A quien leyere

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Ésta es una botella con mensaje –no de náufrago, sí de navegador a flote sobre un corcho de incertidumbres- arrojada al océano de Internet, en alguno de cuyos confines llegará a ser encontrado y leído. Hasta puede suceder que alguien responda y entonces –lo prometo- dialogaremos, jugaremos a comunicarnos virtual y realmente, en un diálogo donde virtual vale por real.

Es la apertura de un juego, un juego abierto a quien desee participar en él. Lo es en gesto análogo al del primer movimiento de una pieza blanca que abre la partida de ajedrez. Dibuja una inicial disposición de figuras dentro de un espacio y delimita en algo los posibles movimientos del partícipe y antagonista de juego. Puesto que éste se halla abierto sin restricción de participantes, su desarrollo puede asemejarse a unas partidas simultáneas de ajedrez.

A diferencia del ajedrez, sin embargo, no va haber ni ganador, ni perdedor, tampoco tablas, si acaso, partida interminable. Y, sobre todo, no están establecidos de antemano ni el cuadro ni las posibles reglas del juego. Es incierto qué movimientos podrán considerarse, o no, reglamentarios y ni siquiera se conocen las exactas medidas y estructura del tablero. Éste puede ser tan extenso y tan difuso como la cultura occidental entera en el curso de su historia y a lo ancho de su actualidad. Ni siquiera está prohibido salirse de tablero tan grande, aunque es dentro de esa cultura donde se hallan los jugadores.

¿Hace falta acordar de entrada alguna regla de movimiento o topografía del espacio? Propongo que los escaques por donde moverse sean no en blanco y negro, sino en una indefinida gama de matices, y no sólo de grises, y que sean identificados por su pertinencia a un “desvelamiento” -que no “revelación”- del “sentido” de la vida y de la acción humana.

Un posible modo de delimitar el tablero y los movimientos dentro de él cabe traerlo del retablo de la vida por Gauguin: «de dónde venimos, qué somos, adónde vamos». O del comienzo de Blondel en L’action: “la vida humana ¿tiene o no tiene un sentido?”, una cuestión que, en el modo en que Gauguin y Blondel la proponían, no pocos ahora sospechan vacía de sentido. La pregunta se entiende formulada desde la experiencia y desde la tradición occidental, en la que hemos nacido y crecido. Es preguntar –y cuestionar, cuestionarse- de dónde viene la experiencia cultural presente, en dónde está ahora, a dónde va, si es que en efecto se encamina hacia alguna parte; mirar, además, en lo posible, del otro lado de la tribu occidental en un intento de alcanzar aunque sólo sea un atisbo de la condición humana universal o transcultural, si no es quimera tal atisbo.

No hay, sin embargo, un lugar de observación privilegiado capaz de hacerse cargo de lo humano universal. Ni siquiera lo hay para tomar a su cargo la dispersa multiplicidad y heterogeneidad, no sólo complejidad, del mundo de hoy. Justo porque no lo hay no basta un solo lugar de observación. Se requieren al menos dos.

Se requiere una operación semejante a la del director de cine cuando quiere contar una historia desde más de un punto de vista. No sólo ha de colocar cámaras en lugares diferentes, sino que, como Kurosawa en Rashomon, ha de desarrollar la historia entera desde la percepción y la acción de distintos personajes enfrentados.

Se requiere una operación semejante a la medición geodésica por triangulación. Bastan distancias muy cortas entre quienes escrutan desde puntos diferentes para poder calcular con precisión medidas en la remota lejanía. Pequeñas discrepancias en el punto de mira de los observadores y en el ángulo de tiro de la mirada son suficientes para dar exactitud y relieve al análisis. Diferencias no grandes en las perspectivas de los escribientes en diálogo permiten un análisis “geodésico” con más rigor que la mejor vista de águila desde un solo emplazamiento.

Cualquiera que sea la exacta medida de la proximidad, cercanos o distantes, eso se irá viendo, los varios puntos de mira y de partida desde donde empezaremos a movernos darán origen a un discurso múltiple y no o no sólo a un diálogo a la manera de Platón. El discurrir de cada uno avanzará a impulsos de su argumento propio, un argumento empero interrumpido y entrecortado por el discurrir del otro, de los otros, entreverado con ellos, recogiendo o no sus cabos sueltos e infiltrándose en sus grietas para quebrarlo todavía más y tal vez para hacerlo estallar.

Es el experimento de un discurso a varias voces, no al unísono y ni siquiera en armonía, aunque –esperemos- tampoco en música atonal, con tanta coincidencia y disentimiento como espontáneamente surjan. Decir “discurso” vale por cruce epistolar, foro, “blog” plural, en el que dos o más personas, en paridad de voz o pluma, sin maestro socrático, escriben alternadamente segmentos textuales de extensión varia, desde unas pocas líneas hasta unas cuantas páginas, y que no tanto se pasan el testigo o se ceden el turno de la palabra, cuanto se dan la réplica las unas a las otras. Se la dan acerca del mismo tema o cambiando de tema, introduciendo otras cuestiones; y lo hacen en cadena tan extensa como para llegar a un punto en que no se tenga nada que decir, que añadir. O hasta que, de acuerdo y convencionalmente, se le ponga término.

«La orientación dialógica –estoy tomando de Bajtin- le es propia a toda palabra y es la orientación natural de toda palabra viva. En todas sus vías hacia el objeto la palabra se encuentra con la palabra ajena y no puede dejar de entrar en interacción viva con ella. Sólo el mítico Adán, el Adán solitario, al abordar con la primera palabra el mundo virgen, que todavía no habia sido puesto en cuestión, pudo de verdad evitar totalmente, en relación con el objeto, esa interacción dialógica con la palabra ajena».

Ponerse en diálogo con la palabra ajena, extraña, con otro u otros a quienes acaso ni siquiera se conoce, es un experimento, también una indagación, de resultado imprevisible: no se sabe de antemano a dónde puede conducir. Es más, a punto de lanzar ya al mar esta botella, a quien leyere su mensaje le añado que la propuesta en ella contenida está abierta a toda suerte de contrapropuestas. Éste ha sido un modo de empezar entre cien otros. En el símil del ajedrez, es como si las blancas abren juego, pongamos por caso, con un gambito de dama. He abierto un juego, he movido pieza. Cualquier otro, en enmienda a la totalidad, puede realizar una nueva apertura y entonces a mí me tocará darle la réplica y mover las piezas negras.

Sólo he movido un peón en el tablero, apuntando a algo tan difuso -¿o confuso?- como el “sentido” de la vida y de la acción. Hasta ese movimiento, sin embargo, es del todo reversible: puede ser devuelto y rebobinado. Se admiten otros modos de empezar, tirar desde otro cabo en el enredado ovillo de la vida. En el inicio de toda discusión está el ponerse de acuerdo acerca del asunto por discutir: o sea, un diálogo preliminar sobre el contenido sustantivo del diálogo.

Me vienen ahora a la memoria aquellas asambleas de los tiempos del franquismo tardío y de la Transición. No importa quiénes fueran los participantes, en aquellas asambleas tormento de demócratas y de ácratas era del todo preceptivo consumir varias horas en debatir sobre el orden del día, la exacta formulación del punto o puntos a debatir e incluso en votar acerca de qué propuesta votar y hasta si era oportuno votar y mediante qué procedimiento. Es el precio del igualitarismo de la razón y del uso de la palabra -¿o esto es ya un mito?-, que ha de prestar oídos a cualquier otra voz. Es el tormento del pensamiento reflexivo en torsión completa hacia su propio proceder, con capacidad y necesidad de volver una y otra vez sobre sus pasos, sobre sí mismo y sobre sus presupuestos.

Sin embargo, desde Heráclito sabemos que nadie se baña dos veces en un mismo río. Tampoco la razón o la palabra pasa dos veces por sus mismos pasos. Cuando a ellos vuelve, son diferentes ya de la primera vez. O uno mismo ha cambiado. Por eso, a este mismo punto no podré volver ya más, no volveremos.

alfredofierro@oblicua.com