Sobre la vida feliz

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Archidona: Aljibe, 2000

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Dedicatoria

El libro está dedicado…

… a quienes me han querido,
que me dieron su afecto, su amistad,
a quienes debo lo que he sido,
esta vida feliz, afortunada,
de quienes he aprendido,
todos presentes, vivos,
en recuerdo de culto.

Del prólogo

El título proclama una voluntad de enlace con antiguos maestros e inquietudes. Séneca escribió Sobre la felicidad para Galión y el tema venía ya de antes, de la filosofía griega. El asunto corresponde, pues, a una antigua y permanente preocupación humana, merecedora de la reflexión de los filósofos y no propia sólo de los consultorios de radio y de la prensa rosa. La mayor parte de la filosofía ética ha tenido que ver con ello: qué es la vida feliz y cómo lograrla. Sea o no posible una ciencia o al menos un arte de la vida feliz, desde luego no es posible sin dialogar, cotejar, confrontarse con la tradición de pensamiento filosófico sobre la felicidad y sobre la acción afortunada.

En ese diálogo y cotejo entre saberes, y también entre teorías y doctrinas, se sigue aquí un proceder -es, en rigor, y aunque suene un tanto pretencioso, un método- conciliatorio, concordatario, complementarista. Sobre la vida feliz no dicen la filosofía, la literatura y el sentido común lo mismo que la ciencia. Pero es posible -y en eso consiste el programa metódico de ese complementarismo- poner en correspondencia y traer a contraste empírico las posiciones básicas, a veces dispares, de filósofos y escritores sobre la felicidad. Por otro lado, acerca de ésta no enseña lo mismo Séneca que Nietzsche; ni sobre el trastorno psicológico coincide Freud con Skinner. Pero hay tiempos y espacios de polémica o de crítica, y los hay de conciliación, de concierto, aunque sea en contrapunto a varias voces. Algún filósofo, el mismo que juzgó errado todo el pensamiento occidental desde Platón ha escrito, por otra parte, que “todo polemizar es necio”. Acertó Martin Heidegger más en esto que en aquello. Es osado, acaso necio, imputar errores persistentes a toda la raza humana, errores de los que uno presume encima hallarse libre. Es más prudente, acaso pusilánime, asumir que la sabiduría tradicional sobre la vida feliz no anduvo errada. Pusilanimidad o prudencia, a ella se atiene un proceder, un método, que trata de conciliar aquella sabiduría antigua y esta ciencia reciente, de complementar una con otra.

Complementar y conciliar no es lo mismo que integrar, sintetizar, mucho menos fundir teorías o doctrinas rivales que tanto en la tradición como en la ciencia actual compiten en antagónicas versiones de la felicidad y de la acción a ella conducente. Respecto a las tesis antagónicas complementarismo conciliatorio o concordatario no equivale a pastiche de eclecticismo o sincretismo, ni tampoco a síntesis o integración sólo retórica. Es proceder riguroso en el análisis y discernimiento de niveles de teoría y de investigación, descubriendo planos y elementos de concordia por debajo o por encima de los niveles de querella -que también tienen su lugar y su momento- entre los investigadores.

El espacio de estas páginas no se consume en querella o polémica alguna, excepto para marcar desde el principio una decisiva línea de fractura. La polémica esencial, insoslayable, y por tanto la principal beligerancia crítica, es contra todos aquellos que han contribuido en el pasado o contribuyen ahora a la infelicidad humana. Ahí se traza una divisoria innegociable en la historia y en el presente: escribir sobre la vida feliz es hacer causa contra todos aquellos que la tornan imposible. Con ellos no hay conciliación o tolerancia. La opción práctica por la vida feliz y la correspondiente afirmación teórica se asume aquí a manera de axioma no sujeto a discusión: aserto indemostrable, al modo de los axiomas, pero tampoco necesitado de demostración en el uso de la razón práctica.

Hay algunas otras líneas divisorias. Se está a favor de la razón en el logro de la felicidad, y en contra de la superstición y de la magia, bien entendido, por otro lado, que hay modos varios de razón, de discurso y estudio racional. Se milita a favor del ser humano, del lado de quienes profesan afecto a la humanidad y creen que en ella hay más cosas dignas de admiración que de desprecio. Y, en fin, se está no en contra, pero sí frente a quienes, desde un sentimiento, ya trágico, ya plañidero, de la vida, creen que vivimos en un mundo donde la dicha es imposible de todo punto. En respetuoso pero explícito disenso frente a esa tesis -intelectualmente prestigiada y nada fácil de refutar, por cierto- se da aquí una toma de partido, una apuesta decidida por la posición contraria. Se presentan alegaciones en pro de la esperanza en la posibilidad de ser feliz. Se desarrolla una defensa de la felicidad y también del placer frente a los jeremías y a los malhumorados que los denigran como si dañaran a la dignidad y a la moral del ser humano.

La metódica puesta en correspondencia de ciencia empírica, psicología, y de filosofía -y poesía, y literatura, y testimonios de quienes al parecer supieron vivir dichosos- da como resultado un texto con los rasgos del género ensayo -un género esponja, capaz de absorberlo todo-, que no mera divulgación o confusa miscelánea. Es verdad que resulta también alguna mezcla de dispares sustancias: de ciencia sólida y de opiniones discutibles, incluidas las de filósofos acreedores a la más atenta escucha. Hay muchos afluentes al caudal del conocimiento de la vida feliz y no todos son de ciencia. Sin embargo, no se puede estar advirtiendo a cada paso acerca del grado de certeza y solidez de las propuestas, de las proposiciones; y al lector, por otro lado, hay que suponerle mayoría de edad y de juicio para discernir por sí mismo. Ahora bien, y en conjunto, el análisis resultante de la vida feliz, ¿es genuina ciencia? Lo es, sin duda, en la acepción más amplia de la ciencia como saber, como conocimiento, aunque  no siempre, en cada párrafo, en el sentido restrictivo que manejan los científicos.


A quien acceda al libro por el interés profano y humanísimo de la felicidad he querido darle claves y asideros para un conocimiento disciplinado y sólido, fruto de investigación y ciencia empírica, de la psicología sobre todo. A quien acceda por el interés en una psicología de la salud y del trastorno mental me he propuesto ofrecerle otras claves, otras pistas, en particular, la de que, en cuanto ciencia humana y, como no podría ser menos, humanitaria, la psicología está llamada a contribuir a la que Félix Grande ha calificado de “rara ciencia de mirar con piedad la angustia de los seres humanos”.

El libro, en fin, no es ajeno a un propósito educativo, de educación sentimental. Pretende no sólo analizar algunos mecanismos de la vida feliz, sino también educar en los sentimientos que contribuyen a ella. Pero educar no es instruir; y, desde luego, no es suministrar recetas. En vano se buscarán instrucciones a continuación sobre “cómo ser feliz y no morir en el intento”. Quien vaya en busca de eso, de un recetario, mejor que abandone ya, que deje de leer. Lo que sí se espera es que algún que otro lector salga transformado de su lectura como de un libro de iniciación: que al concluir de leer sea otro, otra identidad, un alter ego más maduro. Esa sería su mejor justificación como libro. Junto con lectores en busca de su libro hay libros en busca de su lector. Es su feliz encuentro lo que justifica tanto el escribir como el leer.

Demasiados propósitos, y tan ambiciosos, para un libro. La disculpa -si es que la tiene- de su ambición está en el largo impulso de años que han estado imantando hasta su término la tarea de escribirlo. Pero impulsos y energías no siempre son certeros. El proyecto quizá se plasma en realización desafortunada, malograda, en libro desdichado sobre la vida dichosa. Para ese caso, si es el caso, o cuando le ronde al lector esa sospecha, hay que remitir directamente ya a las últimas páginas, al apartado de lecturas para reflexión, estudio y discusión, que se proponen al final. Con ellas, desde luego, no habrá perdido su tiempo.

VII. SALUD MENTAL Y MADUREZ PERSONAL

 

Hay vidas desdichadas que pudieron haber sido dichosas; hay sufrimiento psíquico, moral, no imputable a infortunio exterior. No siempre ni en todo las circunstancias objetivas son las determinantes de la dicha y la desdicha. Cómo y por qué, bajo condiciones de vida objetivamente semejantes, algunas personas viven felices y otras no, pide esclarecimiento en análisis de psicología o acaso de psicopatología. No hay que sorprenderse de esta última mención. No es sospechar trastorno psicológico en toda suerte de infelicidad. Sólo es que, fuera de circunstancias en extremo adversas, resulta difícil considerar psicológicamente sana y equilibrada a una persona crónicamente desdichada.

De otra parte, no parece posible caracterizar el trastorno psicológico sin mencionar la infelicidad o la ausencia de bienestar subjetivo en la persona. Así que la vida dichosa o, al contrario, desdichada hace pensar en factores y procesos relacionados con la buena “salud psíquica”, con una personalidad psíquicamente saludable y, respectivamente, en el otro extremo, con la alteración o trastorno psicopatológico. Y también, desde el otro cabo del análisis: el sufrimiento psíquico, moral, constituye el foco de atención de cualquier psicoterapia.

Así que, en suma, en lo que depende de la propia persona, y no de la fortuna o infortunio, una vida feliz coincide mucho con la salud mental, con la madurez e integridad personal; y el estudio de la experiencia satisfactoria de la vida conduce con toda naturalidad al estudio de la salud y la madurez psíquicas.

7.1. Salud y trastorno psicológico

Hablar de salud mental y de personalidad sana se presta a equívocos. Calificar de “mental” a alguna de sus facetas resulta redundante si la salud se entiende según el concepto integral, y no sólo orgánico, preconizado por la OMS: como “estado de completo bienestar físico, mental y social de la persona y no mera ausencia de enfermedad”. Ahí se abarca todo; y desde un concepto así no haría falta -es redundante- hablar de salud mental como elemento aparte respecto a la salud en su integridad. Por otro lado, un bienestar tan completo parece pertenecer al orden sólo conceptual de los ideales o ideas directrices y no al orden empírico de los hechos, de las realidades tangibles. ¿Quién goza de tan completo bien? El mérito mayor de una caracterización así, de todos modos, radica en destacar que el bienestar y su mayor o menor plenitud resulta de la integración de sus distintos  componentes. Desde luego, el contenido psíquico o mental no es disociable de las circunstancias físicas y sociales.

La expresión “salud mental”, por otro lado, no presupone un enfoque dualista de “soma” y “psiqué”, de cuerpo y mente. Los adjetivos de mental, psíquico o psicológico no dicen otra cosa que “comportamental”. Trastorno psicológico es trastorno del comportamiento en el más amplio sentido: también, en su caso, alteración en la percepción, en la experiencia, en la emoción. La cualidad de “mental” no ha de entenderse derivada de concepciones dualistas sobre alma (o mente) y cuerpo, y de la asignación a una u otro de la salud o de su ausencia. A este respecto incluso resulta inapropiado un enfoque “psico-somático” con énfasis en la interacción entre organismo (“soma”) y alma (“psiqué”), pero como entre realidades supuestamente distintas. En castellano, no en otros idiomas, cabe jugar con la afinidad gramatical de “mental” y “comportamental” para forjar y proponer una expresión, la de “salud (comporta)mental”. El oportuno paréntesis complementador, posible en castellano, contribuye a hacer ver que la salud mental es salud del organismo, sí, pero no en tal o cual órgano o sistema fisiológico, sino en el sistema funcional de sus comportamientos, experiencias y acciones.


Al hablar de salud mental, en fin, no se presume en el polo opuesto algún género de “enfermedad mental”. Esta vieja calificación de ciertos trastornos graves de conducta es hoy repudiada, y con razón, por todos los psicólogos y por muchos psiquiatras. Las enfermedades mentales, ha escrito Szasz (1961), ni son enfermedades, ni tampoco son mentales. La Asociación Americana de Psiquiatría utiliza el término “disease”, que es dolencia o afección, más que enfermedad; y en castellano suele hablarse de alteración, de trastorno o desorden, términos preferibles al de enfermedad, aunque tampoco por entero satisfactorios. El caso es que no se dispone de otro léxico mejor para recambio. La contraposición entre “normalidad” y “anomalía”, en materia de comportamiento, recibe denominaciones varias, pero ninguna satisfactoria e irreprochable: conducta (in)adaptada, (dis)funcional, (des)ajustada o desviada. Son expresiones, todas ellas, que, no menos que la referencia a la salud mental o a heridas y daños psicológicos, también encierran metáforas más o menos certeras, analogías pertinentes a unas normas, patrones, ajustes o vías de marcado contenido ideológico y de difícil legitimación en ciencia. El léxico en esta materia se presenta, en suma, cargado de connotaciones de ideología y de analogías, unas preferibles a otras, pero todas con riesgo de mala comprensión, de equívoco. Cualquiera que sea, pues, el vocabulario adoptado, la claridad y objetividad del análisis quedan comprometidas si el lenguaje se deja atrapar por la seducción de una interpretación literal de la metáfora escogida.

La desviación, alteración o trastorno comportamental representa el extremo indeseable frente al cual se comprende mejor la gama media de una dimensión o espacio donde se mueve habitualmente la vida humana: el de los problemas, conflictos, adversidades y yerros, que ponen en peligro la existencia feliz. Seguramente existe continuidad entre la franja media y el extremo. Hay, sin duda, una “psicopatología de la vida cotidiana”, que consta no sólo de actos fallidos, como resaltó Freud, sino también de incomunicación, de sufrimiento psíquico evitable, de miedos irracionales y de conflictos que bloquean, una “psicopatología” -si se la llama así- que está hecha de la misma o parecida sustancia que los cuadros psiquiátricos graves. Es en esa zona templada de la vida ordinaria de la mayoría de los hombres, y no o no sólo en sus márgenes clínicos, en los casos ya extremos de tratamiento y de consultorio psicológico, donde se juega -y donde hay que analizar- las cualidades de experiencia y de conducta en una vida feliz o, por el contrario, desdichada, y del acierto o la torpeza de la persona para gestionar su propia vida. A veces, sin embargo, el peligro de infelicidad se agudiza y no sólo por el lado de las circunstancias objetivas, sino también o ante todo por el lado del sujeto, cuando la conducta, la vida, la persona se altera, se trastorna; entonces sí que se entra de lleno en el dominio de lo psicopatológico.

Los datos etnográficos y de antropología cultural ponen de manifiesto que otras culturas, otros pueblos, conocen categorías semejantes a la de trastorno mental o comportamental. En cada sociedad, sin duda, los modos concretos del trastorno se hallan socialmente troquelados. No hay nada de singular en ello: el molde social afecta a todas las facetas del comportamiento, también a los patrones de conducta anómalos, extraños o desafortunados. Sin embargo, el reconocimiento de los moldes socioculturales -así como del poder de la influencia social en la determinación de aquellos patrones- no modifica en nada la realidad, pertinencia y alcance de la distinción ahora bajo escrutinio. No existe entre las personas otra brecha tan profunda -ni de raza, lengua o cultura, ni de condición social- como la existente entre estar sano y estar enfermo o, peor aún, estarlo ya para siempre, con una enfermedad crónica y sin remedio. Pero al lado de ello o enseguida después de ello, y si se toma el contraste en su colmo, se halla ya la diferencia entre vivir feliz y en sano juicio, en plenitud de facultades y de capacidad de comportamiento autoeficaz, o, al contrario, vivir trastornado y/o desdichado, presa inerme de la adversidad e incapaz de retener un mínimo control sobre la propia vida.

7.2. Criterios y caracterización

Qué es sano y qué alterado en la experiencia, en la conducta, cuáles son los modos de infelicidad, y con qué frecuencia se da tal o cual alteración, puede variar y de hecho varía de unas culturas a otras, de un medio social a otro y hasta de una familia a otra dentro del mismo medio social. Son variaciones, no obstante, apenas relevantes para el dato básico: el de que algunas conductas traen consigo mucho sufrimiento para la propia persona. Eso es ya materia de psicoterapia o intervención psicológica; es más, suele ser el motivo más frecuente en la demanda por la que una persona adulta acude a un profesional en petición de ayuda. Se acude porque se sufre, se es infeliz, y se siente uno atrapado, incapaz de salir por sí solo del atolladero.

La incapacidad para una iniciativa autónoma en comportamientos que permitan salir de una situación insufrible no es el único tema o motivo de la intervención psicológica, pero sí el más determinante. Al considerar los fines de la terapia, Freud señaló el alivio de la infelicidad, del sufrimiento psíquico. En un planteamiento minimalista que le honra (frente al curanderismo de quienes pretenden sanar síndromes graves en media docena de sesiones), escribe que su propósito es paliar y hacer llevadero un sufrimiento psíquico insoportable, mudar en ordinario y sufridero lo que de otro modo sería tormento intolerable, imposible de sobrellevar. Pero no se trata de paliativos externos, administrados a la manera de un fármaco a un sujeto dócil y pasivo. No es que el terapeuta le resuelva al paciente la vida atenuando su padecimiento. De lo que se trata es de instaurar y restituir una capacidad en el sujeto, que entonces será agente responsable de su propia felicidad: “El tratamiento no tiene otro fin que la curación del enfermo, el restablecimiento de su capacidad de trabajo y de goce” (Freud, 1936 / 1963, pág. 395). En esta declaración subyace implícita, pero inequívoca, una noción de salud mental o psíquica, que no es el goce en sí, el hecho de ser feliz, ni tampoco el trabajo, pero sí la capacidad de ello, la disposición activa en orden a un amor gozoso y también, como Fromm (1947/1957) ha comentado, en orden a un trabajo productivo o -lo que es igual, en términos de una psicología de la acción- a una conducta instrumental eficaz en la satisfacción de las necesidades y en el afrontamiento de la adversidad.


La formulación de Freud y sus posibles variantes, tales como capacidad de comunicación gozosa y de conducta operante eficaz, mantienen validez fuera del psicoanálisis, incluso en un escenario de conductismo. Este ha sido del todo remiso a fijar o reconocer diferencias entre conducta anómala y normal; ha resaltado que las leyes que rigen una y otra son las mismas, algo que de suyo admite toda teoría; y, en fin, ha puesto énfasis en un criterio por donde, en cambio, se separa de teorías innatistas y biológicas: el comportamiento anormal o trastornado se aprende, es adquirido, y por eso mismo es también modificable. Al insistir en todo ello, y tratando de caracterizar ese comportamiento, el conductismo se ha contentado con fórmulas vagas y también imprecisas, pero que mencionan, desde luego, el malestar o daño que acarrea. Así, Skinner (1957 / 1972, capítulo 17) escribe que la llamada “enfermedad mental” (vocablo que no asume, claro está) se relaciona con “ciertas formas de comportamiento perturbadoras o peligrosas para el individuo o para los demás” y también que “provoca ciertas molestias” al individuo. Un doble criterio, el de molestias frente a bienestar y el de perturbación o no, sirve en ese análisis, al igual que en otros autores de la misma orientación, para diferenciar y colocar aparte el trastorno o desviación en un lado y la adaptación o buen funcionamiento comportamental en el otro. El criterio, por cierto, serviría para describir no menos al individuo delincuente, perturbador para los demás. Por ello resulta cuestionable en alto grado la caracterización skinneriana: no discierne de modo satisfactorio el trastorno específicamente psicopatológico de otros tipos de conducta extraña, excéntrica o incluso delictiva. Queda pendiente, en consecuencia, la pregunta acerca de dónde se halla el elemento específico del trastorno y por el que no se confunde con la delincuencia o la acción irresponsable hacia otra persona. Lo peculiar del trastorno psicopatológico consiste en el comportamiento peligroso para el propio sujeto agente: la irresponsabilidad es para con uno mismo.

 

Suele subrayarse que ningún elemento o criterio, tomado de forma aislada, es suficiente por sí solo para caracterizar el patrón de comportamiento psicopatológico (Vázquez 1990). El contraste entre salud y trastorno mental es, por tanto, plurifactorial, multidimensional; se despliega no en uno, sino en varios ejes; lo cual, a su vez, se pone de manifiesto en índices o indicadores diversos, que detalla la psicopatología descriptiva.

Como indicadores de trastorno psicopatológico se reseñan, entre otros, la manifestación por parte del sujeto de “sentimientos de angustia o de infelicidad”, una “propensión a una conducta incapacitante”, que le “coarta en la ejecución de sus obligaciones diarias”, y la “falta de contacto con la realidad” (Maher, 1979, págs. 18-20). En cuanto al polo positivo de la salud mental o “normalidad” psíquica, cabe decir que “un ser humano se halla en un ‘estado normal’, sean cuales sean sus problemas personales profundos, cuando consigue manejarlos y adaptarse a sí mismo y a los demás, sin paralización interior” (Bergeret, 1974 / 1983, pág. 31). O, de modo más conciso, salud psicológica es el “estado de salud emocional en el que la persona es capaz de funcionar cómodamente dentro de la sociedad” (Freedman y Kaplan, 1981). Vale la pena registrar ahora, y de nuevo, la alusión a una capacidad funcional, y sin incomodidad, de la persona respecto a unas emociones o experiencias de valencia positiva. Es, sin duda, la mejor indicación para apresar conceptualmente el trastorno psicológico y desde luego para captar su pertinencia a un cierto déficit o disfunción en el autocuidado y en la gestión en orden a una vida dichosa.

 

Indicadores de salud psicológica

Como atributos indicadores de salud mental óptima, Vázquez (1990) enumera los siguientes: percepción coherente y realista de sí mismo, percepción correcta de la realidad, competencia y ajuste a las demandas del entorno, resistencia al estrés y tolerancia a la frustración, autonomía cognitiva y en hábitos de autocuidado, relaciones interpersonales positivas, actitud positiva hacia uno mismo y hacia los demás.

En censo parecido, en la “persona mentalmente saludable”, Jensen y Bergin (1988) encuentran estos rasgos: “ser un agente libre; tener un sentido de identidad y sentimientos de valía; tener capacidad de comunicación interpersonal, sensibilidad, apoyo y confianza; ser genuino y honesto; tener autocontrol y sentido de responsabilidad; orientarse hacia valores y propósitos significativos; poseer una autoconciencia ampliada y una motivación de crecimiento; desarrollar estrategias adaptativas para el manejo de crisis y situaciones de estrés; realizarse en el trabajo; y desarrollar buenos hábitos de salud física”.

 

Cuando se pasa revista a la literatura psicopatológica y psiquiátrica, salta a la vista, desde luego, el énfasis colocado en el peso de los determinantes socioculturales, la variedad de los indicadores que cada autor hace sobresalir en primer plano y la consiguiente dificultad de una caracterización en verdad científica, críticamente satisfactoria, y no sólo a remolque y deudora de criterios -por no decir prejuicios- sociales. Aun entonces, sin embargo, llama la atención la coincidencia de fondo entre los autores, una coincidencia que equivale a acuerdo básico, quizá no en la teoría explicativa, mas sí en la práctica y en la descripción clínica. Reuniendo criterios varios, hace ya más de cuarenta años, Jahoda (1955) mencionaba tres rasgos típicos de la persona con salud mental: un ajuste activo en la búsqueda y obtención de algún control del propio entorno; una percepción realista de sí misma y de su mundo; una cierta unidad e integración estable personal. Los indicadores o criterios pueden ser otros, pero casi siempre entre ellos se hallan el bienestar y el sufrimiento psíquico como característicos de la salud y respectivamente del trastorno.


La Asociación Americana de Psiquiatría, en la última versión de su influyente Manual diagnóstico, conocido como DSM-IV, presenta al trastorno ante todo como “una disfunción biológica, psicológica o conductual”; añade luego que esta alteración “no sólo está referida a la relación entre el individuo y la sociedad”; y la caracteriza, en fin, como disfunción asociada “a un malestar, discapacidad o riesgo significativamente aumentado de morir o de sufrir dolor, discapacidad o pérdida de libertad”. Es una caracterizacion, como el entero DSM en sus distintas versiones, resultante del consenso: del acercamiento ecléctico y pragmático entre puntos de vista discordantes dentro de la propia psiquiatría. No debe, pues, sorprender que los autores más comprometidos en un planteamiento teórico se sientan insatisfechos ante formulaciones tan poco comprometidas, tan livianas de teoría, y propongan ir más allá del DSM-IV y de su sistema clasificatorio. Así lo hace Millon (1996/1998) en una construcción sistemática donde los diversos trastornos de personalidad se derivan del no cumplimiento de las funciones básicas de la personalidad o de la ausencia de ésta en cuanto estructura integrada e integradora.

En análoga dirección de crítica a formulaciones del DSM, Wakefield (1992) ha preconizado una noción de “desorden mental” (“mental disorder”) como “disfunción perjudicial” (“harmful”). He ahí sus palabras: “Una condición es un desorden si y sólo si, primero, causa algún perjuicio o privación de beneficio a la persona tal como se juzga por baremos (“standards”) de la cultura (criterio de valor) y, además, resulta de la incapacidad de algún mecanismo interno para realizar su función natural”. Conviene tomar nota una vez más de la mención de una incapacidad relacionada con algo perjudicial para el propio sujeto. Será el núcleo de la tesis por defender a continuación: la salud mental como capacidad de autocuidado en orden a una experiencia satisfactoria de la vida.

7.3. Bienestar y adaptación

Por psicopatología común de la vida cotidiana es posible entender las menudencias de yerros, actos fallidos, conflictos o problemas psicológicos de los que nadie se halla libre. Aunque esto guarde analogías con el trastorno psicopatólogico, realmente sólo existe trastorno a partir de una cierta incapacidad o indisposición para autoprocurarse una existencia feliz en condiciones ordinarias de la vida. Por supuesto, tanto esa indisposición como la correspondiente y opuesta capacidad o disposición en la salud mental admiten grados. La habitual distinción entre trastornos del comportamiento y de la personalidad puede entenderse también como una gradación en la gravedad del trastorno. Los primeros son estilos o patrones dañinos de conducta, perjudiciales para el propio bienestar físico y psíquico, pero presentes de modo ocasional también en personas psicológicamente sanas: desaciertos, errores, torpezas menores o también mayores en atender a la necesidad y en afrontar la adversidad sin un mínimo de eficacia. Como trastornos de personalidad se clasifican, en cambio, los más permanentes, consistentes en disfunciones o, más de raíz y en su caso, desestructuración en el sistema de la personalidad misma (Millon, 1996/1998). El enfoque conductista trata de contemplarlos sólo como trastornos de conducta y de reducir a éstos los trastornos más graves. Pero en materia tanto de trastorno como de buen funcionamiento comportamental hay un nivel de análisis donde resulta preciso hablar de personalidad -saludable o no, en este caso- y no sólo de conductas. Desde luego, cuando la persona ha perdido la razón, el sentido común, cuando se ha disociado de la realidad en una percepción distorsionada de ella y, en particular, de las personas de su entorno, está justificado hablar de alteración de la personalidad: hay entonces algo más, mucho más que mero trastorno o disfunción de conductas concretas.

La capacidad o conjunto de capacidades y disposiciones en que consiste la conducta -y, en otro orden, la personalidad- psicológicamente saludable, se manifiesta y descubre en índices o indicadores antagónicamente opuestos a los del trastorno. Es plausible el modelo empírico (cf. Fierro y Cardenal, 1996) que considera psicológicamente sana a una persona que en circunstancias ordinarias, no de extrema adversidad, manifiesta una buena adaptación social y, junto con eso, un grado satisfactorio de bienestar subjetivo. Por contraste, y en el polo opuesto, conducta psicopatológica es la socialmente inadaptada y/o la que a largo plazo lleva a profunda insatisfacción, malestar o sufrimiento personal. Una caracterización así, bimembre, da cuenta, desde luego, de las formas más completas sea de plena e indudable salud mental (satisfacción vital acompañada de adaptación) sea de inequívoca patología (malestar junto con inadaptación). Pero a la vez permite acoger los casos de psicopatología donde prevalece la experiencia negativa sin inadaptación -ansiedad, depresión- y asimismo aquellos otros donde predomina la inadaptación e incluso el choque con valores sociales -así, algunas adicciones-, mas sin intensos sentimientos negativos asociados. Los varios trastornos psicopatológicos pueden, en consecuencia, ser representados y dispuestos en un espacio bidimensional cuyas coordenadas las definen los citados ejes de bienestar y adaptación.

El modelo referido postula, pues, al bienestar como indicador y como dimensión de primer orden pertinente a la salud mental o -si se prefiere este otro término- a la integridad psicológica, a la madurez personal; pero no, o no por fuerza, como elemento por sí mismo constitutivo o integrante de ella. Lo postula así por entender que es imposible definir la salud mental sin alguna referencia a un bienestar personal que incluya experiencias vitales satisfactorias. Estas, sin duda, dependen mucho de condiciones materiales externas, muy variadas en cada existencia individual. Pero asimismo, y ahí está lo relevante, en alguna medida proceden de acciones propias del sujeto y sostienen con ellas relaciones de contingencia que son la clave de un correcto análisis y una recta comprensión de la salud mental o comportamental.


La conducta adaptativa, instrumental y de afrontamiento, es la correa de transmisión entre el agente que hace, actúa, y lo que en consecuencia le sucede, lo que experimenta. A la capacidad de sentirse feliz ante las circunstancias favorables, positivas, a la disposición a ser feliz, a no tenerle miedo a serlo, y no sentirse culpable por ello, se añade en la personalidad adulta saludable la capacidad de acción eficaz en orden a generar tales circunstancias y, por otra parte, a paliar, a amortiguar en algo el impacto de los acontecimientos negativos. Comparece así, al lado del índice o dimensión de bienestar, el de adaptación activa a la realidad, sobre todo, la realidad social, y a sus cambios, a su acontecer.

La adaptación constituye una función comportamental generalizada, un aspecto y atributo interno de la conducta, de toda conducta, gracias al cual las personas pueden sobrevivir y vivir mejor. No ya sólo la acción, también la cognición tiene una función adaptativa. La representación mental anticipada del previsible suceder de los hechos permite afrontarlos con eficacia mayor y con menores riesgos. Al servicio de la función adaptativa, la inteligencia misma ha sido definida como “capacidad de adaptarse a situaciones nuevas” (Piaget, 1967). En el marco global de esa función, y en cierto paralelo con la inteligencia, cabe concebir la salud mental como capacidad de adaptación, aunque en otro registro: en el de la respuesta activa no ante cualquier novedad, sino ante aquella clase de situaciones nuevas que amenazan la vivencia feliz y sosegada. En todo caso, el componente adaptativo involucrado en la salud mental no es sólo pasivo o reactivo, de docilidad y sometimiento del individuo respecto al medio, a las demandas del entorno. Conducta adaptativa implica tanto adaptación reactiva de la persona a su mundo, cuanto activa adaptación, en lo posible, de ese mundo, a través de la acción, a las necesidades propias de la persona. Todo lo cual se moviliza en la conducta instrumental, en la práctica operante de modificación de la realidad, y también en la conducta de afrontamiento.

Los dos índices o descriptores básicos de la salud mental, el de bienestar personal y el adaptación, se relacionan con las dos vertientes de la vida feliz: en cuanto experiencia y en cuanto actividad. El elemento raíz -y también meta, sentido de la existencia- yace seguramente en el bienestar, el ser feliz, sentirse a gusto en la vida, lo que a su vez se realiza en las conductas consumatorias, de satisfacción de la necesidad, y en la actividad misma de vivir en cuanto vivir y hacer, tal como de manera ejemplar luce en el juego. Subordinado a esa meta -y significado de la vida- se halla el segundo elemento, el de comportamiento adaptativo, en particular, el instrumentalmente necesario para satisfacer las necesidades y el requerido para afrontar con alguna eficacia las circunstancias que ponen en peligro el bienestar. La vida feliz aparece como alfa y omega del comportamiento y, en concreto, del comportamiento saludable.

Que la salud mental entraña alguna relación -de naturaleza todavía por precisar- con la satisfacción personal o bienestar subjetivo parece fuera de duda. Dejando aparte la excepción de circunstancias del todo adversas, difícilmente podría hablarse de salud mental en una persona del todo desgraciada además de incapaz de hacer algo por salir de su desdicha. Es cierto que también las personas psicológicamente sanas a veces realizan acciones perjudiciales para ellas mismas, al igual que las inteligentes cometen alguna vez torpezas y se comportan entonces como estúpidas. Pero del mismo modo que no se consideraría inteligente a quien sólo y siempre se comportara como necio, tampoco cabe juzgar como psíquica o comportalmente sano a quien de manera permanente se conduce en perjuicio de su propia felicidad y bienestar.

No es que personalidad sana o saludable sea lo mismo que persona feliz. No se trata de identidad pura y simple entre bienestar subjetivo, o satisfacción en la vida, y salud mental. La relación es de pertinencia y no de identidad. Se afirma que la experiencia feliz constituye la dimensión más relevante -y acaso a fin de cuentas, en último análisis, la única relevante- en los procesos de trastorno y, respectivamente, salud psicológica o mental. Por otra parte, ese bienestar -o felicidad, o satisfacción en la vida- depende tanto o más de condiciones externas que de la propia acción del individuo. El bienestar personal emerge, pues, como cualidad no constitutiva en sí de la salud psicológica, pero desde luego indicativa de ella, pertinente a ella. Y, a fin de cuentas, el nexo entre vida feliz y salud mental se anuda en -y por la mediación de- la acción: tiene su razón de ser en y por la articulación de las acciones de la persona con las respectivas experiencias que se siguen de ellas, en las dependencias funcionales y relaciones de contingencia (de refuerzo, de incentivo, aversivas, o como sean en cada caso) que las experiencias vividas guardan con el comportamiento del propio sujeto agente.

No se da, pues, equiparación ingenua e inmediata entre salud mental o personalidad sana, por un lado, y bienestar personal, satisfacción vital o vivencia positiva, por otro. Lo psicológicamente saludable consiste en la capacidad de autoprocurarse unas vivencias satisfactorias. Se propone, en consecuencia, entender por salud mental no el hecho de ser feliz, sino la capacidad de serlo, de autoprocurarse una experiencia satisfactoria de la vida en lo poco o mucho que esto dependa de la persona misma. En este acercamiento y análisis, a partir del estudio de la felicidad se llega al de la integridad psicológica y la madurez personal.

7.4. Capacidad y disposición de autocuidado

Se puede ser desdichado por muchas otras causas; y la desgracia, aun la más cruel, no representa en sí un trastorno psicológico. Pero hay quien es desgraciado y vive en un infierno porque no sabe cómo hacer, cómo actuar, porque es incapaz de valerse por sí mismo en orden a ser feliz, porque carece de disposición para serlo. Este parece constituir el núcleo del trastorno de naturaleza comportamental o psicológica.


Salud mental es potencial -potencia o posibilidad activa- de “bien-estar” y “bien-ser”; es disposición activa y acaso, en sentido estricto, capacidad de procurarse unas vivencias positivas, una experiencia de vida feliz, en lo que se halla en manos de uno mismo. Por otro lado, ese potencial de conducta en orden a una vida apetecible no es -o no es en todo- un potencial innato; es sin duda, y en máxima parte, adquirido y modificable. En cuanto al extremo opuesto, el núcleo del trastorno psicopatológico, también aprendido y modificable, parece consistir no ya sólo en una mala gestión de la propia experiencia, sino en una cierta incapacidad o menor capacidad de autocuidado, de manejarse en la vida, de autoprocurarse vivencias satisfactorias, de valerse en orden a la preservación de la propia salud física y del bienestar personal, de una salud integralmente entendida. Se está hablando -se sobreentiende- de una persona adulta y sin merma notable de sus funciones físicas o mentales por alguna minusvalía grave. Qué es salud mental en el niño o en la persona con severa limitación motriz o intelectual, intensamente dependiente del cuidado de otros, es asunto, de todas formas, que se aclara por la relación con lo que, mucho o poco, está en su mano hacer pese a sus limitaciones.

Ese potencial de ser feliz ¿es solamente tendencia, disposición personal, o constituye capacidad en sentido estricto, al modo de la inteligencia y de las aptitudes básicas, primarias? En este segundo caso, la personalidad psíquicamente sana tendría una semejanza estructural más destacada con la persona inteligente, competente, capaz. Sólo que la semejanza se produce no o no tanto con la inteligencia en el sentido más convencional y académico, con la capacidad de manejar símbolos abstractos y de comprender y solucionar problemas teóricos, cuanto más bien con la llamada inteligencia social y, todavía más, con la inteligencia emocional (Goleman, 1996). Estas últimas también se conceptúan como capacidades: relativas, en su caso, a competencias prácticas en la interacción y comunicación interpersonal y, respectivamente, en el manejo de las emociones.

Ahora bien, es posible, por otra parte, ver la salud mental como una disposición o predisposición, no una capacidad en sentido estricto. El individuo atrapado en un trastorno psicopatológico sería entonces no tanto un sujeto incapaz de ser feliz y de autoprocurarse una experiencia satisfactoria de la vida, cuanto un sujeto indispuesto o mal dispuesto a ello, a valerse por sí mismo en la gestión del propio bienestar. La salud mental se sitúa entonces del lado de las actitudes y no de las aptitudes; sigue siendo potencial de acción y de vida feliz, pero como potencia disposicional o motivacional y no capacidad. A la persona apresada en el trastorno le falta no competencia, sino disposición o motivación. No es persona incapaz, ni tampoco enferma; es o está no motivada, poco dispuesta o mal dispuesta. Se abre  paso así una posible sugerencia, la de abordar el trastorno psicológico como indisposición. De una persona bajo depresión severa o con alto estrés laboral, en condiciones de “burn-out”, de “estar quemada”, no es apropiado decir que se halla enferma, pero sí quizá que está “indispuesta”: lo está, al menos, a efectos de necesitar la baja laboral, al igual que en el curso de una afección gripal.

Pero ¿puede alguien no sentirse motivado para ser feliz y para obrar con vistas a ello? La motivación de felicidad es sin duda universal; mejor dicho, se halla en el origen de toda motivación humana. Ello no obstante, en la secuencia de acciones instrumentales de larga duración y en la demora de las gratificaciones, de la satisfacción de las necesidades, pueden producirse anchos desajustes y disfunciones. El sujeto puede no sentirse motivado a actividades instrumentalmente indispensables para ser feliz, pero cuyos efectos y consecuencias sólo se hacen notar a largo plazo. En este análisis el trastorno psicopatológico nace de -o consiste en- un mal manejo de los distintos plazos y contingencias en que se producen los diversos refuerzos y que definen su valor de incentivo para el comportamiento.

La incapacidad o la indisposición del sujeto en orden al cuidado de sí mismo en el largo plazo de una existencia feliz necesita del apoyo y de un complemento de cuidados por parte de otros. En esa situación sin fácil salida por medios autónomos, con frecuencia pueden ayudarle personas cercanas, que son siempre necesarias y que a veces bastan para sacarle a flote. Otras veces hace falta la intervención de un profesional, de una ayuda técnica que supla y complete durante algún tiempo la deficiente capacidad de autocuidado y que contribuya a instaurar o restablecer esa capacidad. Tal restablecimiento constituye así la meta, el objetivo principal de una psicoterapia o una terapia de conducta.

El tratamiento o la intervención psicológica a veces se ocupa en eliminar, aliviar o reducir un sufrimiento psíquico en absoluto clasificable como trastorno, ayudar al sujeto en un problema personal, en una situación de crisis o conflicto. Son situaciones, éstas, en las que resulta beneficiosa la ayuda del psicólogo, cuya intervención, sin embargo, no justifica confundirlas con las alteraciones o trastornos en sentido estricto. El rasgo relevante común a los trastornos propiamente tales -y no meros conflictos, crisis o problemas- es la incompetencia e ineficacia actual del sujeto para salir por sí solo, por sus propios medios, de la indeseable situación en que se encuentra; incapacidad de gestionar no para otros sino para sí mismo una experiencia satisfactoria. La persona se halla atrapada en un ciclo de acciones -verdadero círculo vicioso- que se retroalimentan en creciente detrimento personal: de sus propias acciones ineficaces o desafortunadas, junto con reforzadores inmediatos (de otro modo no persistirían tales conductas), se siguen situaciones y experiencias negativas, que a su vez influyen en una posterior secuencia de comportamiento disfuncional. Se generan de ese modo y se autoperpetúan secuencias cíclicas de conducta muy nocivas a medio y largo plazo, en las que la persona de modo duradero y profundo se está causando daño grave a sí misma, y de las que se siente -y es- incapaz de salir por sí sola (Fierro, 1988).


Las adicciones proporcionan un ejemplo muy ilustrativo del modo en que se autoperpetúan ciclos nocivos de comportamiento. En la adicción a sustancias, el ciclo es de: consumo creciente ® tolerancia mayor ® síndrome de abstinencia a falta de suficiente dosis de sustancia ® nuevo y más alto consumo. El consumo repetido y abusivo perpetúa una conducta viciada, en círculo, que proporciona cada vez satisfacción en el instante inmediato, pero con perjuicio crecientemente grave a largo plazo.

En la adicción a drogas resulta patente la especial relación que tiene la salud mental -o comportamental- con la salud física. Persona psicológicamente sana o madura es aquella capaz de cuidarse en cuanto al uso de sustancias de dispares efectos: acaso beneficiosas para la salud y el bienestar en ciertas dosis y bajo ciertas circunstancias, pero también dañinas e incluso letales para el organismo en otras dosis. Anorexia y bulimia son ejemplos, en otra dirección, del nexo entre trastorno de conducta y trastorno orgánico. Son indudables los nexos existentes entre ambos tipos de trastorno, o, lo que es igual, en positivo, entre hábitos de conducta saludable y salud física. A su estudio e implementación práctica se ha aplicado la medicina comportamental y, más tarde, la psicología de la salud.

Adicciones, sin embargo, no las hay tan sólo a drogas. El ciclo adictivo es semejante en la ludopatía y en otras conductas recurrentes con consecuencias nocivas a medio o largo plazo.  Existen, por otra parte, adicciones sociales -a la compra compulsiva, a la televisión- que la sociedad favorece. El enamoramiento obsesivo e igualmente la obsesión por el trabajo pueden verse, no menos, como formas de adicción, no sanas, aunque socialmente respetadas. En todas esas variedades de adicción resalta con especial claridad un distintivo ostensible en los ciclos patológicos de conducta: a la persona, en un sentido muy real, la propia vida se le ha ido de las manos.

 

A su manera“Todas las familias felices se parecen unas a otras; cada familia desdichada lo es a su manera”. Este célebre íncipit de Ana Karenina no es cierto, aunque sea un acierto narrativo de Tolstoi, en su relato comparativo en díptico de la historia de dos familias. Las personas felices y maduras son tan distintas entre sí como las desdichadas o las trastornadas. A la variedad de los modos de trastorno del comportamiento y de la personalidad le corresponde una amplia variedad de los modos de personalidad sana y asimismo de madurez personal, si por ésta se entiende un cierto grado de excelencia en el bienestar, la adaptación, la salud comportamental o psicológica.

7.5. Modelos de madurez

Salud mental o comportamental, personalidad saludable, madurez personal consisten, por el contrario, en la capacidad, disposición, potencial en orden a un autocuidado eficaz para procurarse una experiencia feliz de la vida en lo que la felicidad depende de uno mismo. Una vez caracterizadas de ese modo, resulta obvio -o más bien tautológico- decir que la felicidad se corresponde con la madurez y salud psíquica, y que la persona madura es al propio tiempo la persona feliz. Pero también, a la recíproca y con independencia de lo anterior, existe evidencia en el sentido y en favor del hecho de que los sujetos psicológicamente maduros son más felices (Alker y Gawin, 1978). De cualquier modo, para la fisonomía de la madurez personal hay otros diseños posibles, otros modos de perfilarla sin relación desde el principio con la felicidad, a partir de otros temas y elementos de análisis.

Una psicología que preste atención a las funciones que la personalidad desempeña en el sistema general de la conducta desemboca con toda naturalidad en un modelo de persona madura. Un análisis de esas funciones permite discernir que el sistema de personalidad a veces cumple con ellas y otras veces no. La correspondiente psicología se halla, pues, en condiciones de describir qué es personalidad madura, íntegra, desarrollada. Fue así como Allport (1937, 1963) en sus tratados de psicología de la personalidad consagró un capítulo a la personalidad madura como parte integrante de la teoría psicológica. Describe Allport la madurez personal por una relación afectuosa, empática, con los demás, una seguridad emocional básica, una percepción ajustada a la realidad, un interés en las tareas y en las capacidades o destrezas necesarias para realizarlas. La persona madura se caracterizaría también por un yo amplio y capaz de auto-objetivación, por -y gracias a- un buen conocimiento de sí mismo, y, en fin, por una “filosofía unificadora de la vida”. Son características, por otro lado, que pueden darse en perfiles muy variados: no hay una forma única u óptima de madurez personal.

Una psicología descriptiva de cómo son las personas que gozan de un reconocimiento público, figuras no tanto famosas, cuanto reconocidas o reconocibles como ejemplos de madurez lograda, ha llevado a Maslow (1968/1976) a hablar de personas autorrealizadas o autoactualizadas y a encontrar en ellas algunos rasgos comunes. Esta es su fisonomía: son mujeres y hombres con una percepción eficaz de la realidad y en relación cómoda con ella, que se aceptan a ellos mismos, a los demás y a la naturaleza, que se comportan con naturalidad y espontaneidad, autónomos, centrados en las tareas, con sentido del humor. Son personas, en fin, que alguna vez viven las que Maslow ha llamado “experiencias cumbre” de intensidad gozosa en un sentimiento de armonía consigo mismas, con otros o con la naturaleza.


AutenticidadHay un modelo tópico de autenticidad: ser el que uno es, ser uno mismo. Sin embargo, ¿qué es exactamente un yo auténtico? Y, además, “¡ser uno mismo!… pero ¿de verdad vale la pena?” (Paul Valéry).Es dudoso que preexista al ser humano en desarrollo -que le venga dado ya al nacer- un yo más auténtico que otros. Hay varios yoes y no sólo varios personajes sociales posibles en cada cual. La psicología habla de “yoes posibles” (Markus y Ruvolo, 1989) y de la consiguiente búsqueda de identidades deseadas (Schlenker y Weigold, 1989): por tanto, tampoco una sola identidad auténtica, un solo yo genuino; hasta se puede ser varios a la vez con tal de que no estén mal avenidos.

Ante la posibilidad de varios yoes, el proceso de decisión, sin el cual no se llega a ser persona, afecta también a esto, a escoger y fomentar entre ellos. El poeta se toma la licencia de hacerlo también para la amada: “es que quiero sacar de tí tu mejor tú” (Pedro Salinas).

La autenticidad puede valer, por tanto, como idea directriz, como proyecto, mas no como destino: apunta a coincidir no con lo que ya se es, sino con lo que uno ha soñado ser.

 

Una psicología muy adherida a la práctica clínica, centrada en el paciente o cliente, y que de la experiencia terapéutica, de las metas y logros de la intervención, extrae un modelo teórico, desemboca igualmente con entera naturalidad en el dibujo de un perfil de la persona madura o cabal. Fue así como Rogers (1961/1979) trazó no tanto ese perfil, a manera de una foto fija, cuanto la línea y movimiento del proceso dinámico de “convertirse en persona”. Responde aquel proceso a una búsqueda de autenticidad que viene de una antigua y respetada tradición que se expresa en la exhortación de Píndaro: “¡sé el que eres!”. Esa invitación a ser uno mismo del modo más auténtico pide progresivo cumplimiento real de la potencialidad del ser humano concreto. El deseo de progreso, la apertura a la experiencia, al cambio, la espontaneidad, la confianza en uno mismo, la creciente libertad y autodirección son las principales características de quien, según Rogers, ha llegado a ser persona o, más bien, se halla todavía, ahora y siempre, en proceso de llegar, en devenir hacia la madurez.

La maduración personal acontece en un proceso en devenir, dinámico. En rigor, la personalidad no nace, sino que se hace, se aprende. E igualmente la felicidad: no es cualidad o don innato, sino adquisición aprendida, construida. Puede haber madurez y dicha personal sólidas, mas no solidificadas. En ese sentido, la madurez, al igual que la felicidad, es siempre transitoria, por no decir efímera: en cierto modo, se da instante a instante, a punto de perderse o bien -y mejor entonces- a punto de sazón y transición a otra madurez. De felicidad y madurez vale lo que irónicamente se ha dicho acerca de la salud, a saber, que es “un estado transitorio que no conduce a nada bueno”.

Para que no sean algo más que un efímero momento entre estados más duraderos y menos deseables, madurez y felicidad han de ser permanentemente construidas. Todo el ciclo vital humano es el de seres en un desarrollo autoconstructivo (Ford y Ford, 1987): no autocreadores, no demiurgos de sí mismos, pero sí artesanos, agentes de su propia gestación como personas. Desde el nacimiento se es persona en el orden jurídico, el de un sujeto de derechos y luego de deberes; pero al nacer no se es persona o personalidad en el sentido propio de la psicología. “He nacido dos veces, una de mi madre, otra de mí mismo”, dejó escrito Juan Ramón Jiménez. En un análisis comportamental, es a lo largo de la infancia y la adolescencia cuando se va naciendo como persona, como hombre o como mujer; y éste, además, es nacimiento o renacimiento que no se produce de una vez por todas. Hay muerte y renacer reiterados, hay crisis en la vida que entrañan transformaciones y hondos cambios en la identidad personal.

A una psicología del ciclo de la vida le corresponde hacerse cargo de ese proceso de autoconstrucción y de señalar su sentido, su dirección deseable, sin contentarse con la descripción de lo que parece hallarse programado por la naturaleza a lo largo de las distintas etapas de la vida o de lo que aparece más frecuente en la sociedad. En particular, le corresponde no sólo describir cómo suelen las personas crecer y envejecer, sino también cómo podrían llegar a pleno desarrollo y a un buen envejecer: describir, por tanto, no sólo hechos, datos, sino también modelos realistas de lo que el ser humano puede proyectar, programar, desarrollar, llegar a ser.

En un enfoque evolutivo antropológico y no sólo psicológico, Erikson (1968/1980) ha propuesto un esquema del desarrollo de la identidad personal a lo largo de la vida, a través de estadios típicos, jalonados a su vez por crisis de transición. Identidad quiere aquí decir diferenciación personal, fisonomía moral distintiva e inconfundible, y también toma de posición ante la vida, autodefinición de la persona de cara a los demás y de cara a la sociedad y a sus valores. Esta definición es conciencia de identidad, que se formula en juicios del género de “yo soy …”, con autoatribuciones no sólo descriptivas sino también evaluativas, de autoaprecio o autoestima.


La identidad personal se perfila de modo diferente en cada estadio, en cada edad. También hay madurez, y no sólo identidad, en la adolescencia y en la infancia. Qué es o cómo es un niño psicológicamente sano, logrado, maduro, se ilustra bien en el rasgo peculiar y propio de la identidad resultante del periodo de lactancia, que es por antonomasia la edad de la gracia, del don. A juicio de Erikson, la identidad infantil lograda consiste en confianza frente a desconfianza, en reconocimiento de lo que se recibe de los demás y en posibilidad de dar también a los demás un día. “Yo soy lo que espero recibir y dar”: así se define el niño de Erikson y también el niño que sobrevive dentro del adulto capaz de dar y de aceptar en don. A esa identidad primera se añaden luego otros contenidos en la autodefinición. El niño de cuatro o cinco años piensa ya en lo que será de mayor: “soy lo que me puedo imaginar que seré”; y pocos años más tarde, con mayor realismo, puntualiza: “soy lo que puedo aprender y hacer”. La conciencia de identidad y la pregunta por ella -¿quién soy?- se hace punzante en la adolescencia. En ese momento la cuestión y la resolución de la identidad puede verse aplazada, hipotecada, acaso incluso confundida por circunstancias psicosociales, que el adolescente no acierta a manejar. Pero el adolescente maduro empieza a tener conciencia, según Erikson, de que la vida está en sus manos, de que es -y será- lo que decida y se proponga ser.

Hay, pues, etapas, estadios, momentos de aprendizaje de la identidad, de la madurez. El paso de unos a otros se cumple a través de crisis, donde se hallan en juego autodefiniciones antitéticas. En el transcurso de estadios sucesivos de la vida adulta, Erikson ve en juego todavía otros dilemas: la capacidad de relación íntima frente al aislamiento, la de crear o generar frente a quedarse estancado, y en fin, la integridad y el sentido de la vida frente a la desesperanza. Son bifurcaciones por las que transita el camino de la madurez personal y el significado de la acción y de la vida.

 

Identidad y crisisPor identidad psicológica no ha de entenderse inflexibilidad, ausencia de cambio, permanencia de una estructura personal inmutable. No hay quien permanezca el mismo, idéntico a sí mismo, con el paso de los años. Ya escribió Montaigne que nadie es de manera continua una misma persona. Además, la alteración y alteridad con respecto al propio pasado se ha hecho más aguda en la época moderna con el acelerado cambio histórico, con la mayor movilidad en todos los referentes psicosociales: en el trabajo, en el lugar donde se habita, en las estructuras familiares y los sentimientos amorosos.La identidad es mutante. Si se habla de “yo” o de “identidad”, ha de entenderse sumamente flexible, móvil, como un potencial de transformación, como continuidad en procesos de una madurez que se fragua a través de cambios de calado y no de simple cosmética: a veces crisis vitales. Son éstas algo más que breves episodios; pueden a veces ocupar periodos relativamente largos de la vida de una persona, también de la persona madura. Las crisis vitales son prototipo de situación adversa, de estrés, de circunstancias duraderas de impacto que es preciso afrontar. Ponen de manifiesto la fragilidad de cualquier equilibrio y madurez personal; y su adecuado afrontamiento forma parte del proceso de maduración, de constitución de la identidad.

“La crisis está en la transformación del significado, en el coste de la evolución. La muerte que barruntamos podría ser la muerte del viejo Yo que estamos dejando atrás… Quizá nos suena a pérdida y nos cuesta un verdadero duelo o luto; pero es el morir de un modo de conocer el mundo que ya no funciona, una pérdida de la vieja coherencia sin una nueva de recambio para ocupar su lugar” (Kegan, 1979).

 

No todas las bifurcaciones, sin embargo, son tan sólo entre acierto y desacierto. Hay encrucijadas de caminos múltiples donde más de uno lleva a buen término. De autenticidad e identidad, por eso, no cabe hacer sendos mitos, cuando una y otra son plurales y cambiantes hasta para una misma persona.

7.7. Madurez en el curso de la vida y de la acción

De cada teoría básica del comportamiento y de la personalidad, y en congruencia con ella, se desprenden una idea y modelo propios de madurez personal. Algunos temas, ejes, principios básicos son de singular relevancia para esa madurez: los de la motivación de competencia y la correspondiente conciencia de interactuar eficazmente con el entorno (White, 1959); los de la autoeficacia, de la percepción y sentimiento de eficacia personal en las propias acciones (Bandura, 1976, 1982a); los del comportamiento autorreferido, autorregulado y autorregulador, comportamiento también, por tanto, de autodirección, de autodeterminación, de control por uno mismo de aspectos relevantes de la vida; los de lugar de control, de las atribuciones, percepciones y expectativas, que alguien sustenta respecto al origen, externo o interno, de los hechos que le han sucedido o le van a suceder.


En relación con ese conjunto de temas, variados pero también conexos entre sí, emerge un modelo de personalidad saludable y de madurez personal, definidas por una configuración de atributos asimismo variados, aunque de ordinario asociados entre sí. A partir de esta otra familia de líneas de investigación y de teoría se perfila así un modelo de persona madura: con lugar interno de control y percepción de autoeficacia, competente, autodirigida y no a merced sólo de presiones ambientales y de la situación. Las caracterizaciones de la salud mental y de la madurez personal, pese a su sello dispar -conductista, humanista, evolutivo, clínico-, presentan no pocos contenidos comunes. Sin eclecticismo deformador de esos distintos sellos de origen, es posible trazar de manera integrada la fisonomía comportamental de la persona madura con sólo respetar los datos a disposición, no todos homogéneos, pero tampoco incompatibles entre sí.

Sin embargo, y por otro lado, son variados los rasgos y criterios de esa madurez personal, al igual que lo son los del trastorno psicopatológico. De esa variedad resulta que no existe un modo o modelo único de madurez, de personalidad saludable, ni tampoco -por otra parte- de vida feliz, lograda. Hay una madurez y una felicidad en la actividad, pero también en la contemplación y en el conocimiento. Las hay o, por mejor decir, puede haberlas en la megápolis y en el campo, en el hogar convencional y en los márgenes de la contracultura, en la vida sedentaria de una vivienda confortable y en la existencia nómada o aventurera sin más pertenencias que una maleta.

 

Personalidad saludable y modelos idealesDesde un enfoque humanista, Jourard y Landsman (1987) han llevado a cabo una caracterización unificada de la “personalidad saludable”, pasando revista a las evidencias empíricas, procedentes también de otros enfoques, acerca de cómo se comportan, experimentan y viven las personas en relación con distintos ámbitos de experiencia y de conducta: en la autoconciencia y en la percepción de la realidad, en las emociones y en las necesidades, en los mecanismos de defensa y en los roles sociales, en el amor, el sexo, el trabajo y el juego. Su aportación radica no en proponer rasgos o perfiles que no se hallen ya en otros modelos, sino en tratar de integrarlos en una fisonomía unitaria a través de distintas áreas psicológicas y de comportamiento.

En otro género de exposición, centrado en autores y no en los ámbitos, ha hecho algo semejante DiCaprio (1976). Lo hace en el marco de una teoría de la personalidad, al modo en que Allport enmarcó ese mismo tema, y a lo largo de una extensa sección cuyo título es ya todo un programa y revela una concepción de la materia: “La buena vida. Modelos ideales de vida humana”.

 

No se espere, pues, retrato robot de la persona feliz o de la personalidad madura. Es más, a algunas de las características tópicamente atribuidas, como la autenticidad, cabe hacerles serias objeciones críticas. No existe un canon de la dicha ni de la madurez o de la salud mental. Hay solamente rasgos, perfiles, indicadores, no dispares, no antagónicos, antes bien, ampliamente coincidentes, pero tampoco fundidos en una sola pieza, en lo que antes se elogiaba como “todo un carácter”, o lo que todavía Lecky (1961/1977) parece postular al definir la personalidad por la autoconsistencia y, en otra dirección, Allport (1937, 1963) al asignar a la persona madura una visión unificadora de la vida.

Puede que sea o que haya sido así en otras sociedades menos complejas. Es dudoso que lo siga siendo en la sociedad y cultura occidental alrededor del 2000. Hace ya tiempo que en esta sociedad no parece sostenible una filosofía de verdad unificadora. Si acaso, hay lugar para una sabiduría práctica capaz de asumir -más que unificar- los muy diversos y contradictorios aspectos de la experiencia contemporánea de la vida. En esas condiciones tampoco resulta posible una perfecta autocoherencia o congruencia interior. Los logros de madurez personal, no menos que los trastornos de conducta, se hallan socialmente determinados; se perfilan de modo diferenciado a través de distintas culturas. Si en otro tiempo o en otras sociedades ha funcionado bien y ha valido conducirse como persona de carácter, hoy ya no vale así. Con la complejidad y fragmentación de la sociedad actual se corresponde asimismo una cierta fragmentación, y no sólo complejidad, del yo, de la persona. Frente al carácter de una sola pieza, quizá válido en otras sociedades, el mosaico ha pasado a ser el diseño más propio de la madurez personal. No la persona despiezada, pero sí organizada en varias piezas o con conciencia y control de ello, seguramente vive y funciona mejor en esta sociedad.


Un yo pluralHay actualmente una psicología de la multiplicidad de “yoes”, con énfasis en uno u otro polo de la múltiple unidad del sujeto. El “personoanálisis” de Greenwald (1982) la toma por el lado analítico y subraya los varios “sí mismos” personales: biológico, social, cognitivo. Por el contrario, la “psicosíntesis” de Ferrucci (1987), mientras reconoce la presencia de “subpersonalidades”, apunta a un horizonte de su deseable síntesis.Ha habido asimismo una poética de la identidad múltiple, del yo plural. Su cima está en Pessoa y en sus otros yoes literarios de los heterónimos: “Me he multiplicado para sentirme. / Para sentirme he necesitado serlo todo … / y  hay en cada rincón de mi alma / un altar a un dios diferente”. “Cada uno de nosotros es varios, es muchos, es una prolijidad de sí mismos”.

 

Como madurez no se postula, pues, aquí un carácter de una pieza, ni tampoco alguna configuración prototípica. La única pieza o elemento que se postula es la conexión entre madurez personal -salud mental- y vida feliz: la pertinencia de aquélla a ésta. Tal conexión se fundamenta en principios sólidos de psicología, en concreto, de una psicología de la acción. Son principios que ocasionalmente coinciden con los de otros enfoques en psicología científica, los del conductismo o los de una psicología cognitiva o cognitivo-conductual; pero que derivan de una clave propia: tomar la actividad práctica, transformadora de la realidad, orientada a metas -a la satisfacción de la necesidad y al afrontamiento de la adversidad- y dotada de propósito, como eje dorsal del comportamiento humano y, por tanto, de su análisis en psicología (Fierro, 1993a, 1996).

El repertorio de proposiciones fundamentales de una psicología centrada en la acción humana práctica conduce a un conjunto de propuestas que perfilan un modelo de salud mental o comportamental, de madurez psicológica en el curso de la vida, de una maduración, por tanto, adquirida, aprendida, que se puede ir alcanzando a lo largo del proceso de crecimiento y que no concluye tampoco con el envejecimiento. Desde una psicología de la acción se propone, pues, que psicológica o comportamentalmente maduro es quien:

– se comporta de modo relativamente estable y consistente, aunque también con flexibilidad y capacidad de cambio adaptativo;

– es diferente de otras personas como resultado de un proceso de desarrollo diferenciador que se genera con la experiencia a través de los años, un proceso que acaba por configurarle como persona singular y única, aunque no rara o excéntrica;

– transforma la activación biológica -inherente al ser vivo- en actividad, no en activismo de la acción por la acción;

– se adapta a las situaciones, a las circunstancias, a la vez que actúa para adaptarlas a sus propias necesidades;

– hace de la necesidad (que es al propio tiempo motivación y carencia) virtud y, en consecuencia, se guía por una sabiduría (o moral de vida) de lo necesario dentro de una jerarquía de necesidades ajustada a razón;

– planea y emprende secuencias ordenadas de actividades que, al enlazar con acierto conductas consumatorias e instrumentales, dotan a la vida de significado;

– afronta los acontecimientos adversos que le afectan y las situaciones complejas que se le presentan;

– reacciona para defender espacios de libertad adquiridos -o esperados- y eventualmente amenazados;

– sabe discernir cuándo está indefenso, a merced de fuerzas externas, y cuándo no lo está, cuándo tiene bajo su control, al menos en parte, las circunstancias de su vida;

– lleva a cabo acciones autorreferidas y autorreguladoras en grado y calidad suficiente para alcanzar con alguna eficacia cierto control sobre su propia vida;

– se conoce, percibe y valora a sí mismo de modo realista, sin graves distorsiones en su autoconcepto;

– es capaz de tomar decisiones razonables relevantes para sí mismo en condiciones de incertidumbre;


– realiza comportamientos en curso abierto de acción y no, no sólo, en ciclos repetitivos, cerrados sobre sí mismos y autoperpetuados;

– gracias a todo lo cual es capaz de cuidar de sí mismo, de gestionar su propia experiencia de la vida en orden a hacerla satisfactoria al máximo.

Cuidar de uno mismo ha sido presentado aquí como núcleo no ya sólo de autonomía personal, sino también de madurez. Ese cuidado tiene que ver, antes que nada, con el propio organismo y los estados de ánimo, según una idea que viene desde la filosofía griega hasta una ética moderna que es algo más que utilitarista, cuando dice que “cada uno es el guardián de su propia salud, sea física, mental o espiritual” (J.S. Mill, Sobre la libertad). Es cuidado asimismo de las relaciones con todos los demás, unas relaciones que vendrán a incidir en la propia experiencia de la vida.

En relación con todo ello, madurez psicológica es, en suma, capacidad de vivir (de sobre-vivir y bien-vivir), potencial de bien-estar y bien-ser en un mundo cambiante y no siempre propicio. Persona madura es, ni más ni menos, quien ha aprendido a vivir.

Acaso no está de más contemplar la moneda también por la otra cara y hacer explícito lo que no es -o no necesariamente es- la persona madura. No es desde luego el triunfador, el individuo de éxito en el sentido convencional establecido y aplaudido por un modelo hoy dominante. Hay perdedores maduros y también felices, porque capaces de encajar la desilusión, el desencanto y el fracaso; hay gentes socialmente derrotadas, pero a quienes la adversidad no ha conseguido derrotar. Madurez y felicidad son perfectamente compatibles con no llegar a esa clase de éxito.