de lujo, que vivió enamorado y que ahora escucha confidencias de bebedores noctívagos; una oficinista piadosa, a la vez que samaritana del amor. No se conocen todos entre sí; pero cada uno de ellos tiene vínculos o encuentros con uno o más de los otros cinco. Con alguna excepción, a sus lazos o entrecruzamientos, que Resnais narra sin conducir a desenlace, sin decir cómo termina cada historia, no cabe llamarles amor, aunque tampoco sexo, poco explícito en el film. Son sólo encuentros precarios por tiempo limitado: remedios contra la incomunicación, defensas frente a la soledad. En una ciudad con millones de habitantes puedes sentirte solo; y solos están los seis personajes, todos en movimiento, siempre en busca de compañía, también mediante anuncio en prensa.

Los encuentros en la gran ciudad de innumerables solitarios acontecen por la gracia de dioses benévolos del instante. Si éstos faltan, se produce el desencuentro o la incomprensión. En las parejas, cada cual ignora casi todo de la vida del otro. Entre los sexos, el varón tiende a interpretar como pasión de mujer lo que para ella es sólo caridad cristiana –así en Coeurs– o sincero afecto de compañerismo amable. Y si uno pierde a otro por algún equívoco, queda perdido para siempre a falta de saber dónde hallarle en la ciudad hormiguero.

Las historias de Coeurs reflejan los azares de la existencia, la mudanza en los sentimientos, la fragilidad de los encuentros, tan precarios y, sin embargo, tan hermosos, preciosos, necesarios. Resnais se ciñe, sin halo idealizador alguno, a unos fragmentos inconclusos de vida cotidiana urbana, tal como cualquier hombre o mujer puede vivir ahora mismo en el listón mínimo de la amistad o del amor: defenderse de la soledad en la comunicación con un semejante.

El encuentro y alivio de soledades, según las capta Coeurs, se deja comentar con Rilke en sus Cartas a un joven poeta, escritas en el primer decenio del pasado siglo. Fiel todavía al ideal decimonónico romántico, Rilke elogia la soledad y convoca a ella: en los asuntos importantes, en lo más hondo, los humanos nos hallamos indeciblemente solos; y en solitario crean belleza el poeta y el artista. Invita, pues, a amar la soledad, por ardua que sea de llevar, y a soportar el dolor que ella ocasiona. ¿Y entonces el amor? Es un “sublime pretexto para madurar”: lo más difícil, lo supremo, la última prueba y examen, que otros actos no hacen sino preparar y bosquejar. Amor y soledad se reconcilian, según Rilke, en un amor consistente en que “dos soledades mutuamente se protejan, se limiten y se reverencien”.

Las parejas y los “singles” -los desparejados- de Coeurs, cada cual a su modo, se protegen y se limitan recíprocamente. No siempre se reverencian, aunque casi todos se respetan. ¿Llegan a amarse? Para ellos vale el análisis retrospectivo con que el primer autor de unas Confesiones reconocía que, de joven, no tanto amaba cuanto “amaba amar”. En sus gestos de aproximación, ingenuos casi siempre, a veces rematadamente torpes, mas no por ello indignos, tratan de amortiguar la incomunicación a que condena el anonimato de la gran ciudad y una soledad no deseada, sino impuesta por desencuentros y desamores anteriores. Se esfuerzan tenazmente por articular eslabones de efímeros encuentros que tal vez se dilaten en amor o que, al menos, lleguen a ocupar el tiempo del vivir. Al seguir el hilo entrecortado, cabos sueltos, de unos breves segmentos en sus vidas, apenas imaginarias, bien reales, podemos aprender en el corazón de otros, no tanto entes de ficción, cuanto vecinas o vecinos nuestros, compañeros de trabajo, conocidos o, más bien, desconocidos nuestros, incluido, casi seguro, ese otro desconocido que nosotros mismos somos.


Después del Edipo

[septiembre 2006]

 

Por comparación con el pensamiento y la razón, de evidente proyección pública, pasiones y sentimientos han permanecido en el dominio no sólo de lo privado sino de lo reprimido. Apenas han interesado ni a la pública opinión (curiosa de chismes, no del corazón), ni a los filósofos (con las excepciones contadas de Pascal, Spinoza y algún otro), ni a los propios psicólogos, mayormente conductistas o de orientación cognitiva. Sentimientos y pasiones, se supone, son asunto de poetas líricos, y casi todo tiempo ha sido malo para la lírica. Apenas se ha reconocido la razón de las pasiones, las razones que asisten a la pasión. Encima de eso se presume que no somos sentimentalmente educables. Mientras la sociedad no se ha fiado de la naturaleza o de la espontaneidad para asegurar la adquisición de los conocimientos, confía en cambio el desarrollo de los sentimientos al azar vital y a la intuición espontánea. En materia de pasiones y emociones no parece haber otro saber transmisible que el “aterriza como puedas”. Allá se las arregle cada cual. Para ellas no se educa, no se da otra educación que la vida, la experiencia del vivir, o, más bien, los tropiezos de la vida, si es verdad -Wilde lo dijo- que otorgamos el nombre de experiencia a nuestros pretéritos errores.

La mitología griega había desplegado para las pasiones humanas el horizonte de ejemplaridad de los relatos sobre dioses y héroes, relatos de implícito designio moral y educativo. Para gran contrariedad de Platón, la “paideia”, la ética y la educación griegas se guiaban por los mitos homéricos como narraciones arquetípicas y ejemplarizadoras de la “areté”, de la virtud que es excelencia (diríamos ahora: calidad) en la vida y en la acción. La pluralidad de mitos griegos se correspondía con la pluralidad de los modos de excelencia, de los itinerarios sentimentales, de pasión, y de los correspondientes cursos de conducta.

Vino luego el cristianismo de clérigos y monjes; y arrasó mitos y modelos paganos para el sentimiento. Reemplazó los mitos por historias bíblicas y vidas de santos poco apasionantes, nada pasionalees. Sentimientos y pasiones fueron objeto de un vilipendio metódico en beneficio de una moral ascética y adusta. Contribuyó así el cristianismo, con suprema eficacia, a la desertización sentimental de Occidente, una desertización sólo esporádicamente contrarrestada por intermitentes brotes de un romanticismo perenne, anterior al siglo XIX y pertinaz rival de las clerecías sin corazón. Lo peculiar en la cultura resultante, yerma de pasiones y emociones, no es que éstas sean privadas (lo son siempre), sino que no reciban reconocimiento social y que, en consecuencia, su expresión quede sujeta a severas reglas de pudor. Justo por eso publicar las pasiones tiene su morbo y su negocio en la prensa y en la televisión rosáceas.

Tras la depuración clerical sólo la poesía y la canción lírica han dado expresión pública digna a las pasiones. En cuanto a instituciones y doctrinas con alguna intención moralizadora o educativa, únicamente el psicoanálisis ha atendido a ellas, a impulsos y deseos, y los ha reconocido como caldo de cultivo de la madurez personal. Freud rescató precisamente un mito griego, el de Edipo, y le dijo al hombre (a la mujer no está claro qué le dijo) algo de este género: “Esa es tu historia. O más bien, procura que no sea tu historia, pues vas mal por ahí. La leyenda de Edipo es la crónica sentimental de la humanidad. En ella has de aprender en cabeza ajena. Se comprende que mamá haya sido tu temprano amor único, pero te está vedada. Es justo la mujer imposible para ti. Aunque de niño la tuviste, ahora es ya irrecuperable. Entérate bien de eso. Olvídala y búscate otra para ocupar su lugar”.

Y ahora, en este punto, el pensamiento se bifurca …

Madre no hay más que una, y quien la sustituya sólo será una, única. Pero Freud deja en gran oscuridad lo que sucede con aquella que ocupa su lugar. Los hombres nos quedamos sin saber qué ocurre cuando uno ha conseguido apartarse del fatídico camino de Edipo y ha seguido las indicaciones de Freud. Las mujeres se quedan sin saber nada desde el principio. No hay hasta ahora en el psicoanálisis explicación convincente de la evolución libidinal y pasional de la mujer: del complejo de Electra apenas habló Freud.

La leyenda que completa a la de Edipo para el caso de haber conseguido escapar al destino edípico es la de Tristán. No sin razón ha visto en ella Rougemont el mito fundacional del amor apasionado en Europa. Sus infelices amores con la rubia Isolda, prometida y luego esposa del rey, eran el único mito sentimental que la cristiandad del siglo XII podía soportar. La pasión se desata a consecuencia de un bebedizo administrado por error. Tristán se debate entre su pasión y la lealtad al rey. La convivencia con Isolda sólo tiene lugar en el bosque, fuera de la civilización. Tristán desposa a otra mujer del mismo nombre, Isolda la blanca, a la que dejará virgen. La historia termina con la muerte de los amantes. Al menos el origen y el desenlace no cuestionaban la moral eclesiástica. Pero incluso una historia así marcada por los hados era de difícil deglución en aquel siglo.

Puede que Edipo y Tristán sean un solo y mismo mito moralizador y disuasorio, en el cual Yocasta e Isolda valen por una misma y sola mujer, la mujer no permitida. Los elementos esenciales son idénticos en ambos, a saber, la mujer única pero no permitida o inaccesible, el choque de los sentimientos privados con los deberes públicos, el destino fatídico de la pasión y su nexo con la muerte. Así que ahí nos quedamos: sin otro mito que el de Edipo o el de Tristán, que viene a ser lo mismo. El destino trágico de estas figuras enseña a los hombres (quizá también a las mujeres) por qué o cómo morir en aras y en purgación de las pasiones, o acaso cómo inmolar pasiones y sentimientos en el sagrado altar de la moral. Pero no enseña cómo vivir y qué hacer con éstos. Byron lo sentenció cínicamente: «Es más fácil morir por la mujer amada que vivir con ella». Aplicado al tema y formulado con otra clase de amargura: es más fácil ahogar los sentimientos, las pasiones, que vivir con ellos.

¿Cómo manejar la alegría, la pasión, la melancolía, el dolor,  el desamor, la insatisfacción, la frustración, la soledad, la compañía deseada o la indeseada? No hemos sido enseñados para nada de eso. Cada cual ha de aprenderlo por sí solo; y lo que hay por aprender, en cabeza ajena o propia, se adquiere con frecuencia, de Esquilo a Shakespeare, bajo circunstancias de tragedia.

La educación sentimental necesita relatos menos trágicos, Ulises, por ejemplo, que no se limiten a señalar dónde están los precipicios hacia la autodestrucción y que orienten sobre cómo vivir tras evitarlos. La cuestión educativa es si cabe ayudar a los niños y niñas a no quedarse en perpetuos Edipos, o respectivamente, Electras, en inmovilizadora fijación del desarrollo sentimental; y si cabe, después de esto, hacerles capaces de otro destino que el de Tristán e Isolda.

Pero incluso los mitos trágicos de la pasión, aunque no siempre educativos, sí, al menos, resultan clarificadores y, por eso, instructivos. Desde posiciones un tanto conservadoras, Denis de Rougemont lamenta lo mal ordenado que está el amor en Occidente, cuando su mito fundador, el de Tristán, es el de una pasión adúltera, prohibida y, por ello, desgraciada. En su interpretación olvida que Tristán e Isolda se aman antes de que ésta llegue a ser la esposa del rey. Pero, incluso al margen de detalle tan decisivo, de los mitos del amor socialmente vedado y desgraciado cabe extraer una conclusión de signo opuesto. Mal orden social es aquél donde Tristán e Isolda se ven condenados a la clandestina ocultación del bosque y a la desgracia.

Saber esto nos llega seguramente un poco tarde para nuestra propia educación; pero al menos trae alguna luz sobre los fantasmas que, más que sólo acecharnos desde fuera, anidan dentro de nosotros, nos habitan.<(p>

La historia de Edipo termina o debe terminar hacia los cinco años para que todo vaya bien. Cuando va mal o se prolonga por mucho más tiempo, puede llegar a pudrirse y llevar a la tragedia, como en el mito original. Pero ¿no cabe contemplar otra salida?

Es comprensible que Freud, gran edípico, como Proust y Kafka, haya visto en Edipo su propia historia sentimental, que era también la de muchos hombres de su generación. Pero no es una historia necesaria. Ni suficiente tampoco: de todos modos, la vida continúa después de ella. Ni políticamente inocente: Deleuze y Guattari han desvelado el conservador familiarismo de la visión psicoanalítica del complejo edípico que lo reduce todo a un culebrón de alcoba y donde el seudo-profundo comentario sobre los vagidos de “¡mamá, papá!” dulcifica y oculta la feroz realidad de la represión social de los cuerpos.

Había otros mitos griegos, otras leyendas para la pasión, donde Freud pudo haber elegido para dar su versión de lo que ocurre o es preferible que ocurra cuando se ha dejado de suspirar por mamá. Aun limitándose a los mitos masculinos, pudo haberse fijado, por ejemplo, en el de Ulises, mucho más rico y aleccionador que el de Edipo para la vida adulta. Pues a lo largo de la vida no hay un solo precipicio, el de la recaída en el seno de la madre, sino muchos. Y la sabiduría y la madurez consisten en identificarlos sin dejarse caer por su pendiente vertiginosa. La leyenda de Ulises al menos no se limita a señalar dónde están los precipicios hacia la autodestrucción. Dice cómo proseguir tras evitarlos. Relata un modo de vivir poéticamente descrito por Kavafis: «Si vas a emprender el viaje a Itaca, pide que tu camino sea largo, rico en experiencias, en conocimiento… Llegar allí es tu meta, mas no apresures el viaje».

Los mitos son verdaderos por su concordancia no con la realidad, sino con la posibilidad. No se trata de si Edipo refleja bien la vida de la gran mayoría de los hombres de la era victoriana o de otras épocas históricas puritanas. El asunto está en si hay caminos de vida en vez de o después de Edipo. El ser humano, varón o mujer, es capaz de hacer verdaderas muchas historias que han sido imaginadas y descritas, pero apenas realizadas aún. Es capaz de ser Ulises y de ser Diana, tanto como de ser Edipo o Electra.

Un desafío moral y no sólo educativo de nuestro tiempo está en instruir a los niños y niñas (y a los no tan niños) para que no se queden en Edipos o, respectivamente, Electras. Es enseñarles no ya cómo inmolar las pasiones o purgarlas, sino cómo vivir y qué hacer con ellas. Cómo manejar la alegría, el placer, la melancolía, el dolor, el desamor, la insatisfacción, la frustración, la compañía y la soledad, el fracaso y el logro, el conflicto, el peligro, la sorpresa y la rutina, las emociones y el tedio. Es además hacerles comprender qué significan las Itacas y otros destinos humanos quizá no paradisíacos, pero tampoco siempre trágicos. Es, y no en fin, sino desde el principio, entregarles la experiencia histórica de que el destino no está prescrito y/o escrito. Aun después de emprendida y en apariencia culminada la aventura de la vida, hay salidas y desenlaces no previstos en la versión canónica del mito.

Dante –y otros tras él (léase a Boitani)- le imprimen un sorprendente giro a Ulises ya en el extremo de la vida. En La divina comedia, Ulises no se jubila. No muere envejecido en Itaca. Ardoroso hasta el final por hacerse un «experto en el mundo, en los vicios y los valores humanos», se echa otra vez a la mar, proa a Occidente, para perseguir al sol por su camino hacia el mundo inhabitado, más allá de las columnas de Hércules, en navegación audaz a la que arrastra a sus marinos con arenga que les habla de ir «en pos de la virtud y del conocimiento».

El camino de las pasiones y de los sentimientos, el de la vida y el de la sabiduría resulta ser un único camino, así como el único objetivo de una educación digna de tal nombre. Es camino además que puede ser recorrido también en una vida no homérica, sin brillo de heroísmo o de aventura. Desde Joyce cabe imaginar a Ulises en el suelo sin gloria de las calles de Dublín y ver en el mito de Homero una historia, potencialmente universal, de la vida cotidiana.

Referencias

La práctica de una escritura y pensamiento dúplices, en heterología, según aquí se hace a propósito del Edipo, la he expuesto y razonado en Heterodoxia (Valladolid, 2006), Premio de Ensayo 2005 de la Junta de Castilla y León, editado por la propia Junta. He ahí algunas otras referencias para las tesis –y antítesis- de estas reflexiones:

 

Boitani, P. (2001). A la sombra de Ulises. Barcelona: Península.

Deleuze, G. y Guattari. F. (1972-1973). L’Anti-Oedipe. Capitalisme et schizophrénie / El Anti-Edipo. Capitalismo y esquizofrenia. París / Barcelona: Minuit / Barral.

Rougemont, D. (1979). El amor y Occidente. Barcelona: Kairós.


Diosa esquiva Dulcinea

[agosto 2005]

 

En el principio fue Dulcinea. Estaba Ella en lo más alto del cielo de Platón y Ella misma era diosa, era la Idea. No es que, enloquecido ya por los libros de caballería, el hidalgo haya de buscarse una dama. No es que Cervantes primero piense en la locura de un lector maníaco de libros equivocados y luego le asigne un amor platónico. Es que, al igual que la Divina Comedia se debe a Beatriz, el Quijote se debe a Dulcinea, a aquella moza manchega, que ignoró a Alonso Quijano –o a Cervantes-, enfermo ahora de ausencia y de desdén, tanto como para llamarla “bella ingrata” y “amada enemiga” (parte 1ª, capítulo 25).  El Quijote es la elegía del amor no correspondido.

Alonso Quijano –o Cervantes- la ha visto a Ella una vez o dos, no más, en El Toboso o donde haya sido, en algún lugar del que no quiere ya acordarse. La ha visto o entrevisto adolescente, en la edad de las “muchachas en flor”, como Dante a Beatriz, y se ha quedado con su herida, más que su imagen, en el alma. Tan apenas la ha entrevisto y tan borrada tiene su memoria, que no es capaz de dibujarla cuando se lo pide el duque: “más estoy para llorarla que para describirla” (2ª, 32). En el Quijote nunca se deja ver el rostro de Ella. O, al contrario, sí: Ella está en todos los rostros de mujer hermosa que encuentra el caballero. El Quijote está lleno de mujeres bellas. La belleza es ahí, como en Nietzsche, una promesa de felicidad, promesa, sin embargo, que no llega a cumplirse. Y ante todas esas bellas, sean doncellas o no, y hasta si no son bellas, de Maritornes a Altisidora, Don Quijote experimenta el tirón de eros, al que sólo se resiste con el pensamiento de Ella, su sueño y su diosa.

Es Dulcinea, y no la caballería andante, la verdadera religión y credo de Don Quijote. Cuando caído en tierra y derrotado, le amenace la lanza de Sansón Carrasco, renuncia a cabalgar por algún tiempo, pero no a su profesión de fe: “Es la más hermosa mujer del mundo …y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad” (2ª, 64).

Don Quijote dice servir a Dulcinea sin esperar premio alguno; y el bien despierto Sancho no duda en comentarle: “con esa manera de amor he oído yo predicar que se ha de amar a Nuestro Señor” (1ª, 31). Sí, en efecto, es la manera del “No me mueve, mi Dios, para quererte…”. Es Dulcinea, en verdad, la diosa de Don Quijote. Cuando éste dice: “Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser” (1ª, 30), Dulcinea ocupa el lugar del Dios cristiano, del que asegura Pablo: “En Él vivimos, nos movemos y somos”. De ella, en fin, hace una declaración de fe –o de agnosticismo- que sólo corresponde a una divinidad inalcanzable: “Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica” (2ª, 32), diosa tan escondida por tanto, como el Dios de Pascal.

No cabe desconocerlo: del siempre actual Quijote resulta del todo inactual ese amor cortés, caballeresco, platónico y místico, no sólo ajeno a la vida y los usos amorosos de hoy, sino también psicopatológico, neurótico. Pudo haberlo escrito Freud, pero es Marx quien en el tercero de sus Manuscritos, de 1844, dice de forma contundente: “Si amas sin despertar amor, si tu amor no produce amor recíproco, si como hombre amante no te conviertes en hombre amado, tu amor es impotente, una desgracia”.

Pero aun en esto el Quijote permanece actual, no caducado. Para la educación sentimental de cualquier edad la experiencia del amor no correspondido trae consigo una lección, que enuncia Marcela para justificar no haber amado a Ambrosio por mucho que éste le ame: “Todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado a amar a quien le ama” (1ª, 14). Cuando Don Quijote rehúse a Altisidora, que le acosa, dará a entender esa misma razón: el caballero no tiene la culpa de que se enamoren de él (2ª, 57).

Alonso Quijano recupera el juicio cuando se resigna a abandonar no sólo la caballería, sino a la diosa fantaseada. Cuando a punto de morir intenta Sancho por dos veces animarle con el recuerdo de Dulcinea, supuestamente ya desencantada, Alonso Quijano no entra al trapo y continúa dictando sus disposiciones testamentarias (2ª, 75). No sabemos si alegrarnos o entristecernos de ese regreso del hidalgo a la cordura, al realismo resignado. Lo que queda, desde luego, es el placer de haber leído no ya sólo la más inteligente burla de los libros de caballería, sino la más honda elegía por el “tiempo perdido”, no recuperable ya, por los amores no correspondidos y por la diosa –o la felicidad- entrevista una vez, prometedora, y, sin embargo, esquiva siempre.


Desentrañar a Proust

[diciembre 2004]

 

Excedido quizá sólo por Shakespeare, con esta única excepción, cabe considerar a Proust el mejor conocedor del alma -quise decir: conducta- humana. Quien desee saber acerca de ella, hará bien en leer y releer En busca del tiempo perdido. Todo o casi todo lo humano se halla allí, al igual que en Shakespeare. Proust pudo como pocos hacer suya la sentencia latina: “nada de lo humano me es ajeno”; y también aquella otra de Leibniz: “no se me ha escapado casi nada”.

Dos temas mayores habitan la obra de Proust. Uno es el amor: el amor-pasión de los románticos, el descrito antes de él por Stendhal, un amor cuyo distintivo más visible lo constituyen los celos. El otro tema, todavía mayor, más original y menos sesgado en Proust, es el de la memoria: no la memoria operativa o el recuerdo de nombres y cifras, sino la memoria autobiográfica, vital, los recuerdos personales, junto con los sentimientos y emociones que los acompañan. El “tiempo perdido”, irremediablemente pretérito, pasa a ser “recuperado” gracias a un cultivo y un culto de la memoria, que preserva y redime fragmentos del pasado. Toda la obra proustiana trata de eso; pero, si hace falta resaltar algún pasaje, es obligado mencionar el célebre de la magdalena al final del primer capítulo del primero de los libros: Del lado de Swann.

El pasaje del recuerdo de la magdalena que, mojada en té, recibía de niño el narrador alcanza su cima en estas líneas: “Cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más vivos, más frágiles, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el sabor y el olor perduran mucho más; y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y en su impalpable vapor de agua soportan sin doblegarse el edificio enorme del recuerdo”.

Es difícil no acordarse de ese pasaje y de Proust al concederse ahora el Nobel a los biólogos Axel y Buck por haber descifrado el código combinatorio del olor. ¿Han descifrado las claves del olfato y de sus recuerdos? Algunas de ellas sí: los fundamentos genéticos de las mismas. Claves del recuerdo, por otra parte, eran conocidas desde hace tiempo. Empezaron a ser investigadas en los mismos años, hacia 1910, en que escribía Proust el párrafo transcrito. Era un fisiólogo ruso, Pavlov, quien por entonces estudiaba experimentalmente en perros algunos de los mecanismos de las emociones. No era sólo que los perros de Pavlov salivaran en una reacción que desde él se llama “reflejo condicionado”. Es que con sus hallazgos quedaban al descubierto algunas claves del tinte emocional de los recuerdos, el recuerdo, por tanto, de un aroma, sea del té con magdalenas o del chocolate con churros.

Desde su atildado humanismo se permitió escribir Ortega, en 1940: “El hombre es un desconocido y no es en los laboratorios donde se le va a encontrar”. Un juicio así parece postular misterios de mística en el hombre; y presume que a éste sólo se le encuentra de verdad en la poesía, en la filosofía o en una prosa -cuando menos- proustiana. Pues no: al hombre -y a la mujer- se le puede encontrar también en los laboratorios, como cien años de historia, de Pavlov a Axel y Buck, ponen de manifiesto. En Proust, como en Shakespeare o en Cervantes, hay material y tarea de investigación para muchas generaciones de estudiosos dentro y fuera del laboratorio. En ese sentido hay en ellos un “plus” de sustancia respecto a los científicos. No lo hay, en cambio, en el sentido de que dicha sustancia no pueda ser desmenuzada, analizada, contrastada científicamente.

Al ser humano seguramente lo conoció Proust mejor que su coetáneo Pavlov. Si queremos hoy aprender acerca del alma -perdón de nuevo: ¡conducta!- humana, mejor será leerle a aquél que a éste. Pero el camino de un conocimiento sólido viene marcado, pese a Ortega, por aquellos que no se resignaron a ver al ser humano como esencialmente misterioso, antes al contrario, que en el laboratorio o en la calle trataron de desentrañar y descifrar sus claves.